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Capítulo 2

Mónica Herrera
Esos cuatro imanes eran los únicos recuerdos que había recibido de Aurelia del Sur durante los primeros cuatro años de nuestra relación.

A Rebeca, en cambio, Lucas le había regalado estadías en hoteles termales, sesiones de fotos y sorpresas de cumpleaños.

Poco después me envió otra foto: un imán con forma de venado, todavía dentro de su envoltorio.

"Bonito, ¿verdad? Rebeca me ayudó a escogerlo".

Hasta para elegir mi regalo tenía que intervenir ella.

Escribí: "¿Y qué le compraste a Rebeca?"

***

Pero mi dedo se detuvo sobre el botón de enviar y luego borré cada palabra. Al final respondí con una sola palabra:

"Sí".

Cuando Lucas regresó, entró arrastrando la maleta. Sacó una pequeña bolsa de papel del bolsillo lateral y me la tendió.

—Tu imán.

Luego sacó una bolsa mucho más grande de otro compartimento y la dejó junto a la entrada.

—¿Qué es eso?

—Una bufanda para Rebeca. La vio en una tienda de Nevaclara, le gustó y decidí comprársela.

Por la abertura asomaba una esquina de tela de color rojo oscuro. Era de cachemira. La toqué y comprobé que era muy suave.

El invierno anterior le había dicho que quería una bufanda de cachemira.

—¿Para qué quieres otra? —me respondió entonces—. ¿No tienes varias en el armario?

Todas las que había allí me las había comprado yo.

—¿Le compraste una bufanda?

—Sí. Quería regalársela.

Se quitó los zapatos, entró a la sala y se dejó caer en el sofá.

—Estoy agotado. El vuelo duró cuatro horas.

—¿Cuándo vas a llevarme a Aurelia del Sur?

Se quedó desconcertado.

—¿Por qué preguntas eso de repente?

—No es de repente. Llevo cinco años preguntándotelo.

—Cuando pase esta temporada de trabajo. La próxima vez.

Era la decimosexta vez que me lo prometía.

No dije nada más.

Antes de la cena llamó su madre.

—Lucas ya volvió, ¿verdad? Apúrense con lo de la boda.

—Todavía estamos organizándolo.

—Rebeca vino la semana pasada a ayudarme a elegir los recuerdos para los invitados. Escogió cuatro opciones. Dime qué te parecen.

Me quedé con el tenedor suspendido a medio camino de la boca.

—¿Rebeca la ayudó a elegirlos?

—Sí. Dijo que estabas muy ocupada con el trabajo y se ofreció a venir. Es tan atenta.

Miré a Lucas. Estaba absorto en el celular.

—Puede hablar conmigo de esas cosas. No hace falta molestarla a ella.

—¿Molestarla? Viene muy seguido, tres o cuatro veces al mes. Mucho más que tú.

Durante el segundo año de nuestra relación propuse visitarla cada semana, pero Lucas me dijo:

—No hace falta ir tan seguido. A mi mamá no le gusta tener gente en casa todo el tiempo.

Entonces reduje las visitas a una por mes. Más adelante volvió a insistir:

—Tú tienes mucho trabajo. Con que vayas cada dos meses está bien.

Ahora comprendía que a su madre no le molestaban las visitas. Le molestaban las mías. Rebeca iba tres o cuatro veces al mes y nadie la consideraba una molestia.

—Entonces yo me encargo de los recuerdos para los invitados.

—Está bien. Pero los que eligió Rebeca son muy buenos; podrías tomarlos como referencia.

Cuando terminó la llamada, miré a Lucas.

—¿Tú le pediste a Rebeca que fuera a casa de tu madre a elegir los recuerdos para los invitados de nuestra boda?

—Ella quiso ir.

—¿Por qué no me dijiste nada si lo sabías?

—¿Qué querías que te dijera? Solo estaba ayudando.

—Es nuestra boda. ¿Por qué tiene que ayudarnos ella?

Frunció el ceño.

—Trabajas hasta tarde todos los días. Pensé que no tenías tiempo.

—¿Me preguntaste?

—Está bien. A partir de ahora te encargas tú de todo. ¿Contenta?

La impaciencia ya se notaba en su voz.

Siempre hacía lo mismo y nunca resolvíamos nada.

Su madre envió una foto de Rebeca en su cocina, con un delantal puesto y un plato entre las manos. Sonreía con dulzura.

El mensaje decía: "El guiso de cerdo que preparó Rebeca sabe igual que el mío".

Rebeca se desenvolvía en aquella cocina con más naturalidad que yo. Sabía dónde estaban los platos y los condimentos, y qué le gustaba comer a la madre de Lucas.

Poco después llegó un segundo mensaje de su madre.

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