LOGINEl timbre de la escuela siempre sonaba como un recordatorio de que el día apenas comenzaba, aunque para mí ya era una pequeña batalla ganada: había logrado llegar a tiempo, con el cabello medianamente decente y la tarea de matemáticas avanzadas terminada.
La escuela tenía ese aire caótico que sólo los adolescentes podían darle a un edificio: mochilas tiradas en el suelo, lockers que se abrían de golpe, risas que se mezclaban con el sonido metálico de las puertas al cerrarse.
Kate me esperaba junto a mi casillero, con la energía de siempre y esa sonrisa que podía iluminar hasta los lunes más grises. Apenas me vio, me agarró del brazo y empezó a hablar del concierto como si el mundo entero girara en torno a ese sábado. Sospechaba que así serían los próximos días.
“No sabes, Cams, ya tengo todo planeado: qué me voy a poner, cómo vamos a llegar, hasta qué vamos a comer antes. ¡Estoy contando las horas!”
“¡Faltan días! ¿Dormiste algo o pasaste la noche planeando?”, le pregunté mientras metía mis libros en el casillero.
“Dormir está sobrevalorado cuando vas a ver a tu banda favorita. Además, ¿te imaginas la cara de Christine cuando se entere de que tú y yo vamos?”
Solté una carcajada. Christine tenía la capacidad de enterarse de todo lo que ocurría en la escuela y, lo que era peor, siempre encontraba la manera de hacerlo parecer poco importante cuando, en realidad, moría de envidia.
Como si fuera invocada por nuestras palabras, apareció justo en ese momento, rodeada de sus amigas, como un enjambre de abejas perfectamente coordinado. Caminaba por el pasillo como si la escuela entera fuera su pasarela, el cabello perfectamente liso, las uñas recién pintadas y una sonrisa que, más que amistosa, era un arma.
“¿Qué es lo que te tiene tan emocionada, Kate?”, preguntó con fingido interés, aunque su mirada se desvió inmediatamente hacia mí.
“Estaba platicando con Camila del concierto al que iremos el sábado”, dijo Kate con un tono triunfal, como quien lanza una bomba.
“¿Un concierto?” Christine arqueó una ceja. “¿Y qué van a ir a ver? ¿Una sinfonía de ecuaciones matemáticas?”
“Eso suena divertido”, respondí, sin dejar que me afectara. Ya estaba acostumbrada a sus intentos de aguijonear.
Kate, en cambio, casi se atragantaba de risa.
“Ya quisieras, pero no. Es Trollex, Christine. Ya tenemos las entradas”, añadió, saboreando cada palabra.
El gesto de Christine se endureció apenas un segundo, lo suficiente para delatarla, antes de que recuperara su sonrisa impecable.
“No ganas más puntos mintiendo, Kate. Es vergonzoso que te inventes algo así. Ni de lejos les creo que las hayan dejado ir a un concierto así, a menos… a menos que también les estés mintiendo a tus papás y digas que te quedas a dormir en casa de esta sabelotodo”.
«Aww, eso lo tomaré como un cumplido.»
“No tengo por qué mentirte, y menos aún en mi casa. Yo no soy doble cara con mis papás”.
No soy experta en lenguaje corporal, pero el último comentario de Kate parece que le caló fuerte.
“Ya veremos si en verdad van”, dijo con desdén, girando sobre sus tacones y alejándose con su cortejo.
Kate me dio un codazo en las costillas.
“¿Viste esa cara, verdad? ¡Fue épico!”
“Más bien fue fugaz, pero sí, la vi.”
“¿Crees que se muera de envidia?”
“¿Por ir a ver a Trollex o porque vamos a un concierto?”, pregunté en voz alta porque no sabía a qué dirigir mi respuesta, pero creo que hablé más rápido de lo que pensé.
“Por Dios, Cams, la pregunta es obvia”
“Sí, se morirá de envidia”, contesté vagamente porque así no puedes fallar con un sí ante estas situaciones.
“¡Lo sabía!”, dijo Kate, apretando los puños en señal de celebración.
Kate era así; esos pequeños triunfos la hacían sonreír todo el día.
Seguimos riéndonos de camino al aula de física, mi clase favorita junto con matemáticas, y dejamos de lado, por el momento, el tema del concierto.
Me encantaba cómo los números y las fórmulas podían ordenar el caos del mundo; a veces sentía que era lo único realmente predecible en la vida.
El profesor nos recibió con su habitual entusiasmo y empezamos la lección, pero a mitad de la clase sentí una mirada fija en mí.
Giré disimuladamente y me encontré con Justin, el típico chico guapo que siempre parecía estar en todas partes. Era de esos que tenían facilidad para caer bien a todo el mundo: capitán del equipo de fútbol, sonrisa fácil, cabello rebelde en el ángulo perfecto. Cuando nuestros ojos se cruzaron, me sonrió con complicidad, como si compartiéramos un secreto.
Yo me limité a devolverle una breve sonrisa antes de volver a mis apuntes.
Kate, por supuesto, no dejó pasar el momento.
“Justin Whitaker te estaba viendo como si fueras el nuevo teorema que quiere resolver”, susurró en plena clase, sin poder aguantarse ni un par de minutos para que sonara el timbre.
“O como si estuviera aburrido en clase de física y lo hubiera cachado viendo a la nada”, repliqué, anotando en mi cuaderno lo que había en el pizarrón.
“A veces me pregunto si en serio eres así de distraída o si lo haces a propósito”
“¿De qué hablas?
“Ay, Cams, tú siempre tan lógica, pero luego caminas por ahí levantando suspiros”
“Creo que estás exagerando, como normalmente haces. Quizá está pensando en pedirme la tarea.”
“Quizá esté pensando en pedirte clases particulares…”
Miré a Kate con los ojos muy abiertos, lo que hizo que se riera de mi cara con más fuerza de lo que esperaba, llamando la atención.
“¿La estoy interrumpiendo, señorita Cooper?”, le preguntó el profesor Chapman a Kate.
“Lo siento, profesor”, dijo Kate sin siquiera sentirlo. Luego hizo como que volvía a sus apuntes y, cuando el profesor volvió a lo suyo, se acercó a mí y me susurró: “Admítelo, esa idea no te molestó en absoluto.”
“Sabes que ese es terreno peligroso”, contesté por lo bajo sin molestarme en levantar la mirada.
“¿Y qué hay de la famosa frase ‘yo me río del peligro’?” Sonreí ante su comentario, pero no contesté la pregunta.
“Señorita Cooper”, le volvió a decir el profesor a Kate, y ella hizo el ademán de cerrarse la boca con los dedos, como si fuera un cierre. Se acomodó en su silla y siguió tomando apuntes como si no hubiera dicho nada.
Sin embargo, Kate tenía razón en algo: no me molestó ser vista por él. Aunque, muy en el fondo, había algo que sí me incomodaba… y no tenía nada que ver con Justin, sino con alguien más.
***
Salimos de clase para dirigirnos a la cafetería cuando alguien me llamó por la espalda.
“Campbell”
Kate colocó su cuaderno cerca de su rostro para disimular la sonrisa.
“Hola, Justin”, contesté cordialmente, intentando no avergonzarme por la actitud que adoptaba Kate. Me estaba poniendo nerviosa.
“Cuentan por ahí que irán al concierto este sábado”, afirmó Justin.
Sólo había pasado una clase y él ya lo sabía.
«¿Tan rápido corren estos temas? ¿Siempre ha sido así?»
“Sí, es la banda favorita de Kate”, contesté haciendo alusión a ella.
Justin volteó para verla y asintió en aprobación. Luego, su mirada volvió a mí.
“Iré con algunos del equipo. Si quieren que pase por ustedes, avísenme; podemos ir juntos.”
Abrí la boca para contestar, pero Kate me ganó.
“Escríbele y nos organizamos”, le dijo Kate y le dio mi número de teléfono.
“Genial. Nos vemos, Campbell. Kate”, dijo Justin y se marchó por el pasillo.
Vi su espalda alejarse antes de poder pronunciar su palabra. Cuando cruzó el umbral, miré a Kate con ojos de asesina.
“Kate, te has olvidado del pequeño gran detalle de Jacob”, le recriminé por estar haciendo planes.
“Contrario a lo que tú crees, ese pequeño, GRAN detalle lo tengo más que presente, como también tengo presente que ahora Justin tiene tu número y puede escribirte. No tienes por qué ir con él el sábado, pero eso no quiere decir que no puedas ir con él otro sábado a algún lado. Una tiene que ser visionaria, Campbell”, dijo Kate, imitando el tono con el que se había despedido Justin.
Respiré hondo y preferí no darle más cuerda a Kate.
“Vamos, tengo hambre”, fue todo lo que dije y mientras caminábamos hacia la cafetería, me encontré con la mirada de Christine.
Rectifico: los ojos con los que vi a Kate, al darle mi número a Justin, fueron dulces en comparación con los que me echaba Christine. Estaría acribillada ahora mismo si fuera por ella.
«Terreno peligroso.»
“¿Sabías que los globos aerostáticos funcionan según el principio de Arquímedes?”, comenté, apoyando las manos en el borde.Jacob rió, como siempre, como cuando lo sorprendía con algún dato curioso o no tan curioso… para él.“No, pero me encanta que lo sepas.”Seguramente el genio sí lo sabía, pero lo negaba.“La idea es simple: el aire caliente dentro de la envoltura pesa menos que el aire frío de afuera, y esa diferencia hace que suba. Como un barco flotando en el cielo”, expliqué, con la mirada fija en el horizonte.Respiré hondo, saboreando el momento.“Ahora entiendo por qué me despertaron a esa hora. Los globos tienen que despegar temprano porque el cielo todavía no ha decidido ser hostil
Jacob sostenía un ramo de flores y un globo con forma de oso panda que decía ‘Feliz cumpleaños’.Papá, con esa sonrisa traviesa que delataba una conspiración, parecía tan emocionado como yo.“¿Qué están tramando ustedes dos?”, les pregunté, mirándolos con sospecha.“Pronto lo descubrirás”, contestó papá y solo negué con la cabeza.Me acerqué y sentí que el corazón me brincaba en el pecho.“Feliz cumpleaños, Camila”, dijo Jacob, rodeándome con un brazo. Me apretó contra él en un fuerte abrazo y luego me besó en la frente.“Jacob… esto es increíble, muchas gracias”, mi voz vibraba de emoción. Podría haber brincado como niña y no me habría importado.“Vamos, dense prisa, no quieren llegar tarde”, añadió papá con falsa seriedad. Me reí al ver que disfrutaba tanto del plan como si fuera suyo.“¿Vamos?”, preguntó J
Los minutos fueron horas, luego se convirtieron en días, y los días en semanas que se deslizaron como una bruma espesa, sin prisa y sin forma.Volví a las rutinas que ya no parecían mías. No sabría describir este modo letárgico en el que me había sumido más que decir que era un zombi que actuaba por inercia, copiando los movimientos de los demás sin juicio ni criterio.Kate siempre estaba cerca, con su risa y sus ocurrencias, tratando de arrancarme de mis pensamientos. A veces funcionaba, a veces no.Jacob había vuelto a aparecer de vez en cuando, siempre con la excusa de visitar a papá. No se quedaba mucho; no buscaba estar a solas conmigo. Sus gestos eran más contenidos, sus palabras más medidas, y sin embargo, bastaba un cruce de miradas para recordarme todo lo que había sucedido en el lago, en mi casa, en esos sil
“¿Cuánto?”La palabra salió antes de que pudiera detenerla. Clara. Filosa.“¿Qué?”, Jacob frunció el ceño.“¿Camila…?”, susurró papá, incrédulo.Pero yo no miraba a ninguno de los dos.Miraba a Paul.“¿Cuánto quieres?”Paul arqueó las cejas con lentitud calculada.“No entiendo a qué te refieres, cariño.”Esa palabra.«Cariño.»Dicha como quien pone una mano sucia sobre algo que no le pertenece.“Sabes perfectamente a qué me refiero. Y no me llames cariño.”Respiré hondo.
Esa noche, papá y yo habíamos decidido cocinar juntos. Sonaba un disco viejo de jazz en la bocina de la cocina y las notas suaves parecían envolvernos como una manta. Papá cortaba tomates mientras yo mezclaba una salsa, y entre risas, chistes malos y cucharas que chocaban contra los sartenes, por un instante, la casa volvió a sentirse como antes. Cálida. Hogareña.Pero la calidez se quebró en cuestión de segundos. El cuerpo de papá se tensó como un resorte y el brillo de la música pareció apagarse de golpe. El aire cambió, como si un frío invisible hubiera llenado la estancia.“Camila, sube a tu habitación”, me pidió con voz grave, sin apartar la mirada de la ventana.“¿Papá, ocurre algo?”, pregunté, sintiendo que la sangre me huía del rostro y que el c
Los días siguientes al fin de semana en el lago me parecieron extraños, como si de pronto mi vida hubiera entrado en un terreno movedizo. Todo se veía igual —las aulas, las tareas, incluso las comidas con papá—, pero por dentro nada estaba en su lugar.Jacob había desaparecido en la rutina con una facilidad desconcertante. Seguía viniendo algunas noches a cenar con nosotros, como siempre, pero ya no había miradas furtivas ni palabras que se quedaran a medio camino. Había regresado a su versión más formal: frases cortas, tono correcto, la sonrisa educada de siempre. Como si aquel beso en el bosque, sumado al beso al llegar a casa, hubiera sido un espejismo que yo sola había inventado.Yo me esforzaba por actuar normal, por reírme de los chistes de papá durante la cena o por hablar con Kate de cualquier cosa para distraerme, pero cada vez que
La casa del lago tenía esa cualidad extraña de los lugares que saben guardar historias. No imponía silencio, pero tampoco lo rompía; simplemente invitaba a bajar la voz y a quedarse.El día comenzaba a rendirse, tiñendo las ventanas d
El tan aclamado fin de semana llegó.Jacob quedó en pasar por mí el viernes por la tarde. De ahí nos íbamos a casa de Kate, donde todos nos estábamos organizando para salir juntos en caravana.Para no ir apretados
La semana transcurrió con una rutina que parecía reconstruida a medias. Entre la escuela, los deberes y las tardes en casa, trataba de que todo volviera a un ritmo reconocible, aunque nada lo era del todo.En el desayuno, papá seguía cocinando panq
El mes desde que mamá se había ido se sentía extraño, casi irreal. A veces me parecía oírla reír en los pasillos, como si su voz hubiera quedado atrapada en las paredes de aquel que alguna vez fue nuestro castillo familiar. El duelo, sin embargo, e







