تسجيل الدخولEl viaje al centro de datos fue una pesadilla de tres horas. La nieve no había cesado, y el viento nos azotaba sin piedad. Caminábamos en fila, yo adelante, abriendo camino, y Aurelio detrás, siguiendo mis pasos. No hablamos. Gastar energía en palabras era un lujo que no podíamos permitirnos.
La ciudad en ruinas era un cementerio de sueños. Los rascacielos, antes símbolos de progreso, ahora eran esqueletos de cristal y acero, con ventanas rotas que aullaban con el viento. Los coches abandonados eran montículos de nieve. No había señales de vida. Ni humanos, ni animales. Solo el silencio blanco y opresivo. Llegamos al centro de datos al mediodía. Era un edificio bajo y ancho, de ladrillo, con pocas ventanas. La puerta principal estaba entreabierta, colgando de un gozne. El interior estaba oscuro, pero no congelado. Una tenue luz de emergencia parpadeaba en el pasillo, alimentada por algún generador de reserva que aún funcionaba. "Esto es escalofriante", susurró Aurelio, su voz reverberando en el silencio. "Silencio", ordené. "No sabemos qué puede haber aquí." Entramos con cautela. El aire olía a humedad, a polvo y a algo más. Algo metálico. A ozono. Como si un aparato eléctrico hubiera estado funcionando hasta hace poco. El pasillo principal conducía a una gran sala de servidores. Las hileras de ordenadores estaban apagadas, pero una luz verde parpadeaba en uno de los paneles de control. "El generador de reserva", dijo Aurelio, señalando. "Sigue en marcha." "¿Cómo es posible? La ciudad está desierta desde hace meses." "Tal vez alguien ha estado aquí", sugirió, con un tono de esperanza. "Otro superviviente. O el consorcio. Tal vez tienen una patrulla." La idea de que el consorcio estuviera cerca me heló la sangre. Pero también me dio una idea. Si había una patrulla, podría interrogarla. O eliminarla. "Busquemos las copias de seguridad", dije. "¿Dónde están?" Aurelio me guió por un laberinto de pasillos hasta una pequeña sala de archivos. En el centro, había una gran caja fuerte. La puerta estaba entreabierta. "Alguien ha estado aquí", dijo Aurelio, su voz temblando. "La caja fuerte está forzada." Me acerqué. En el interior, solo había estantes vacíos y algunos cables sueltos. Las copias de seguridad no estaban. Alguien se me había adelantado. "¿Quién pudo haber hecho esto?", pregunté, furiosa. "No lo sé", dijo Aurelio, con el rostro pálido. "Pero si el consorcio se ha llevado las pruebas, estamos perdidos. Lo saben todo." "Tal vez no todo", dije, pensando rápidamente. "Tal vez no saben que nosotros sabemos. O tal vez sí. Pero si se llevaron las pruebas, ¿por qué no cerraron el generador? ¿Por qué dejar la puerta abierta?" "¿Una trampa?", sugirió. "O tal vez huyeron con prisa", dije. "Tal vez los interrumpieron." De repente, escuchamos un ruido. Un golpe metálico, seguido de un zumbido. Venía del pasillo. "¡Alguien viene!", susurró Aurelio, agachándose. Me pegué a la pared, sacando un cuchillo de mi cinturón. No era un arma de fuego, pero era lo que tenía. El zumbido se hizo más fuerte. Luego, una voz, distorsionada por un altavoz. "Intrusos identificados. Procedan a identificarse. Tienen diez segundos." Era una voz robótica. Una IA de seguridad. El centro de datos no estaba abandonado. Estaba automatizado. "¿Qué hacemos?", preguntó Aurelio, presa del pánico. "Correr", dije. Salimos de la sala de archivos justo cuando una luz roja comenzó a parpadear en el techo. El zumbido se convirtió en un rugido. Al final del pasillo, una puerta blindada se estaba cerrando. "¡Por aquí!", grité, lanzándome hacia la puerta. Aurelio me siguió de cerca. Nos deslizamos por la abertura justo antes de que la puerta se cerrara de golpe, sellándonos en otro pasillo. "¿Dónde estamos?", jadeó Aurelio. "No lo sé", dije, mirando a mi alrededor. El pasillo era idéntico a los demás, pero en el fondo, había una puerta con un letrero: "Sala de Control Principal". "Allí", dije, señalando. "Si podemos llegar a la sala de control, tal vez podamos desactivar la seguridad." Corrimos hacia la puerta. Estaba cerrada, pero tenía un panel de acceso. Lo miré, y una idea me vino a la mente. Mi padre siempre decía que la seguridad de estos lugares era tan buena como su contraseña. Y a menudo, los científicos usaban contraseñas simples, como fechas o nombres. "¿Qué estás haciendo?", preguntó Aurelio. "Probando", dije, tecleando una fecha. La fecha de nacimiento de mi padre. Nada. Probé con mi nombre. Nada. Probé con el nombre de mi madre. Nada. Luego, probé con el nombre del proyecto: "Génesis". La puerta se abrió con un suave silbido. Entramos. La sala de control era un desastre. Monitores apagados, papeles esparcidos por el suelo. En el centro, un gran panel de control con un único botón rojo parpadeante: "Protocolo de Autodestrucción". "¡No toques eso!", dijo Aurelio, alarmado. "No soy idiota", dije, ignorándolo. Me acerqué a un monitor que aún estaba encendido. Mostraba un mapa del edificio. Y en el mapa, un punto rojo parpadeante se movía por los pasillos. Nosotros. "Nos están rastreando", dije. "La IA sabe dónde estamos." "¿Podemos desactivarla?", preguntó Aurelio. "Tal vez", dije, buscando en los archivos del sistema. Encontré un registro de eventos. El último acceso a la caja fuerte había sido hacía dos días. Y la firma del usuario era clara: "Consorcio". "El consorcio estuvo aquí", dije. "Se llevaron las pruebas. Pero no lo hicieron todo. Dejaron algo." "¿El qué?" "Un mensaje", dije, leyendo la pantalla. "Para cualquier superviviente que llegue aquí. 'La verdad está en el norte. En el Búnker Erebus. Donde el sol nunca sale.'" "Erebus", susurró Aurelio. "El búnker principal. El centro de operaciones del consorcio. No es una coincidencia. Es una trampa." "Tal vez", dije. "Pero es la única pista que tenemos." De repente, la alarma se apagó. El silencio volvió al edificio. Demasiado tarde. La puerta de la sala de control se cerró de golpe. Y una voz, una voz humana, no robótica, sonó a través de los altavoces. "Bien hecho, Valeria. Has llegado más lejos de lo que esperábamos." Me quedé helada. Conocía esa voz. Era la voz del hombre que había estado en el funeral de mi padre, ofreciendo sus condolencias con una sonrisa falsa. El hombre que, según Aurelio, había ordenado el asesinato de mis padres. "¿Quién es?", susurró Aurelio. "El enemigo", dije, con los puños apretados. La voz continuó: "Has encontrado el mensaje. Bien. Eso significa que estás lista para el siguiente paso. Te esperamos en Erebus. Y trae a Aurelio. Tenemos una deuda pendiente con él." La comunicación se cortó. Aurelio palideció. "Me han tendido una trampa", dijo, con un hilo de voz. "No", dije, sintiendo una extraña calma. "Nos han tendido una trampa. Pero no van a conseguir que caigamos en ella. Vamos a ir a Erebus. Pero no como prisioneros. Como cazadores." Me giré hacia el panel de control y pulsé el botón de anulación de la seguridad. Las puertas se abrieron. "Vamos", dije. "Tenemos un largo viaje por delante. Y mucho que planear." Salimos del centro de datos justo cuando el sol comenzaba a ponerse. El frío nos recibió, pero ya no me importaba. Tenía un objetivo. Tenía un enemigo. Y, por primera vez, tenía un aliado, aunque fuera uno en el que no podía confiar del todo. Mientras caminábamos de vuelta al invernadero, Aurelio rompió el silencio. "¿Por qué me salvaste? Podrías haberme dejado en la sala de control. Para que la IA me atrapara." "Porque te necesito", dije, sin rodeos. "Conoces el consorcio. Conoces sus puntos débiles. Y porque, si voy a morir en Erebus, quiero tener a alguien a mi lado a quien pueda culpar." Aurelio soltó una risa amarga. "Eres cruel, Valeria." "Sobrevivir es cruel. Ahora, calla y camina." Llegamos al invernadero al anochecer, agotados pero vivos. Mientras Aurelio preparaba algo de comer, yo me senté a estudiar el mapa. Erebus estaba en el norte, en lo profundo de las montañas. Un viaje de una semana, tal vez más, en condiciones brutales. Pero no tenía elección. El consorcio había matado a mis padres. Había destruido el mundo. Y ahora me había desafiado. No podía ignorarlo. Aurelio se acercó con un cuenco de sopa. "¿Qué vas a hacer?" "Voy a ir a Erebus", dije. "Y voy a destruirlos. A todos." Él me miró, y por un momento, vi admiración en sus ojos. "Entonces, iré contigo." "Lo sé", dije, tomando la sopa. "Porque si no lo haces, te mataré yo misma." Él sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. "Supongo que me lo merezco." Mientras comíamos en silencio, una idea se formó en mi mente. El consorcio esperaba que yo fuera a Erebus. Esperaban una confrontación. Pero no esperaban que yo tuviera un as bajo la manga. Mi conocimiento de botánica no era solo para cultivar comida. También era para cultivar venenos. Mañana, empezaría a trabajar en mi arma secreta. Y cuando llegara a Erebus, no sería una víctima. Sería una plaga.Corrimos por el pasillo lateral, dejando atrás los gritos y el caos de la sala de control. Aurelio me guiaba, su mano firme en mi brazo, su respiración agitada pero controlada."¿Qué has hecho?", jadeé, mientras esquivábamos a un guardia que corría en dirección opuesta."Saboteé el sistema de ventilación", dijo, sin soltarme. "Cuando me llevaron a la sala de control, me di cuenta de que el Arquitecto había dejado una puerta trasera en el sistema. Mi madre siempre decía que era un paranoico. No confiaba en sus propios sistemas de seguridad. Así que instaló un acceso manual.""¿Y tú sabías cómo usarlo?""Mi madre me obligó a memorizar los códigos de seguridad de Erebus cuando era niño", dijo, con una sonrisa amarga. "Para el caso de una emergencia. Nunca pensé que los usaría para sabotearlo."Llegamos a una intersección. Aurelio se detuvo, examinando las marcas en la pared. "Por aquí", dijo, señalando un pasillo estrecho. "Esto lleva a los conductos de ventilación. Si podemos llegar a l
Erebus no era un búnker. Era una ciudad subterránea. Los pasillos eran amplios y estaban iluminados por luces LED de un blanco frío e inquietante. Las paredes eran de acero pulido, y el aire tenía un zumbido constante de generadores y sistemas de ventilación. La temperatura era estable, casi agradable. Aquí no había rastro de la edad de hielo.La señora Valmont caminaba frente a nosotros, con la espalda recta y paso firme. Detrás, dos nuevos guardias nos seguían, con sus rifles a punto. Aurelio caminaba a mi lado, su rostro un poema de odio y dolor. No hablaba. No me miraba. Pero podía sentir su tensión, su rabia contenida."El Arquitecto diseñó esto hace décadas", dijo la señora Valmont, con un tono de orgullo maternal. "Un refugio para la élite. Para los que tenían la visión de prepararse para el colapso. Pero él no solo quería sobrevivir. Quería crear un nuevo orden. Un mundo donde los fuertes gobiernan y los débiles sirven.""Un mundo sin libertad", dije, en voz baja."Libertad es
La mujer del abrigo blanco no se movió. Permaneció en la entrada de Erebus, con las manos enguantadas a los costados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella, dos guardias armados con rifles de asalto esperaban, sus rostros ocultos por cascos térmicos.Aurelio se quedó rígido a mi lado. Podía oír su respiración acelerada, el crujido de sus nudillos al apretar los puños. Lo miré de reojo. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos ardían con una furia que nunca le había visto."Mi querido hijo", repitió la mujer, con una voz suave y venenosa. "Pensé que tardarías más en llegar. Veo que la inútil de tu esposa te ha sido de utilidad después de todo."Avancé un paso, interponiéndome entre Aurelio y su madre. No iba a permitir que lo manipulara. "Señora Valmont", dije, con un tono helado. "Qué sorpresa. Los rumores de tu muerte fueron muy prematuros."Ella me miró, y por un instante, su sonrisa se tensó. "Valeria. La pequeña botánica. Debo admitir que subestimé tu ca
Llevábamos dos días de viaje hacia el norte y el paisaje se había vuelto aún más hostil. Los árboles habían desaparecido, dejando paso a un desierto blanco de roca y nieve, azotado por ráfagas de viento que cortaban la piel. Caminábamos en silencio, turnándonos para abrir camino en la nieve profunda. Aurelio seguía mi ritmo, su respiración formando nubes de vapor constantes. Había cambiado en esos días; su paso era más firme, su mirada menos aterrada y más alerta.A medida que nos acercábamos a las montañas, el terreno se volvía más accidentado. Las rocas afiladas sobresalían de la nieve como dientes de una bestia petrificada. El mapa que había memorizado indicaba que estábamos a punto de entrar en un desfiladero, un paso estrecho entre dos picos que nos llevaría directamente a las inmediaciones de Erebus. Era el único camino practicable, pero también el lugar perfecto para una emboscada."Valeria", dijo Aurelio, deteniéndose de repente. Su voz sonó tensa. "Algo no está bien."Me detu
El invernadero se convirtió en mi laboratorio. Durante los días siguientes, apenas dormí. Mis manos, que antes solo conocían la tierra y las semillas, ahora manipulaban morteros, tubos de ensayo y frascos de vidrio. Aurelio me observaba con una mezcla de fascinación y temor, pero no se atrevía a preguntar. Se limitaba a hacer su trabajo: mantener el invernadero, cocinar, limpiar. A veces, lo sorprendía mirándome fijamente, como si intentara descifrar mis pensamientos. Pero yo mantenía mi mente en blanco, enfocada en mi tarea.Mi padre, además de climatólogo, era un experto en botánica. Había estudiado las propiedades de las plantas venenosas como parte de su investigación sobre los efectos del cambio climático en la flora. Me había transmitido ese conocimiento, aunque en aquel entonces no le presté mucha atención. Ahora, cada recuerdo de sus lecciones se convertía en un recurso invaluable.En el invernadero, tenía una pequeña colección de plantas medicinales y venenosas que había logr
El viaje al centro de datos fue una pesadilla de tres horas. La nieve no había cesado, y el viento nos azotaba sin piedad. Caminábamos en fila, yo adelante, abriendo camino, y Aurelio detrás, siguiendo mis pasos. No hablamos. Gastar energía en palabras era un lujo que no podíamos permitirnos.La ciudad en ruinas era un cementerio de sueños. Los rascacielos, antes símbolos de progreso, ahora eran esqueletos de cristal y acero, con ventanas rotas que aullaban con el viento. Los coches abandonados eran montículos de nieve. No había señales de vida. Ni humanos, ni animales. Solo el silencio blanco y opresivo.Llegamos al centro de datos al mediodía. Era un edificio bajo y ancho, de ladrillo, con pocas ventanas. La puerta principal estaba entreabierta, colgando de un gozne. El interior estaba oscuro, pero no congelado. Una tenue luz de emergencia parpadeaba en el pasillo, alimentada por algún generador de reserva que aún funcionaba."Esto es escalofriante", susurró Aurelio, su voz reverber







