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Capítulo 2

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 08:34:21

El cuero del sofá estaba frío contra mi espalda desnuda, pero el cuerpo de Matthew era un infierno de calor que evaporaba cualquier atisbo de sensatez.

Ya no había rastro del disfraz estúpido. El corsé de gatita había terminado tirado en algún rincón del suelo, junto a su camisa de marca y su reloj caro. Matthew estaba inclinado sobre mí, sosteniendo su propio peso sobre sus brazos musculosos, con los músculos de la espalda tensos y brillantes por una capa fina de sudor. Tenía la mirada clavada en la mía, una mirada oscura, hambrienta, completamente despojada de la máscara de ejecutivo frío que usaba todos los días.

—Dime qué quieres, Anastasia —murmuró con esa voz ronca que me desgarraba por dentro. Su pulgar acarició la línea de mi mandíbula, bajando por mi cuello hasta mi pecho agitado—. Dímelo antes de que pierda lo poco que me queda de paciencia.

—Te quiero a ti, carajo —respiré hondo, agarrándolo por la nuca para traerlo hacia mí—. Deja de hablar.

Matthew soltó una risa baja, casi un gruñido, y me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento. Sus manos, grandes y cálidas, bajaron por mis caderas, apretándome con posesividad mientras se posicionaba entre mis piernas. Cuando se empujó dentro de mí de un solo movimiento fluido y profundo, un gemido agudo se me escapó de la garganta, ahogado de inmediato por su boca.

El ritmo que marcó no fue lento ni delicado; era urgente, crudo, impulsado por meses de una tensión acumulada que ninguno de los dos había querido admitir. Cada embestida hacía que el sofá de cuero chirriara suavemente contra la alfombra, pero la música lejana de la fiesta abajo y el retumbar de mi propio corazón tapaban cualquier otro sonido. Sentía cada centímetro de él dentro de mí, una presión deliciosa que me hacía arquear la espalda y clavarle las uñas en la espalda desnuda.

—Mierda, Ana... —maldijo él entre dientes, pegando su frente a la mía mientras aceleraba el ritmo, perdiendo el control por completo—. Eres un maldito pecado.

—Matthew... —apenas podía articular palabra. El placer me estaba nublando la vista, subiendo desde la pelvis hasta estallar en chispas detrás de mis párpados.

Él cambió de ángulo, embestiendo más profundo, y me agarró el muslo izquierdo para elevarlo sobre su cadera. Esa simple variación me llevó al límite. Sostuve su mirada, viendo cómo sus ojos grises se dilataban por completo antes de que una ola brutal de placer me colapsara el cuerpo. Me contraje a su alrededor soltando un grito ahogado. Matthew soltó un gruñido gutural, se empujó al fondo una última vez y se derramó en el condon, aun dentro de mí mientras su cuerpo entero se tensaba en un espasmo.

Nos quedamos así durante varios minutos, colapsados uno sobre el otro en medio del silencio de la suite. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el murmullo lejano de la ciudad a través del gran ventanal. Matthew me besó la sien con una ternura inesperada, apoyando la cabeza en mi hombro mientras su mano acariciaba perezosamente mi costado.

El alcohol, la adrenalina y el agotamiento físico hicieron su trabajo. Mis ojos pesaban toneladas. Con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, me quedé profundamente dormida.

////////////

Me desperté de golpe.

El silencio absoluto de la habitación me cayó encima como un balde de agua helada. La luz tenue de la madrugada apenas empezaba a colarse por las cortinas del ventanal, tiñendo el lugar de un azul grisáceo y frío.

Giré la cabeza despacio. Matthew estaba acostado a mi lado en el enorme sofá, boca abajo, con las sábanas de la suite medio enrolladas en las piernas y la espalda marcada por mis arañazos. Dormía con una calma casi pacífica, la boca ligeramente abierta y el cabello despeinado sobre la frente. Parecía vulnerable, terrenal... humano, totalmente diferente al tirano frio de la oficina.

Y entonces, el alcohol en mi sangre terminó de metabolizarse. La nube de euforia se disipó y la realidad me dio un puñetazo directo en la cara.

¿Qué putas acabo de hacer?

El pánico se apoderó de mí como una corriente eléctrica. Me senté de golpe, ahogando un jadeo mientras me llevaba las manos a la cabeza. Miré a mi alrededor: la suite ejecutiva del jefe, la ropa tirada en el suelo, mi corsé desabrochado, mi ropa interior a unos metros.

—No, no, no... M****a, no —susurré en un soplo de aire, aterrada.

Ese hombre no era un desconocido de un bar. No era un tipo con el que podías tener un desliz de una noche y bloquear su número al día siguiente. Era Matthew King. El CEO de la empresa donde trabajaba. El tipo que firmaba mis cheques, el que manejaba las evaluaciones de desempeño, el que podía destruir mi carrera profesional con solo chasquear los dedos. Y peor aún: yo era la empleada ejemplar, la que nunca daba de qué hablar, la que odiaba los líos de oficina.

Si alguien se enteraba de esto, mi reputación en la compañía se iría directo al caño. Sería "la chica que se acostó con el jefe, para subir de puesto".

Sentí que el estómago se me revolvía. Un sudor frío me cubrió la espalda.

—Tengo que salir de aquí ya —me dije a mí misma en silencio.

Me levanté del sofá con un cuidado extremo, asegurándome de no hacer el más mínimo ruido. Cada crujido de la alfombra me hacía congelar en mi sitio, mirando de reojo si Matthew se movía. Por suerte, seguía profundamente dormido.

Empecé a recoger mi ropa del suelo como una loca. Mis bragas, mi sujetador, el corsé sintético que ahora me parecía la prenda más ridícula del planeta. Me vestí a toda prisa, con las manos temblándome tanto que tardé un siglo en subir el cierre del corsé. No me molesté en buscar las orejas de gato ni el antifaz; los dejé tirados bajo la mesa de centro. Tampoco me puse los tacones: me los agarré con una mano para no hacer ruido con los tacones sobre el piso de madera.

Antes de cruzar la puerta, me detuve un segundo y me giré para mirarlo.

Matthew no se había movido. Tenía un brazo extendido hacia el lado del sofá donde yo había estado acostada hace un minuto, como si inconscientemente buscara mi cuerpo. Se veía ridículamente guapo, incluso despeinado y despechado. Por un segundo, una punzada extraña me oprimió el pecho. Lo que había pasado anoche no había sido solo sexo borracho; la intensidad había sido real, demasiado real.

Pero el pánico superó a cualquier pensamiento romántico.

"Esto nunca pasó", me repetí como un mantra mental. "Llegas a tu casa, te das una ducha, te tómate dos aspirinas y el lunes actúas como si hubieras estado en tu cama desde las diez de la noche."

Abrí la puerta pesada de la suite con una lentitud agónica, me escabullí hacia el pasillo y dejé que se cerrara suavemente detrás de mí.

Caminé descalza por el corredor de moqueta hasta el ascensor. Cuando las puertas de metal se cerraron y el elevador empezó a bajar hacia la planta baja, me dejé caer contra la pared de espejo, respirando entrecortadamente. Mi reflejo era un desastre: el maquillaje de gato corrido debajo de los ojos, el cabello alborotado y el cuello lleno de pequeñas marcas rojas.

—Estás muerta, Anastasia —me dije a mi reflejo, mientras una lágrima de frustración se me escapaba—. Definitivamente estás muerta.

Salí a la calle por la puerta trasera del edificio. El aire frío de las seis de la mañana me pegó de lleno en la cara, obligándome a espabilarme. Me puse los tacones con dolor en los pies y prácticamente corrí hacia la avenida para parar el primer taxi que pasara.

Mientras el taxi se alejaba del edificio de la empresa, miré por la ventanilla trasera. Las luces del último piso seguían encendidas. Cerré los ojos con fuerza, rezando a cualquier entidad del universo para que Matthew King fuera el tipo de hombre que, al despertar solo, asumiera que fue un error de borrachera y decidiera olvidar que todo esto había ocurrido.

Pero en el fondo de mi corazón, sabía que los hombres como Matthew nunca dejaban nada a medias.

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