เข้าสู่ระบบPOV de Elena
Salí tambaleándome del coche, con las piernas temblando como hojas en medio de una tormenta. El bolso que apretaba contra mi pecho se sentía como el único escudo que me quedaba en aquel mundo que se desmoronaba. Mis tacones repiquetearon de forma irregular sobre la entrada mientras corría hacia la casa, forcejeando con las llaves entre mis manos temblorosas. La cerradura hizo clic y cerré la puerta de golpe detrás de mí, haciendo que el estruendo resonara por los pasillos vacíos. Me apoyé contra la fría madera, jadeando, con el corazón golpeando tan violentamente que pensé que podría romperme las costillas. «Gracias a Dios, Julian no me siguió a casa». Ese pensamiento trajo una fugaz oleada de alivio, pero se disolvió casi de inmediato bajo la amarga marea que me subía por la garganta. Me deslicé por la puerta hasta quedar hecha un ovillo en el suelo, con lágrimas ardientes deslizándose por mis mejillas. ¿Cómo había podido salir todo tan terriblemente mal? Una noche imprudente, un momento de debilidad, y ahora toda mi vida pendía al borde de la ruina. —¿Por qué? —susurré a la casa silenciosa, con la voz quebrada—. ¿Por qué dejé que sucediera? Mi teléfono vibró dentro del bolso, y la vibración atravesó mis sollozos como un cuchillo. Lo saqué, con el miedo retorciéndome el estómago. El mismo número desconocido. Kai. La notificación brillaba de forma burlona en la pantalla. Mi pulgar quedó suspendido sobre el mensaje, temblando. Si no lo abría, ¿qué haría? ¿Se enfrentaría a Julian? El pensamiento hizo que una nueva oleada de pánico recorriera mi cuerpo. Julian ya sospechaba demasiado. No podía arriesgarme a provocar una explosión. Respiré hondo y con dificultad antes de tocar la pantalla. El mensaje era sencillo. Tres palabras que me helaron la sangre: «Nos vemos mañana». Un sollozo ahogado escapó de mi garganta mientras dejaba caer el teléfono. Me hice un ovillo sobre el suelo frío, llorando amargamente, con el cuerpo sacudido por el dolor y el miedo. Las lágrimas no dejaban de caer. Cada respiración dolía. El peso de mis secretos se cernía sobre mí hasta el punto de que apenas podía moverme. Después de lo que pareció una hora, una ola de calor sofocante me envolvió. Tenía la piel pegajosa y la ropa me resultaba demasiado ajustada. Necesitaba lavar aquella pesadilla. Quizá el agua calmaría la tormenta que rugía dentro de mí. Me obligué a levantarme, con las piernas inestables, y me dirigí al dormitorio. Poco a poco, me quité la ropa, dejando las prendas amontonadas en el suelo. La luz del baño me pareció demasiado brillante cuando me metí en la bañera y abrí el grifo hasta que el agua tibia comenzó a caer a mi alrededor. Me hundí en el calor reconfortante, dejando que envolviera mi cuerpo dolorido. El vapor se elevaba a mi alrededor como un velo reconfortante. Por un momento, mi mente se quedó en silencio. Pero el agotamiento tiraba de mí, pesado e implacable. Mis párpados se volvieron increíblemente pesados. Intenté luchar contra ello, pero la inconsciencia terminó apoderándose de mí. Cuando desperté, ya no estaba en la bañera. Unas sábanas suaves acunaban mi cuerpo y el aroma familiar de nuestro dormitorio me rodeaba. Abrí los ojos lentamente, desorientada. Julian estaba sentado a mi lado, en el borde de la cama, observándome con aquella extraña e inquietante sonrisa. Sus ojos brillaban con algo que no lograba descifrar del todo: satisfacción mezclada con algo peligroso. —Julian... —murmuré, con la voz ronca de tanto llorar. —Mi querida —dijo suavemente, extendiendo la mano para apartarme un mechón húmedo del rostro—. No debiste mentirme sobre el señor Alexander Thorne. De hecho, acabas de ayudarnos a conseguir el acuerdo que llevamos meses intentando cerrar con su empresa. Lo miré fijamente, confundida. Aquello no era lo que había sucedido. Ni siquiera se acercaba. El mensaje de Kai, la tensión de la fiesta, el miedo... todo daba vueltas caóticamente en mi cabeza. Pero mantuve la boca cerrada, apretando los labios hasta formar una línea fina. Él soltó una risita, como si pudiera leer mi silencio. —No pongas esa cara de sorpresa, Elena. Tu pequeña conversación funcionó de maravilla. Su gente se puso en contacto con nosotros justo después. Estamos dentro. —Yo... no entiendo —susurré finalmente, incorporándome un poco. La sábana resbaló por mis hombros, recordándome que seguía desnuda debajo de ella. —Julian, ¿de qué estás hablando? Yo no... —Shh. Colocó suavemente un dedo sobre mis labios. —No hace falta que expliques nada. Solo debes saber que lo has hecho bien. Descansa un poco. Vas a verlo por la mañana. Mi corazón dio un vuelco. —¿Qué? La palabra escapó de mis labios con más fuerza de la que pretendía. La protesta ardía en mi lengua, pero Julian simplemente sonrió aún más. Aquella inquietante felicidad nunca abandonó su rostro. Se inclinó y depositó un ligero beso sobre mi frente, dejando sus labios allí un segundo más de lo necesario. —Duerme, mi amor —murmuró contra mi piel—. Mañana será importante. Se levantó de la cama con una gracia fluida y sacó un cigarrillo del bolsillo. El clic del encendedor llenó la habitación silenciosa mientras lo encendía, y el resplandor naranja iluminó sus facciones bajo la tenue luz de la lámpara. Sin decir una palabra más, salió del dormitorio, dejando tras de sí un rastro de humo. Me quedé sentada, aturdida, mirando la puerta cerrada. El silencio parecía cerrarse sobre mí. Apreté las sábanas contra mi cuerpo, mientras mi mente corría a toda velocidad. Un matrimonio abierto. Qué idea tan absurda había sido. Julian había insistido una y otra vez hasta que acepté, pensando que quizá de alguna manera podría salvar nuestro matrimonio. Pero ¿y ahora? Si alguna vez descubría la verdad —que llevaba en mi vientre al hijo de Kai, el hijo del hombre más peligroso de la ciudad—, mi vida se acabaría. Sería destruida por completo. Las lágrimas volvieron a picarme en los ojos. Alargué la mano hacia mi teléfono sobre la mesita de noche. La pantalla se iluminó. 4:47 a. m. El amanecer se acercaba, pero dormir parecía imposible. Volví a mirar el mensaje de Kai, recorriendo las palabras con el pulgar. «Nos vemos mañana». Susurré hacia la habitación vacía: —¿Qué se supone que debo hacer? El miedo me desgarraba por dentro, pero debajo de él comenzó a formarse una determinación. Quizá simplemente debería ir. Encontrarme con Kai cara a cara y acabar con aquella pesadilla de una vez por todas. Solo había sido una aventura de una noche. Nada más. Un error alimentado por demasiadas emociones enterradas durante demasiado tiempo. Podía decírselo. Hacerle entender que, fuera lo que fuese lo que él creyera que había ocurrido entre nosotros, tenía que terminar. Salí de la cama, me envolví en una bata de seda y comencé a caminar de un lado a otro por el dormitorio. El aire fresco hizo que se me erizara la piel. Los recuerdos de aquella noche con Kai aparecieron en mi mente sin que los invitara: su mirada intensa, la seguridad de sus manos, aquella manera dominante de tocarme. Sacudí la cabeza con fuerza. —No —dije en voz alta, con la voz temblorosa pero decidida—. Esto termina hoy. Una conversación, me repetí. Acabar con el drama. Solo había sido una noche.Punto de vista de ElenaMe desperté con la suave luz de la mañana que se filtraba a través de las cortinas de mi pequeño apartamento. Aquella claridad delicada le daba a aquel modesto lugar una atmósfera casi mágica.Eliana todavía dormía plácidamente en su cunita, acurrucada bajo su manta. Su diminuto pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.Sonreí mientras la observaba durante unos instantes antes de levantarme para poner un poco de orden en la casa.El suelo de madera crujía suavemente bajo mis pies descalzos mientras ordenaba la sala de estar, doblaba las mantas y acomodaba los cojines.Era una rutina muy sencilla.Pero me ayudaba a mantener los pies en la tierra en aquella nueva vida que estaba construyendo, lejos del caos de los hombres poderosos y sus peligrosos juegos.Como esperaba, alguien llamó a la puerta.—¡Holaaaa! ¡Soy yo!Aquella voz alegre se había vuelto muy familiar para mí.Suspiré suavemente antes de responder:—¡Ya voy!Cuando abrí la puerta, la señora He
Punto de vista de ElenaMe desperté en mitad de la noche con el corazón latiéndome tan fuerte que parecía querer salirse del pecho. La pesadilla que acababa de tener había sido aterradora: un montón de rostros pertenecientes a los habitantes del pueblo me perseguían por calles oscuras. Sus voces estaban cargadas de ira y reproches. Querían hacerme pedazos, extendiendo las manos hacia mí como si fueran garras. Corría hasta que me ardían las piernas, escondiéndome en rincones sombríos que parecían cerrarse a mi alrededor.Cuando me desperté sobresaltada, tenía la piel pegajosa por el sudor y, de repente, la habitación me pareció demasiado pequeña, demasiado silenciosa.Lo primero que hice fue comprobar que Eliana estuviera bien.Dormía profundamente en su cunita, con su pequeño pecho subiendo y bajando suavemente al ritmo de su respiración.Aquello fue mi primer alivio.Solté un suspiro tembloroso mientras le acariciaba delicadamente el sedoso cabello.Estaba a salvo.Estábamos a salvo.
Punto de vista de ElenaAcababa de terminar mi segundo día de trabajo. Sí, mi segundo empleo. Todo había salido muy bien. Estaba intentando descifrar un documento especialmente complicado, pero, gracias a Dios, al final conseguí entenderlo. Después de todo, soy una luchadora.Apenas había terminado y dado por concluida mi jornada laboral cuando mi bebé, Eliana, empezó a llorar en su cunita. Me apresuré a ir hacia ella, agradecida de haber terminado ya mi turno.En cuanto me acerqué, se calmó de inmediato. Claro… mamá estaba allí.La tomé en brazos y le susurré:—Tranquila, mi tesoro. Todo está bien. ¿Quieres tomar tu leche? ¿Tienes hambre?Efectivamente, tenía hambre. En cuanto le ofrecí el pecho, se aferró a él con ansias y comenzó a mamar con tanto gusto que me hizo sonreír. Me sentía inmensamente feliz.Contemplaba a mi bebé y lo único que veía era el futuro. Un futuro mejor. Una vida que yo nunca había podido darme a mí misma, pero que esperaba de todo corazón que ella pudiera ten
Punto de vista de ElenaAcababa de terminar mi segundo día de trabajo. Sí, mi segundo empleo. Todo había salido muy bien. Trabajaba discretamente, tecleando en mi ordenador para completar mis tareas como asistente virtual mientras Eliana dormía plácidamente la siesta en su cuna. El trabajo era constante, el sueldo seguro y, además, me hacía sentir verdaderamente útil en aquel pequeño pueblo tranquilo.Después de desconectarme, decidí salir a dar un pequeño paseo con mi bebé al final de la tarde. El sol descendía lentamente hacia el horizonte, tiñendo las calles de tonos anaranjados y rosados. Sin embargo, antes de que siquiera llegara a la puerta, la señora Hedger ya había aparecido. Parecía rebosar de entusiasmo, con los ojos brillantes como los de un niño en la mañana de Navidad. Me moría de curiosidad por saber qué podía tenerla tan contenta.—¡Ay, cariño! —dijo mientras levantaba dos entradas—. Acabo de conseguir entradas para una función.—¡Ah, qué buena noticia! —respondí con un
Punto de vista de ElenaTenía una vecina muy divertida, una mujer de unos setenta años cuya amabilidad se había convertido en una presencia constante en mi nueva vida. La señora Hedger siempre venía a visitarnos con una tarta para mi bebé y para mí. Se había convertido en mi segundo refugio en aquel pequeño pueblo tranquilo, una prueba de que no todas las relaciones tenían por qué estar acompañadas de condiciones o secretos.Cuando llamaron a la puerta, supe de inmediato que era ella.Era por la mañana. Acababa de despertarme, mientras la suave luz del sol se filtraba a través de las cortinas de nuestro pequeño apartamento. Eliana todavía dormía plácidamente en su cuna, con su pequeño pecho subiendo y bajando a un ritmo regular.Me dirigí a la puerta mientras me ataba el cinturón de la bata alrededor de la cintura.Cuando abrí, la señora Hedger estaba allí, luciendo su eterna sonrisa cálida. Sostenía un ramo de flores silvestres recién recogidas en una mano y una tarta todavía calient
Punto de vista de ElenaEstaba sentada a la pequeña mesa de madera de mi modesto apartamento. La luz de la tarde se filtraba a través de las finas cortinas, bañando la habitación con un suave resplandor dorado. Muy cerca de mí, Eliana dormía plácidamente en su cuna, con su pequeño pecho subiendo y bajando a un ritmo regular.Aquella tranquilidad era una auténtica bendición después del torbellino de los últimos meses.Abrí mi ordenador portátil. La pantalla se iluminó con una notificación que hizo que el corazón me diera un vuelco. Procedía de una empresa a la que había enviado mi solicitud unos meses atrás para un puesto remoto de estratega de contenidos, con un horario flexible.Hice clic inmediatamente y leí atentamente todos los detalles.La oferta era incluso mejor de lo que había imaginado.El sueldo era bastante bueno, suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas y, al mismo tiempo, ahorrar un poco de dinero para imprevistos.Las condiciones eran sencillas: nada de superv







