ANMELDENA las diez de la mañana, la sala de juntas de Industrias Sterling olía a café recién molido y a traición inminente.
Emilio Valcázar estaba sentado en su silla de cuero, revisando su tableta con una sonrisa relajada. Valeria Santoro, a su lado, jugaba distraídamente con un bolígrafo de oro. La noticia de la aparición
A las nueve de la mañana, la sala de juntas de Industrias Sterling era un escenario preparado para un golpe de estado.Víctor Thorne estaba de pie junto a la cabecera, revisando unos documentos con una sonrisa contenida. Valeria Santoro ocupaba el asiento a la derecha de la presidencia, el lugar que hasta ayer le pertenecía a Isabella. Llevaba un traje sastre color crema y una expresión de victoria absoluta. El reloj corría, y la silla de la Vicepresidenta de Estrategia seguía vacía.Las puertas de cristal se abrieron.Dante Ferrara entró. No llevaba el habitual traje de tres piezas. Vestía un pantalón negro y una camisa oscura sin corbata, con las mangas arremangadas sobre los antebrazos tensos. Sus ojos de plata estaban inyectados en sangre, rodeados de sombras oscuras por no haber dormido un solo segundo. No irradiaba la fría autoridad de un CEO; irradiaba la energía inestable y letal de un lobo herido.
El lujoso bar del Hotel estaba casi vacío a la una de la madrugada. En un reservado oscuro, Emilio Valcázar brindaba con una copa de whisky puro.Frente a él, Valeria Santoro revisaba su teléfono con una sonrisa triunfal que iluminaba su rostro perfectamente maquillado.—Mis contactos en el vestíbulo de Sterling acaban de confirmarlo —anunció Valeria, dejando el teléfono sobre la mesa de caoba—. Isabella Montenegro abandonó el edificio principal hace una hora con una maleta. Se registró bajo un nombre falso en el hotel de la cadena en el distrito financiero. Está sola.Emilio soltó una carcajada baja y satisfecha. —Te lo dije, Valeria. Dante es un animal territorial. Solo tenías que sembrar la du
El reloj del despacho presidencial marcaba las ocho de la noche. La lluvia golpeaba los ventanales del piso cincuenta y cinco, pero la verdadera tormenta se estaba desatando en el interior de los servidores de Industrias Sterling.Lorenzo entró en la oficina de Dante Ferrara con una tableta encriptada en la mano. Su expresión era sombría, la de un soldado que trae noticias de una emboscada inevitable.—Logramos vulnerar el primer nivel de seguridad del servidor de Castillo, jefe —informó Lorenzo, dejando el dispositivo sobre el escritorio de caoba—. La encriptación es un muro de titanio, pero interceptamos un paquete de datos saliente desde el ordenador de la Vicepresidencia hace diez minutos. Es un intercambio de mensajes directos entre la señora Ferrara y el abogado.
Mientras Dante e Isabella libraban su propia guerra fría envuelta en deseo, en las sombras de Industrias Sterling, el veneno comenzaba a filtrarse.Valeria Santoro estaba sentada en la elegante cafetería del piso ejecutivo, bebiendo un té matcha. Había estado observando. Sabía que Emilio tenía razón: atacar a Isabella de frente era inútil, porque Dante se interpondría como un escudo de titanio. La clave era hacer que el escudo se volviera contra la reina.Vio pasar a Lorenzo, el inquebrantable jefe de seguridad de Dante. Valeria esbozó una sonrisa calculadora y se puso de pie, interceptándolo en el pasillo.—Lorenzo, un segundo de tu tiempo —lo llamó ella, con su tono aristocrático.
El despacho de la presidencia de Industrias Sterling estaba bañado por la luz pálida de media mañana. Dante Ferrara observaba la ciudad desde el inmenso ventanal, con una postura rígida y las manos entrelazadas a la espalda.La puerta se abrió a sus espaldas. Lorenzo entró, seguido de cerca por Julián Castillo. El abogado llevaba un maletín de cuero y una expresión que mezclaba la cautela con un profundo desprecio.—Déjanos solos, Lorenzo —ordenó Dante sin girarse.El jefe de seguridad asintió y salió, cerrando con un chasquido metálico.Dante finalmente se dio la vuelta. Caminó hacia su escritorio de caoba y tomó una carpeta negra, deslizándola
Quince minutos después, en el despacho de la Vicepresidencia, Isabella estaba recogiendo sus cosas. Había asumido que su suspensión se alargaría. No tenía forma de saber qué estaba ocurriendo en la sala de juntas, pero su teléfono personal emitió un pitido.Era un mensaje de su asistente, Clara: "Señora Ferrara, el sistema acaba de reactivar todos sus accesos nivel cuatro. Bienvenida de nuevo."Isabella frunció el ceño, incrédula. ¿Cómo era posible? Emilio tenía las pruebas del cortafuegos de Julián. Emilio iba a destrozarla.Las pesadas puertas de su oficina se abrieron, y Dante entró. Cerró con llave a sus espaldas y caminó hacia ella. Su respiración era agitada







