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El Error de una Noche
El Error de una Noche
作者: Bluemoon

Capítulo 1

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 08:24:46

Nunca he sido de las que pierden el control. En serio. En el trabajo soy la jodida reina de las listas de pendientes, la que entrega los informes dos horas antes del límite y la que sonríe con cortesía falsa cuando algún ejecutivo mediocre intenta explicarme cómo hacer mi trabajo. Tengo mi vida profesional perfectamente encasillada en un molde donde no entran las equivocaciones estúpidas.

O al menos así era hasta hoy a las diez de la noche.

—Una ronda más no va a matarte, Ana. Por favor, es Halloween. Si no nos emborrachamos hoy, ¿cuándo lo vamos a hacer? —Claudia me empujó un vaso corto de cristal contra la mano. El líquido dorado oscilaba amenazante bajo las luces de neón rojas y moradas del bar que la empresa había alquilado.

—No sé, Claudia… Mañana hay reunión a primera hora —murmuré, aunque ya sentía las mejillas calientes y una pesadez agradable flotando en mi cabeza. Llevaba tres margaritas y dos tragos de tequila puro. Un récord personal considerando que mi límite habitual son dos copas de vino.

—Que le den a la reunión. Además, mira a tu alrededor. Hasta los amargados de Contabilidad están bailando. Relájate un poco, carajo.

Miré alrededor. El bar privado estaba abarrotado de empleados vestidos con disfraces ridículos. El director de Recursos Humanos llevaba unas orejas de conejo de peluche mientras intentaba ligar con una pasante, y la recepción en pleno estaba haciendo un concurso de shots en la barra. Todos habían soltado la correa.

Yo llevaba un disfraz de gatita negra bastante cliché: un corsé de cuero sintético ajustado, un antifaz de encaje y un par de orejas en la diadema. Un atuendo que, en un día normal en la oficina, me habría valido un reporte por vestimenta inadecuada, pero que hoy parecía el uniforme estándar de la fiesta.

Tragué el shot de tequila de un solo sorbo. El alcohol me quemó la garganta hasta el pecho, sacándome una mueca.

—Esa es mi chica —se rió Claudia, dándome una palmadita en la espalda antes de ser arrastrada a la pista de baile por la gente de Marketing.

Me quedé sola cerca de la barra, apoyando los codos contra la madera barnizada y soltando un suspiro. La música retumbante me vibraba directamente en el estómago. Estaba bastante ebria, para qué mentir. El mundo tenía un ligero retraso de un segundo cada vez que giraba la cabeza.

Fue entonces cuando lo vi.

Matthew King.

El maldito director general. El hombre por el que media empresa suspiraba en secreto y al que la otra mitad le temía como si fuera el mismísimo demonio. A sus treinta y tres años, Matthew no solo era absurdamente millonario y brillante para los negocios; era insoportablemente atractivo. Tenía esa mandíbula marcada que parecía esculpida, unos ojos grises fríos como el hielo y un aura de control absoluto que aplastaba a cualquiera que entrara en su oficina.

Y hoy, para mi desgracia, no llevaba traje.

Iba de antifaz negro, una camisa oscura con los primeros tres botones desabrochados —revelando la línea del pecho— y las mangas enrolladas hasta los antebrazos, dejando ver sus tatuajes oscuros. Parecía sacado de una jodida fantasía.

Nuestros ojos se cruzaron a través de la multitud.

Normalmente, yo habría agachado la mirada, habría fingido revisar mi teléfono o me habría escabullido al baño. Pero el tequila en mi sangre me había borrado el filtro de la sensatez. No bajé la mirada. En lugar de eso, sostuve su inspección, alzando ligeramente la barbilla.

Matthew arqueó una ceja. Un ademán lento, felino. Dio un trago a su vaso de whisky sin dejar de mirarme y empezó a caminar en mi dirección.

M****a.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Quise moverme, pero mis pies parecían clavados al suelo.

—Anastasia —su voz resonó por encima de la música, grave, con esa textura rasposa que te eriza los vellos del cuello. Se detuvo a menos de un metro de mí. El olor a su colonia sofocó al instante el aroma a alcohol del bar.

—Señor King —dije, intentando que mi voz sonara firme, pero salió con un matiz ligeramente arrastrado que delató mi estado.

Él sonrió. No su sonrisa falsa que usa cuando esta por cerrar un contrato, sino una mueca torcida, oscura, de esas que no muestra en las reuniones de junta.

—Estás ebria —afirmó, echando un vistazo rápido a mi disfraz. Su mirada se detuvo un segundo de más en el escote del corsé antes de volver a mis ojos—. Y no sabía que te vestías de gatita.

Sentí que la cara me ardía, pero el alcohol sacó mi lado más imprudente.

—Es Halloween, Señor King. Hasta los empleados explotados tenemos derecho a divertirnos —solté sin pensar.

Matthew dejó escapar una risita baja, un sonido cavernoso que me hizo cosquillas en el vientre.

—Explotados, ¿ah? No sabía que te trataba tan mal en mi departamento.

—Es un tirano, y usted lo sabe —respondí, dando un paso hacia él, desafiante. ¿De dónde carajos estaba sacando este valor? No tenía idea, pero la electricidad entre los dos era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

—Si fuera un tirano, Anastasia, te mandaría a tu casa ahora mismo por hablarle así a tu jefe —se acercó un paso más. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su mano rozó 'accidentalmente' mi cintura, un contacto leve que me hizo dar un brinco interno—. Pero hoy no tengo ganas de ser el jefe.

—¿Y qué tiene ganas de ser? —pregunté, mirándolo fijamente a los ojos a través del antifaz.

La mirada de Matthew se oscureció instantáneamente. Se inclinó hacia mi oreja, y su aliento caliente me rozó la piel, enviando una descarga eléctrica directamente a mi entrepierna.

—Tengo ganas de quitarte esas orejitas con los dientes y ver si sigues siendo tan valiente sin el tequila.

Un escalofrío feroz me recorrió la espina dorsal. Se me cortó la respiración. Miré su boca, esos labios carnosos y firmes, y el pensamiento de lo mal que estaba todo esto se esfumó por completo. La lógica se fue al carajo. La empresa, los rumores, la ética profesional... nada de eso importaba en ese segundo. Solo la tensión sexual brutal que llevábamos meses ignorando y que finalmente había explotado.

—Demuéstramelo —desafié en un susurro, agarrando la solapa de su camisa.

Matthew no dijo nada más. Su mano rodeó mi muñeca con firmeza, no de forma agresiva, sino posesiva, e inició la marcha sacándome de la pista de baile hacia la zona privada de los reservados y ascensores. Nadie nos prestó atención; la fiesta era un caos absoluto.

Entramos al ascensor privado que llevaba a las suites ejecutivas del edificio contiguo al club. En cuanto las puertas de cristal se cerraron, cortando el ruido de la fiesta, Matthew me acorraló contra la pared del elevador.

—Vas a arrepentirte de esto mañana —murmuró contra mi cuello antes de atrapar mis labios con los suyos.

El beso fue salvaje. No hubo rodeos ni delicadeza inicial. Su lengua invadió mi boca con un hambre voraz, sabiendo a whisky y a peligro. Solté un gemido ahogado contra sus labios y me agarré a sus hombros, enterrando las uñas en la tela de su camisa. Él gruñó, pasándome una mano por la cadera para pegarme por completo a su pelvis dura.

Madre mía, este hombre me va a deshacer.

Las puertas del ascensor se abrieron con un 'ding' sordo en el último piso, pero ni siquiera nos separamos del todo. Matthew me guió a ciegas por el pasillo hasta la puerta de su suite, metió la tarjeta magnética con torpeza impaciente y nos adentramos en la oscuridad del piso.

La puerta se cerró de un golpe seco a nuestras espaldas. La penumbra solo estaba iluminada por las luces de la ciudad que entraban por el ventanal de piso a techo.

—Última oportunidad para echarte atrás, Anastasia —dijo con la voz completamente ronca, sujetándome el rostro entre sus manos grandes y cálidas. Sus pulgares acariciaron mis pómulos mientras su respiración agitada chocaba contra la mía.

Le respondí quitándole el antifaz de un tirón y volviendo a morderle el labio inferior.

—Cállate la boca, King, y quítame esto.

Matthew soltó una maldición baja, entre dientes, y me levantó en vilo como si no pesara nada. Agarré sus caderas con mis piernas instintivamente mientras él me llevaba directamente hacia el sofá de cuero del centro de la sala.

Esa noche, la cordura murió. Y lo peor de todo es que no me importaba en absoluto.

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