เข้าสู่ระบบUn año después.La mansión Strauss estaba completamente decorada con globos blancos, dorados y azules. Había flores frescas por todas partes, mesas llenas de comida, música suave sonando en el jardín y un enorme pastel en el centro con un pequeño número uno en la parte superior.El otoño había vuelto a Nueva York.Y esta vez, Alexandra lo sentía distinto.Más cálido.Más hogar.— ¡No dejes que se coma las decoraciones otra vez! — gritó Alexandra entre risas desde el jardín.Gabriel volteó inmediatamente.Demasiado tarde.El pequeño Leonel Strauss ya tenía un globo prácticamente metido en la boca mientras gateaba torpemente por la manta enorme colocada sobre el césped.— Definitivamente es tu hijo. — murmuró Gabriel levantándolo rápidamente.El niño soltó una carcajada escandalosa.Alexandra sintió que el corazón se le derretía.Un año.Había pasado un año desde aquella noche en el hospital. Un año desde que pensó que iba a perderlo todo.Y ahora ahí estaban.Su hijo estaba gordito, he
El día amaneció gris.Nueva York estaba cubierta por una lluvia fina que golpeaba suavemente los enormes ventanales de la habitación privada del hospital. El ambiente olía a desinfectante, café recién hecho y cansancio acumulado.Alexandra seguía dormida.Su respiración era lenta, pesada, agotada después de horas de dolor, miedo y un parto que casi les arranca el alma a todos.Gabriel estaba sentado junto a la cama.No se había movido en horas.Tenía el cabello despeinado, la barba ligeramente crecida y los ojos completamente rojos por no dormir. Pero no podía apartar la mirada de ella.De su esposa.De la mujer que había traído al mundo a su hijo.Su mano seguía entrelazada con la de Alexandra mientras la observaba dormir. A veces miraba el pequeño moisés transparente junto a la cama… y volvía a sentirse irreal.Un niño.Su hijo.Su pequeño hijo.Gabriel soltó una risa baja, completamente rota de emoción, y pasó una mano por su rostro.— Me hiciste padre… — murmuró mirando a Alexandr
La ambulancia avanzaba a toda velocidad bajo la lluvia neoyorquina. Las sirenas rompían el tráfico mientras dentro todo era caos contenido.Alexandra no dejaba de temblar.Cada contracción era más fuerte que la anterior. Sentía el cuerpo agotado, húmedo de sudor, el cabello pegado a la frente y una presión insoportable en la espalda y el abdomen.— Ahh… Dios… — gimió apretando la mano de Gabriel con fuerza desesperada.Gabriel permanecía sentado junto a la camilla, completamente inclinado hacia ella. Nunca la había visto así. Vulnerable. Aterrada.Y eso lo estaba destruyendo.— Respira conmigo, amor… mírame… — repetía una y otra vez mientras apartaba mechones húmedos de su rostro.Alexandra negó con la cabeza, llorando.— Tengo miedo de que le pase algo…La voz se le quebró completamente al hablar del bebé.Uno de los paramédicos revisó rápidamente el monitor fetal.— El ritmo cardíaco sigue estable — informó —. Pero necesitamos llegar rápido.Gabriel cerró los ojos un segundo al escu
otoño había terminado de instalarse en Nueva York.Los árboles alrededor de la mansión Strauss estaban casi desnudos, y el frío comenzaba a colarse por cada rincón. Alexandra ya no podía caminar rápido ni fingir que el embarazo no pesaba. Su vientre era grande, redondo, imposible de ocultar. El médico había sido claro:— Unas cuantas semanas más… y ese bebé estará aquí.Y eso aterraba a Alexandra más de lo que quería admitir.Porque mientras más cerca estaba de conocer a su hijo… más sentía que el mundo quería arrebatárselo.Gabriel prácticamente había transformado la mansión en una fortaleza. Seguridad las veinticuatro horas, cámaras nuevas, personal revisado cuidadosamente. Incluso Leónidas había comenzado a quedarse más tiempo allí.Pero la ansiedad seguía.Sobre todo en las noches.Alexandra dormía poco. El bebé se movía muchísimo y Gabriel siempre terminaba despertándose también.— Tu hijo patea como si quisiera salir hoy mismo — murmuró una madrugada mientras mantenía una mano s
— A tu disposición tendrás a varias personas, para que te ayuden en todo momento. — Dijo Gabriel mientras acariciaba la panza ya ligeramente prominente de Alexandra, su voz suave, casi protectora.Alexandra rodó los ojos con una sonrisa.— No estamos en la etapa medieval, y tampoco soy de la realeza como para tener personas detrás de mí todo el día.— No es por realeza — respondió él, inclinándose para besarle la frente —. Es porque eres mi esposa… y estás llevando a mi hijo.Ella no contestó, pero su mano cubrió la de él sobre su vientre. Aún le costaba acostumbrarse a esa frase: mi hijo. Nuestro hijo.Había pasado una semana desde que el médico confirmó que todo avanzaba bien. Una semana en la que Gabriel reorganizó su vida con una disciplina casi obsesiva. Iba a la oficina temprano, regresaba a media tarde sin excepción. Delegaba reuniones, rechazaba cenas corporativas, cancelaba compromisos sociales. A las cuatro o cinco ya estaba de vuelta en la mansión.Siempre llegaba con algo:
El trayecto desde el aeropuerto fue silencioso, pero no incómodo. Alexandra iba pegada a la ventana del auto, observando cómo la ciudad iba quedando atrás poco a poco. Los edificios altos dieron paso a avenidas más amplias, luego a calles arboladas. El paisaje empezó a transformarse frente a sus ojos.Las hojas ya no eran completamente verdes. Algunas se tornaban doradas, otras rojizas, y muchas caían lentamente, cubriendo el asfalto como una alfombra crujiente. El otoño se anunciaba con elegancia, sin prisas.Alexandra sonrió sin darse cuenta. — Es hermoso —murmuró.Gabriel la miró de reojo. — Nueva York en otoño tiene algo especial. Siempre me gustó… pero nunca pensé traer aquí algo tan importante como tú.Ella no respondió de inmediato. Siguió observando los árboles, las casas amplias, las rejas discretas pero imponentes. Hasta que el auto redujo la velocidad.— Ya casi llegamos —dijo Gabriel.Alexandra frunció ligeramente el ceño. — ¿Aquí?El auto giró por un camino privado flanqu







