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Llegaste Cinco Años Demasiado Tarde
Llegaste Cinco Años Demasiado Tarde
Mónica Herrera

Capítulo 1

Mónica Herrera
—¿De verdad lo pusiste en venta?

Camila Soto me llamó justo cuando salí de la inmobiliaria.

—Sí.

—¡El pago inicial fue de sesenta mil dólares! ¿Cómo pudiste ponerlo en venta sin consultarlo con Lucas? ¿Él lo sabe?

—Está en Aurelia del Sur.

—¿Por trabajo?

No respondí. Camila guardó silencio unos segundos.

—Aunque hayan discutido, no puedes poner el departamento a la venta así nada más…

—En su vieja cámara encontré cientos de fotos de años anteriores: la misma mujer y la misma montaña, invierno tras invierno.

Al otro lado de la línea no se oyó nada.

—¿Era Rebeca la de las fotos?

Camila no volvió a decir una palabra.

De regreso a casa, Lucas me envió una fotografía. En la foto aparecía una taza de porcelana blanca, llena de chocolate caliente con canela y decorada con el dibujo de un pequeño venado en un costado. El mensaje decía: "Está nevando en Nevaclara. Me muero de frío".

Reconocí la taza.

El invierno anterior había publicado otra foto idéntica, con el mismo encuadre y desde el mismo ángulo. Cuando le pregunté dónde quedaba aquel lugar, dijo que había entrado por casualidad y que ya no se acordaba.

Pero en la cámara había una imagen de Rebeca sentada en aquel mismo café, con una taza idéntica junto a su mano, mientras sonreía a la cámara. Llevaba una bufanda que nunca antes le había visto.

Cinco años. Cada invierno, el mismo café, el mismo chocolate con canela y la misma mujer.

A mí siempre me enviaba fotos de comida y paisajes. Nunca aparecía nadie.

Cuando llegué al departamento que compartía con Lucas y me quité los zapatos, miré el mueble de la entrada. Junto a sus zapatillas deportivas había unas zapatillas blancas de lona, de la talla 35. Yo calzaba 37.

Levanté una de las zapatillas y encontré debajo una nota adhesiva.

"Las otras me lastimaban los pies".

Volví a dejarla en su sitio y entré al dormitorio. Al abrir la computadora portátil, vi que en el navegador había quedado abierta la página de una reserva para el próximo 14 de febrero en el complejo termal Sierra Brumosa: un paquete para dos, con piscina privada y cena.

En la sección de comentarios se leía: "Cumpleaños de Rebeca".

Mi cumpleaños era el 9 de marzo. El de Rebeca, el 15 de febrero.

El 9 de marzo del año anterior le pregunté si podíamos cenar juntos, pero me dijo que tenía un compromiso de trabajo. Esperé hasta las once de la noche y entonces recibí un mensaje: "Acabo de llegar. ¿Ya estás dormida? Feliz cumpleaños. Te lo compenso otro día".

Su promesa nunca se cumplió.

Abrí en la computadora la copia de seguridad de la galería de su celular. Había más de tres mil fotos. Yo solo aparecía en once: siete del primer año de nuestra relación y apenas cuatro de los cuatro años siguientes.

Un álbum se llamaba "La nieve de Nevaclara". Al abrirlo, solo encontré fotografías de Rebeca.

Cada imagen tenía una composición cuidada y una luz suave, como si perteneciera a una revista. En cambio, cuando Lucas me fotografiaba, se limitaba a apretar el botón sin buscar un buen ángulo ni fijarse en la luz.

Una vez le pregunté:

—¿Podrías esforzarte un poco para que salga bonita?

—No es una sesión profesional. Así está bien.

"Así está bien" era la frase que más me repetía.

El celular sonó. Era una videollamada de Lucas. Contesté.

En la pantalla apareció con un abrigo gris. Detrás de él se veía el pasillo de un hotel.

—¿Ya comiste?

—Sí.

—Regreso pasado mañana. Mi vuelo sale a las tres de la tarde.

—Está bien.

—Tu voz suena rara.

—Estoy un poco cansada.

—Duérmete temprano.

Estaba a punto de colgar cuando se oyó una voz a sus espaldas.

—Ya llegó el auto.

Lucas giró la cabeza para responderle y luego volvió a mirarme.

—Rebeca me está llamando. Tengo que colgar.

—¿Qué hace en tu hotel?

—Se hospeda en la habitación de al lado. Vamos a salir a cenar.

—¿También coinciden todos los años?

—Solo coincidimos por casualidad. No pienses cosas raras.

Sonrió con absoluta naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Por cierto, te compré un imán para el refrigerador. Esta vez tardé mucho en elegirlo.

Colgó.

Fui a la cocina y abrí el refrigerador. En la puerta había cuatro imanes del Nevado del Alba, uno por cada invierno anterior.

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