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Capítulo 2 Una historia con personajes conocidos

Author: Gris y Ámbar
Rachel estaba de pie, obediente, junto a él, y ambos actuaban como si no hubiera pasado nada, como si de verdad hubieran venido a celebrar su prometedor futuro con una buena amiga.

—Sonia, pruébalos. Hice fila durante treinta minutos para que los pruebes.

Sentada en el sofá, los vi quitarse los zapatos y entrar, tan a gusto como si estuvieran en casa.

—¿Por qué me colgaste ayer? —Silas se sentó a mi lado y me dio un codazo.

—Mala señal —dije secamente.

—Entonces, ¿por qué no respondiste mis mensajes después?

—Se me olvidó.

—Ah —dijo, y no insistió.

Durante la comida, Silas no dejaba de contar que sus padres habían estado empacando. Planeaban mudarse a Harrington para vivir con él en cuanto llegara su carta de admisión a la universidad.

Rachel intervino enseguida y nos contó que sus padres ya habían empezado a buscar casas en Fairview.

—Si Sonia entra a la Universidad Bradford, ¿no sería maravilloso que nuestras familias pudieran reunirse en Harrington? —comentó mi madre.

—Sonia va a entrar, sin duda. —Silas se volteó hacia mí.

—Exacto. Me emociona mucho pensar que los tres iremos juntos a Bradford. —Rachel también sonrió.

Bajé la cabeza y moví la pasta con el tenedor, sin comer casi nada.

Cuando terminamos de comer, mi madre fue a lavar los platos y Silas se levantó para ir al baño. Rachel y yo nos quedamos solas en la sala.

Nos quedamos en silencio un rato.

—¿Sabes? Hace poco leí una novela. Había una villana que creía tener ventaja por ser amiga de la infancia del protagonista. —Rachel dejó una cáscara de naranja sobre la mesa de centro y sonrió.

—La protagonista apareció de la nada y terminó quedándose con él.

—Para que la protagonista se sintiera segura, el novio cambió la solicitud de ingreso a la universidad de esa malvada y la hizo estudiar en una universidad fea, mientras él y la protagonista femenina se iban a estudiar juntos a otra ciudad.

—¿Qué te parece esa historia? —Inclinó la cabeza y me miró con inocencia.

La miré a los ojos. Eran hermosos, enmarcados por pestañas largas y tupidas. Cuando sonreía, se le entrecerraban los ojos.

—Creo que los dos están mal de la cabeza —dije sin rodeos.

La sonrisa se le borró.

—Si un hombre no puede hacer que su novia se sienta segura, no es más que un niño patético. Y si tiene que arruinarle el futuro a alguien para demostrar su devoción, entonces tiene un problema muy grave. Además, la protagonista femenina no es mejor que él. En vez de resolver sus problemas con su novio, se mete con alguien más por sus inseguridades. Esa clase de personas trataría hasta a la basura más insignificante como si fuera un premio. Y si la protagonista femenina cree que su novio la va a engañar, ¿eso no significa que el problema es él? —Seguí hablando mientras observaba cómo la expresión de Rachel se ensombrecía.

—Si me preguntas a mí, diría que esos dos se merecen el uno al otro. Deberían quedarse juntos para siempre y dejar de amargarles la vida a los demás. —Mostré los dientes en un remedo de sonrisa.

Rachel apretó los labios.

—Y si yo fuera ese personaje, guardaría las pruebas y demandaría a esos dos idiotas.

No tuvo oportunidad de responder.

—¿De qué están hablando? —Silas salió del baño secándose las manos con una toalla. Me miró a mí y luego a Rachel.

—De nada. —Rachel forzó una sonrisa.

—Hablábamos de si es ilegal cambiar a escondidas las solicitudes de ingreso a la universidad de otra persona —respondí mientras me recostaba contra el respaldo del sofá.

La expresión de Silas cambió.

Miró a Rachel con desconfianza. Ella apartó la mirada y clavó las uñas en la cáscara de naranja hasta que el jugo le corrió por toda la mano.

—Eh... Tenemos que irnos. Tenemos algo que hacer esta tarde —dijo Silas un momento después.

Mientras se ponía los zapatos junto a la puerta, dirigió la mirada hacia mí.

No lo miré.

En cuanto se cerró la puerta, escuché que Rachel decía algo en el pasillo, apenas por encima de un susurro, sin alcanzar a entender las palabras, pero con la sensación de que no era nada agradable.

Durante los dos días siguientes, Silas me mandó varios mensajes cada día.

“Sonia, ya terminaste de llenar tu solicitud de ingreso a la universidad, ¿verdad?”

“Ya la enviaste, ¿verdad?”

“No es nada grave. Solo me preocupo por ti”.

Al final, respondí.

“¿Por qué preguntas?”

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