로그인Llevábamos dos días de viaje hacia el norte y el paisaje se había vuelto aún más hostil. Los árboles habían desaparecido, dejando paso a un desierto blanco de roca y nieve, azotado por ráfagas de viento que cortaban la piel. Caminábamos en silencio, turnándonos para abrir camino en la nieve profunda. Aurelio seguía mi ritmo, su respiración formando nubes de vapor constantes. Había cambiado en esos días; su paso era más firme, su mirada menos aterrada y más alerta.
A medida que nos acercábamos a las montañas, el terreno se volvía más accidentado. Las rocas afiladas sobresalían de la nieve como dientes de una bestia petrificada. El mapa que había memorizado indicaba que estábamos a punto de entrar en un desfiladero, un paso estrecho entre dos picos que nos llevaría directamente a las inmediaciones de Erebus. Era el único camino practicable, pero también el lugar perfecto para una emboscada. "Valeria", dijo Aurelio, deteniéndose de repente. Su voz sonó tensa. "Algo no está bien." Me detuve y me llevé la mano al cinturón, donde llevaba uno de mis frascos de veneno. "¿Qué ves?" "Nada", admitió, entrecerrando los ojos contra el resplandor del sol sobre la nieve. "Pero conozco al Arquitecto. No dejaría el camino principal sin vigilar. El desfiladero es demasiado obvio." Tenía razón. Estaba tan concentrada en llegar que casi había pasado por alto lo evidente. El cansancio y el frío nublaban mi juicio. Me agaché, examinando el terreno. "Entonces, no iremos por el desfiladero", dije. "Buscaremos una ruta alternativa. Las montañas tienen cuevas. Mi padre mencionó una vez que los antiguos exploradores usaban túneles naturales para cruzar." "Eso nos llevará más tiempo", advirtió Aurelio. "Y más tiempo significa más frío, más hambre. No tenemos provisiones para una semana extra." "Tampoco las tendremos si nos matan en el desfiladero", respondí con dureza. Nos desviamos hacia el este, hacia una zona de la montaña que parecía intransitable. Las rocas eran empinadas y resbaladizas, cubiertas de una capa de hielo traicionera. Usé mi cuchillo para tallar escalones en el hielo, mientras Aurelio me seguía con dificultad. El esfuerzo me calentaba, pero me agotaba rápidamente. A mitad de la ascensión, escuché el sonido. Un zumbido mecánico, bajo y constante, que no era el viento. Me quedé paralizada, con el corazón en la garganta. "¡Abajo!", grité, tirando de Aurelio hacia una grieta entre dos rocas. Apenas nos habíamos ocultado cuando un dron de vigilancia pasó volando sobre nosotros. Era negro, con un ojo rojo que escaneaba el terreno. Se movía en un patrón de búsqueda, yendo y viniendo sobre el desfiladero que habíamos evitado. "El consorcio", susurró Aurelio, con los ojos muy abiertos. "Están patrullando. El Arquitecto sabía que vendríamos." "Pero no sabía que evitaríamos la trampa", dije, con una sonrisa sombría. "Eso nos da una ventaja." El dron se alejó, y salimos de nuestro escondite. Continuamos la ascensión, esta vez con más cautela. El sol comenzaba a ponerse cuando encontramos la entrada a una cueva, oculta tras una cascada de hielo. Era estrecha, pero parecía lo suficientemente profunda como para pasar la noche. Entramos, y el aire en el interior era más cálido, protegido del viento. Encendí una pequeña linterna que había traído, y la luz reveló un túnel que se adentraba en la montaña. "Esto podría llevarnos al otro lado", dijo Aurelio, examinando las paredes. "Hay marcas. Alguien ha estado aquí antes." De repente, un sonido me heló la sangre. Un clic metálico. El sonido inconfundible de un arma siendo amartillada. "Bien hecho, señorita Valeria. Ha demostrado ser más astuta de lo que el Arquitecto anticipó", dijo una voz profunda desde las sombras. Tres figuras emergieron de la oscuridad del túnel. Llevaban uniformes de camuflaje invernal y armas automáticas apuntándonos directamente. El que hablaba era un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba el rostro. "Pero no lo suficiente", continuó. "El Arquitecto ofrece una recompensa por sus cabezas. Vivas o muertas. Aunque, preferiblemente vivas. Dice que tiene planes especiales para usted." Aurelio se movió a mi lado, interponiéndose entre mí y los hombres armados. "No la toquen", dijo, con una voz que no le había oído antes. Una voz de mando. El hombre de la cicatriz se rio. "Oh, miren eso. El heredero caído tratando de ser un héroe. Qué patético. El Arquitecto también tiene planes para ti, Valmont. Algo sobre... hacerte pagar por la incompetencia de tu madre." Antes de que pudiera reaccionar, Aurelio se lanzó hacia el hombre más cercano. Fue un movimiento rápido y brutal. Le arrebató el arma y lo golpeó en la cabeza con la culata. Los otros dos abrieron fuego, pero Aurelio ya se había lanzado al suelo, rodando detrás de una roca. Aproveché la distracción. Saqué un dardo impregnado de datura de mi cinturón y lo lancé con todas mis fuerzas hacia el hombre más cercano. El dardo se clavó en su cuello. El hombre se tambaleó, con los ojos vidriosos, y cayó de rodillas, presa de un repentino estado de confusión. El tercer hombre se giró hacia mí, apuntándome con su arma. Pero antes de que pudiera disparar, Aurelio surgió de detrás de la roca y lo derribó con una llave. El arma se deslizó por el suelo. En cuestión de segundos, los tres hombres estaban en el suelo. Dos inconscientes, uno en un estado de trance inducido por la datura. Me quedé mirando a Aurelio, jadeando. "¿Dónde aprendiste a pelear así?", pregunté, impresionada a pesar de mí misma. "Mi madre me obligó a tomar clases de defensa personal", dijo, limpiándose el sudor de la frente. "Nunca pensé que las usaría para salvar tu vida." Me acerqué al hombre que estaba bajo los efectos de la datura. Lo miré a los ojos, que estaban dilatados y perdidos. "¿Cuántos hombres hay en Erebus?", pregunté, con voz firme. "Docenas", respondió el hombre, su voz arrastrada. "El Arquitecto ha estado reclutando. Hay disidentes de otros búnkeres. Se están preparando para algo grande." "¿El qué?" "Un ataque. Quieren destruir los últimos asentamientos de supervivientes. Quieren que el mundo sea solo suyo." Me quedé helada. El Arquitecto no solo quería controlar el clima. Quería erradicar a toda la humanidad que no le sirviera. "¿Y la mujer?", pregunté, recordando las palabras del hombre de la cicatriz. "La madre de Aurelio. ¿Dónde está?" El hombre sonrió, una sonrisa vacía y ausente. "Ella está en Erebus. Es la mano derecha del Arquitecto. La que dirige a los reclutas. La que ordenó que te mataran." Me giré hacia Aurelio. Su rostro había palidecido, y sus ojos mostraban una mezcla de incredulidad y horror. "Mi madre... está viva", susurró. "Y está con ellos." El hombre bajo los efectos de la datura soltó una risa débil. "Oh, no solo está con ellos. Ella es la que diseñó la trampa para ti, Valmont. Ella sabía que vendrías. Dijo que eras predecible. Que siempre fuiste un hijo obediente. Y que ahora... serás el sacrificio perfecto." Aurelio se tambaleó, como si lo hubieran golpeado físicamente. Yo lo miré, sintiendo una extraña mezcla de lástima y desconfianza. Si su madre estaba viva y era la mano derecha del Arquitecto, ¿qué significaba eso para nosotros? ¿Podía confiar en él, sabiendo que su propia sangre estaba del otro lado? El hombre de la cicatriz comenzó a moverse en el suelo, gimiendo. Teníamos que movernos rápido. "Podemos usar a estos tres", dije, pensando rápidamente. "Sus uniformes, sus armas. Nos darán una ventaja." Aurelio no respondió. Seguía mirando al vacío, procesando la noticia. "¡Aurelio!", lo llamé, con dureza. "No tenemos tiempo para esto. Tu madre es el enemigo. ¿Lo entiendes? Ella te dejó por muerto. Te enterró en su jardín y se fue a servir al hombre que destruyó el mundo. Si quieres vengarte, si quieres redimirte, tienes que dejarla atrás." Él levantó la vista, y vi algo en sus ojos que no había visto antes. Una determinación fría y dura, como el acero. "Lo entiendo", dijo, con una voz que sonaba diferente. "Mi madre murió para mí hace mucho tiempo. La mujer que está en Erebus es una extraña. Y si se interpone en nuestro camino... la trataré como a cualquier otro enemigo." Asentí, satisfecha. "Bien. Entonces, pongámonos en marcha. Tenemos un búnker que asaltar." Mientras nos cambiábamos con los uniformes de los guardias, no pude evitar pensar en la revelación. La madre de Aurelio estaba viva. Y era la mano derecha del Arquitecto. Eso cambiaba las cosas. Ya no era solo una misión de venganza. Era una guerra entre una madre y un hijo. Y yo, Valeria, la inútil convertida en vengadora, estaba justo en medio. Cuando terminamos de prepararnos, me acerqué a Aurelio y le entregué un frasco de veneno. "Toma esto. Por si acaso." Él lo guardó en el bolsillo, sin decir una palabra. Sus ojos ya no mostraban miedo. Mostraban rabia. Salimos de la cueva, dejando a los guardias atados y amordazados. El sol se había puesto, y la oscuridad nos cubrió como un manto. El desfiladero se extendía ante nosotros, ahora libre de la patrulla aérea. A medida que avanzábamos, un nuevo pensamiento me inquietaba. El hombre había dicho que su madre había diseñado la trampa. Que sabía que Aurelio vendría. Pero yo no era parte de su plan original. Ella esperaba a su hijo. No a mí. Eso me daba una ventaja. Pero también me hacía preguntarme: ¿qué tipo de mujer abandona a su propio hijo a la muerte y luego lo usa como cebo? La respuesta era simple: una mujer tan monstruosa como el Arquitecto. Y si Aurelio dudaba en el momento crítico, si su lealtad flaqueaba, yo tendría que estar preparada para hacer lo que fuera necesario. Incluso si eso significaba eliminarlo a él también. "Valeria", dijo Aurelio, rompiendo el silencio. "Gracias." "¿Por qué?" "Por recordarme quién soy. Y lo que tengo que hacer." No respondí. Pero mientras nos adentrábamos en la oscuridad del desfiladero, con el viento aullando a nuestro alrededor, supe que algo había cambiado entre nosotros. Ya no era solo un sirviente y su ama. Éramos dos personas unidas por una causa común. Y, tal vez, por algo más. De repente, las luces de Erebus aparecieron a lo lejos, brillando en la oscuridad como los ojos de un depredador. Habíamos llegado. Y justo cuando dimos el primer paso hacia el búnker, una figura solitaria apareció en la entrada, iluminada por los focos. Era una mujer alta y elegante, con un abrigo de piel blanco que contrastaba con el entorno. Su rostro era angular, hermoso y cruel. Y sus ojos, de un azul gélido, se clavaron directamente en Aurelio. "Bienvenido a casa, hijo mío", dijo, su voz amplificada por un altavoz. "Te estaba esperando."Corrimos por el pasillo lateral, dejando atrás los gritos y el caos de la sala de control. Aurelio me guiaba, su mano firme en mi brazo, su respiración agitada pero controlada."¿Qué has hecho?", jadeé, mientras esquivábamos a un guardia que corría en dirección opuesta."Saboteé el sistema de ventilación", dijo, sin soltarme. "Cuando me llevaron a la sala de control, me di cuenta de que el Arquitecto había dejado una puerta trasera en el sistema. Mi madre siempre decía que era un paranoico. No confiaba en sus propios sistemas de seguridad. Así que instaló un acceso manual.""¿Y tú sabías cómo usarlo?""Mi madre me obligó a memorizar los códigos de seguridad de Erebus cuando era niño", dijo, con una sonrisa amarga. "Para el caso de una emergencia. Nunca pensé que los usaría para sabotearlo."Llegamos a una intersección. Aurelio se detuvo, examinando las marcas en la pared. "Por aquí", dijo, señalando un pasillo estrecho. "Esto lleva a los conductos de ventilación. Si podemos llegar a l
Erebus no era un búnker. Era una ciudad subterránea. Los pasillos eran amplios y estaban iluminados por luces LED de un blanco frío e inquietante. Las paredes eran de acero pulido, y el aire tenía un zumbido constante de generadores y sistemas de ventilación. La temperatura era estable, casi agradable. Aquí no había rastro de la edad de hielo.La señora Valmont caminaba frente a nosotros, con la espalda recta y paso firme. Detrás, dos nuevos guardias nos seguían, con sus rifles a punto. Aurelio caminaba a mi lado, su rostro un poema de odio y dolor. No hablaba. No me miraba. Pero podía sentir su tensión, su rabia contenida."El Arquitecto diseñó esto hace décadas", dijo la señora Valmont, con un tono de orgullo maternal. "Un refugio para la élite. Para los que tenían la visión de prepararse para el colapso. Pero él no solo quería sobrevivir. Quería crear un nuevo orden. Un mundo donde los fuertes gobiernan y los débiles sirven.""Un mundo sin libertad", dije, en voz baja."Libertad es
La mujer del abrigo blanco no se movió. Permaneció en la entrada de Erebus, con las manos enguantadas a los costados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella, dos guardias armados con rifles de asalto esperaban, sus rostros ocultos por cascos térmicos.Aurelio se quedó rígido a mi lado. Podía oír su respiración acelerada, el crujido de sus nudillos al apretar los puños. Lo miré de reojo. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos ardían con una furia que nunca le había visto."Mi querido hijo", repitió la mujer, con una voz suave y venenosa. "Pensé que tardarías más en llegar. Veo que la inútil de tu esposa te ha sido de utilidad después de todo."Avancé un paso, interponiéndome entre Aurelio y su madre. No iba a permitir que lo manipulara. "Señora Valmont", dije, con un tono helado. "Qué sorpresa. Los rumores de tu muerte fueron muy prematuros."Ella me miró, y por un instante, su sonrisa se tensó. "Valeria. La pequeña botánica. Debo admitir que subestimé tu ca
Llevábamos dos días de viaje hacia el norte y el paisaje se había vuelto aún más hostil. Los árboles habían desaparecido, dejando paso a un desierto blanco de roca y nieve, azotado por ráfagas de viento que cortaban la piel. Caminábamos en silencio, turnándonos para abrir camino en la nieve profunda. Aurelio seguía mi ritmo, su respiración formando nubes de vapor constantes. Había cambiado en esos días; su paso era más firme, su mirada menos aterrada y más alerta.A medida que nos acercábamos a las montañas, el terreno se volvía más accidentado. Las rocas afiladas sobresalían de la nieve como dientes de una bestia petrificada. El mapa que había memorizado indicaba que estábamos a punto de entrar en un desfiladero, un paso estrecho entre dos picos que nos llevaría directamente a las inmediaciones de Erebus. Era el único camino practicable, pero también el lugar perfecto para una emboscada."Valeria", dijo Aurelio, deteniéndose de repente. Su voz sonó tensa. "Algo no está bien."Me detu
El invernadero se convirtió en mi laboratorio. Durante los días siguientes, apenas dormí. Mis manos, que antes solo conocían la tierra y las semillas, ahora manipulaban morteros, tubos de ensayo y frascos de vidrio. Aurelio me observaba con una mezcla de fascinación y temor, pero no se atrevía a preguntar. Se limitaba a hacer su trabajo: mantener el invernadero, cocinar, limpiar. A veces, lo sorprendía mirándome fijamente, como si intentara descifrar mis pensamientos. Pero yo mantenía mi mente en blanco, enfocada en mi tarea.Mi padre, además de climatólogo, era un experto en botánica. Había estudiado las propiedades de las plantas venenosas como parte de su investigación sobre los efectos del cambio climático en la flora. Me había transmitido ese conocimiento, aunque en aquel entonces no le presté mucha atención. Ahora, cada recuerdo de sus lecciones se convertía en un recurso invaluable.En el invernadero, tenía una pequeña colección de plantas medicinales y venenosas que había logr
El viaje al centro de datos fue una pesadilla de tres horas. La nieve no había cesado, y el viento nos azotaba sin piedad. Caminábamos en fila, yo adelante, abriendo camino, y Aurelio detrás, siguiendo mis pasos. No hablamos. Gastar energía en palabras era un lujo que no podíamos permitirnos.La ciudad en ruinas era un cementerio de sueños. Los rascacielos, antes símbolos de progreso, ahora eran esqueletos de cristal y acero, con ventanas rotas que aullaban con el viento. Los coches abandonados eran montículos de nieve. No había señales de vida. Ni humanos, ni animales. Solo el silencio blanco y opresivo.Llegamos al centro de datos al mediodía. Era un edificio bajo y ancho, de ladrillo, con pocas ventanas. La puerta principal estaba entreabierta, colgando de un gozne. El interior estaba oscuro, pero no congelado. Una tenue luz de emergencia parpadeaba en el pasillo, alimentada por algún generador de reserva que aún funcionaba."Esto es escalofriante", susurró Aurelio, su voz reverber







