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Capítulo 3

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 08:43:59

El fin de semana fue un martirio de setenta y dos horas. Me pasé el sábado y el domingo encerrada en mi departamento, tomando litros de té de manzanilla, frotándome el cuello con corrector para ocultar los chupones que Matthew me había dejado y repitiendo el mismo argumento ridículo una y otra vez frente al espejo: Fue un error de una noche. Todo el mundo comete errores borracho. Él es un profesional y un hombre ocupado; lo último que quiere es un escándalo en la oficina.

Para el lunes a las ocho de la mañana, casi me había convencido a mí misma de que mi teoría era correcta.

Llegué al edificio corporativo vistiendo mi "armadura" habitual: un traje sastre gris oscuro, blusa blanca impecable hasta el cuello, el cabello recogido en un moño tirante y las gafas de pasta negra que solía usar para leer. Ni un rastro de la gatita de cuero de la noche de Halloween.

—¡Pero miren quién sobrevivió a la masacre! —exclamó Claudia en cuanto me vio entrar a la isla de escritorios del departamento de finanzas. Traía un café gigante de Starbucks y una cara de resaca tremenda—. Te desapareciste temprano el viernes, Ana. Te fui a buscar al baño y ya te habías ido.

—Sí, me dio un dolor de cabeza insoportable por el tequila —mentí sin parpadear, acomodando mis carpetas en el escritorio con precisión—. Agarré un taxi como a las once y me fui directo a dormir.

—Te envidio. Yo terminé en un karaoke a las cuatro de la mañana con los de Logística. Siento que un camión me pasó por encima —se quejó Claudia, tomándose la cabeza. Luego se inclinó sobre mi escritorio con tono confidencial—. Oye, ¿te enteraste del chisme del piso superior?

El corazón me dio un vuelco violento. Se me helaron las manos sobre el teclado.

—¿C-cuál chisme? —pregunté, intentando que mi voz sonara casual.

—Dicen que King andaba de un humor de perros el sábado por la mañana. Uno de los de mantenimiento dijo que lo vio salir del edificio a las siete de la mañana echando chispas, buscando a no sé quién por los pasillos. Imagínate, el jefe supremo furioso en pleno fin de semana. Alguien se debe haber ganado su despido.

Tragué saliva con dificultad. Sentí un sudor frío bajándome por la nuca. M****a. M****a pura.

—Qué raro... —murmuré, fijando la vista en la pantalla de mi computadora para que Claudia no notara que me estaba hiperventilando—. En fin, tenemos que revisar los reportes trimestrales antes de la junta de...

El sonido agudo y estridente del teléfono de mi escritorio me cortó la frase.

El número en la pantalla de cristal era el de la extensión ejecutiva del último piso. La línea directa de la presidencia.

Claudia me miró con lástima.

—Uf, suerte con eso. Seguro es la secretaria de King pidiendo los balances.

Contesté el teléfono con los dedos temblorosos, aclarando la garganta para no sonar como una niña asustada.

—Buenos días, departamento de finanzas, habla Anastasia.

—A mi oficina. Ahora.

La voz no era de la secretaria. Era una voz grave, profunda, baja y con un tono de autoridad tan implacable que me puso la piel de gallina al instante. No esperó respuesta. El sonido del chasquido al colgar me dejó con el auricular pegado a la oreja.

Se me cayó el alma al piso.

—¿Quién era? —preguntó Claudia.

—El... el señor King. Quiere revisar unas cifras —dije, poniéndome de pie como un autómata. Me arreglé la falda del traje, tomé una libreta cualquiera para fingir que iba a una reunión de trabajo normal y caminé hacia los ascensores con las piernas hechas de gelatina.

El trayecto en el ascensor hacia el piso ejecutivo se me hizo eterno. Cada número que cambiaba en el panel digital se sentía como una cuenta regresiva hacia mi ejecución. Me repetí mentalmente el plan: Mantén la cara de póker. Fría, profesional, distante. Niega todo si es necesario o trátalo como un malentendido de borrachera.

Llegué a la recepción del último piso. La secretaria de Matthew, una mujer madura y seria llamada Marta, ni siquiera me miró cuando pasé.

—Puede pasar, señorita Anastasia. El señor King la está esperando.

Tragué aire, me erguí lo más recta que pude y empujé la pesada puerta de madera de nogal de la oficina del CEO.

La oficina era enorme, iluminada por los ventanales que daban a toda la ciudad. Detrás de un escritorio de cristal y acero, Matthew estaba de pie, de espaldas a la puerta, hablando por teléfono con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir de corte perfecto. Traía un traje azul marino impecable, la corbata ajustada con pulcritud y el cabello peinado hacia atrás. No había ni un solo rasguño del hombre salvaje que me había llevado contra el sofá tres días atrás.

Cerré la puerta detrás de mí con un chasquido sordo.

Matthew terminó la llamada, dejó el teléfono sobre el escritorio y se giró lentamente hacia mí.

Sus ojos grises me atravesaron como dos dagas heladas. No dijo nada durante diez segundos eternos. Solo me observó, de pies a cabeza, detallando mi traje gris, mi moño apretado y mis gafas. Una sonrisa amarga y peligrosa se dibujó en la comisura de sus labios.

—Buenos días, señor King —dije, rompiendo el silencio con la voz más neutra que pude proyectar—. Me dijo que necesitaba revisar unos informes.

Matthew caminó alrededor de su escritorio con pasos lentos, deliberados, como un depredador acorralando a su presa. Se detuvo a menos de un metro de mí. El olor a su colonia —el mismo aroma que se me había quedado pegado en la piel toda la noche del viernes— invadió mi aire.

—¿Informes, Anastasia? —preguntó con voz baja, arrastrando las palabras—. ¿Esa es la excusa que te inventaste mientras subías en el ascensor?

—No entiendo a qué se refiere —respondí, sosteniéndole la mirada con toda la firmeza que pude reunir—. Si no hay ningún tema de trabajo que tratar, prefiero regresar a mi escritorio. Tengo mucho pendiente.

Dio un paso más. La distancia entre nosotros se redujo a nada. Tuve que alzar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos.

—Te fuiste —dijo. Ya no era un tono ejecutivo; era una acusación directa, llena de un enojo contenido—. Te escapaste como una rata a las seis de la mañana, dejándome solo en el sofá. Ni una nota. Ni un mensaje. Nada.

—Señor King, lo que pasó el viernes por la noche fue un error lamentable —solté sin anestesia, endureciendo el gesto—. Ambos habíamos bebido demasiado. Fue un impulso irresponsable por el contexto de la fiesta de Halloween, y me parece que lo más maduro para los dos, considerando mi posición en esta empresa y la suya, es actuar como profesionales y olvidar que eso ocurrió.

Matthew me miró como si le hubiera dicho la estupidez más grande del siglo. Dejó escapar una risa seca, sin una pizca de gracia.

—¿Un error de borrachera? —repetió, dando un paso tan cerca que su pecho rozó el mío. Levantó una mano y, antes de que pudiera esquivarlo, sus dedos agarraron con suavidad la solapa de mi saco, doblándola apenas lo suficiente para dejar al descubierto la base de mi cuello, donde el corrector de maquillaje apenas lograba tapar una marca morada—. Cuéntame otra vez lo del error, Anastasia. Porque no recuerdo haber tenido que rogarte nada esa noche. Y no me pareció que estuvieras arrepentida cuando me clavabas las uñas en la espalda.

Un calor violento me subió por las mejillas. Traté de dar un paso atrás, pero Matthew reaccionó rápido: pasó su otra mano por detrás de mi cintura y me pegó a su cuerpo con firmeza, bloqueando cualquier intento de huida.

—Déjame ir, Matthew —susurré en un tono de advertencia, sintiendo que la cara de póker se me desmoronaba por completo—. Estamos en la oficina. Alguien puede entrar. Esto es acoso o una violación a las políticas de la empresa.

—Que entren —respondió sin pestañear, mirándome fijamente los labios—. Me importa un carajo la política de la empresa. Y no me salgas con el cuento del acoso cuando sé perfectamente que estás muriéndote por dentro exactamente igual que yo.

—¡Eres mi jefe! —protesté en voz baja pero furiosa, poniendo las manos sobre su pecho para empujarlo, aunque era como intentar mover una pared de concreto—. No voy a ser la empleada que se acuesta con el jefe para subir de puesto o la que termina despedida cuando te canses de mí. Tengo una carrera, carajo. No voy a arruinarla por un lío de una noche.

Matthew frunció el ceño, y por un segundo vi una chispa de molestia genuina en sus ojos grises. Su agarre en mi cintura se volvió un poco más suave, pero no me soltó.

—¿Crees que esto es un juego para mí? ¿Piensas que hago esto con cualquiera? —preguntó, con la voz extrañamente grave—. No me acosté contigo por estar ebrio, Anastasia. Llevo meses aguantándome las ganas de arrinconarte contra una pared cada vez que entras a esta oficina a entregarme un reporte. Lo del viernes solo fue la excusa que necesité para tocarte de una puta vez.

Se me cortó la respiración. Sus palabras me cayeron como una bomba en el estómago.

—No... no digas eso —murmuré, confundida por la intensidad de su mirada.

—Digo lo que me da la gana porque es la verdad —dijo él, inclinándose apenas unos milímetros hacia mi boca. Su aliento caliente me rozó los labios—. Tienes dos opciones, Anastasia. Puedes seguir jugando a la empleada perfecta que no me conoce y fingir que esto no pasó... o puedes aceptar que esto apenas está empezando. Porque no pienso dejarte en paz.

—Estás loco —le dije, intentando sonar firme aunque las piernas me temblaban.

—Tal vez —admitió con una sonrisa oscura—. Pero te aseguro una cosa: no vas a poder borrarme de tu cabeza. Ni con tus trajecitos grises, ni con tus gafas, ni con tu actitud de señorita correcta.

Matthew me soltó de golpe. Dio dos pasos hacia atrás y se acomodó los puños de la camisa como si nada hubiera pasado. La frialdad volvió a su rostro en cuestión de segundos, dejando solo una sombra de la conversación brutal que acabábamos de tener.

—Puedes irte a tu escritorio, señorita Anastasia —dijo en tono formal, cruzándose de brazos—. Y asegúrese de tener el informe financiero listo para las cuatro de la tarde. En persona.

Lo miré con rabia contenida, con el corazón martilleándome en el pecho y los labios hormigueando por la cercanía que habíamos tenido hace un segundo.

—A las cuatro estará en su escritorio, Señor King —dije entre dientes.

Me di la vuelta y salí de su oficina pisando fuerte. Cuando la puerta de nogal se cerró a mis espaldas, me recargué contra la pared del pasillo y cerré los ojos, intentando recuperar el aire.

El plan de la cara de póker había durado exactamente cinco minutos. Y lo peor de todo era que Matthew King no estaba dispuesto a dejarme escapar tan fácil.

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