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CAPÍTULO 41

作者: Ría Luxuria
last update 公開日: 2022-03-15 12:00:38

―Buenas tardes, ¿en que lo puedo ayudar? ―dijo Leo al ver al hombre frente a él. Este no parecía notarlo, sus ojos se habían quedado fijos en Ángela, que estaba sentada a su lado en un taburete alto.

Los celos lo invadieron de inmediato, era un caballero atractivo y elegante, se notaba a leguas; pero lo que detonó todo fue notar la sonrisa en los labios de la morena, que le devolvía el gesto con familiaridad.

―Disculpe ―llamó la atención bajando el tono de su voz y endureciéndolo―, ¿va a ordenar algo, señor? Está retrasando la fila.

No era mentira, detrás de Robin había cuatro personas esperando su turno para ordenar.

―Un americano y una tarta de limón, por favor ―respondió con voz fría, todo rastro de amabilidad se esfumó al mirarlo―. Para comer aquí.

―No era necesario ordenar en la caja, estimado cliente ―comentó Leo, forzando una sonrisa corporativa―. Puede tomar asiento y pronto una de las camareras tomará su orden.

―No es necesario ―intervino Ángela―. Yo me encargo. Yo te llevo lo que pediste, toma asiento, por favor.

―Angie, no. Recuerda lo que te dijo Jade, debes respetar el reposo ―le recordó Leo.

―Es solo una bandeja, puedo llevarla con la otra mano ―alegó ella, haciendo un puchero malhumorado―. Además, debo evitar usar mi mano izquierda, nada más.

―¿Qué te pasó, tuviste un accidente? ―inquirió Robin, mirándola con preocupación. Ella hizo un gesto ambiguo con su cabeza.

―Siéntate, ya te llevo tu orden ―aseguró la morena, sonriendo despreocupada.

En cambio, él notó la expresión desagradada del cajero; era evidente que ese hombre estaba más que interesado en Ángela, eso hizo despertar su espíritu competitivo, ella debía ser una mujer excepcional si tenía tantos interesados en ella.

Por suerte, la mesa que había ocupado la vez anterior estaba disponible, se sentó en la silla que daba hacia la pared, sin percatarse de los ojos que se fijaban en él con verdadero interés, hombres y mujeres lo observaban con descaro, sus cabellos dorados bien peinados, la ropa costosa, el aire varonil y elegante, eran el perfecto imán para atraer la atención de todos.

Miró a Ángela acercándose a él con una bandeja en la mano derecha, maniobraba bastante bien el peso de las cosas que acarreaba, los ojos de Robin se fijaron en las vendas que envolvían su palma izquierda y la ligera inflamación en la base de los dedos.

Se puso de pie de inmediato, tomó la bandeja, dejándola sobre la mesa sin cuidado, con su mano libre aferró la muñeca izquierda de ella, elevándola hasta la altura del pecho; Robin frunció el ceño ante el vendaje.

―¿Qué te sucedió? ―preguntó con irritación―. ¿Un accidente laboral?

―No ―respondió Ángela con una risita nerviosa, desvió los ojos cuando él la miró―. Tuve un accidente en mi casa, rompí una jarra de vidrio y cuando estaba recogiendo las piezas, me corté.

―¿Por qué no me convence tu explicación? ―cuestionó el rubio sin soltar su mano―. ¿Será porque tendrías que ser especialmente torpe para hacerte una herida de semejante magnitud recogiendo trozos de vidrio?

Ella retiró su mano, la sonrisa nerviosa desapareció de su rostro, en cambio, una expresión avergonzada la sustituyó.

―Es que soy muy torpe… ―aceptó Ángela―… especialmente torpe.

Robin soltó una exhalación, sospechaba que la causa de una herida como aquella no era lo que la morena decía, pero tampoco tenía derecho a interrogarla o molestarse por sus evasivas.

Su relación no había llegado a ese punto de intimidad, no aún.

―¿Me acompañas mientras bebo el café? ―solicitó él, cambiando el tono y el gesto.

―Claro, no tengo mucho que hacer, en realidad. ―Recogió la taza y la depositó sobre la mesa, repitió la operación con la tarta. Luego retiró la bandeja y se sentó en la silla frente a la de Robin, abrazando la bandeja contra su cuerpo―. Leopoldo no me deja hacer nada, ni siquiera atender la caja.

―Está bien, tu empleado está haciendo lo correcto, estás herida ―le recordó.

―Él no es mi empleado, es mi socio ―corrigió Ángela con un resoplido de frustración―. Además, es el chef principal del local, debería estar en la cocina y no en la caja. ¡Y más importante! Apretar botones no es nada del otro mundo, puedo hacerlo con una mano…

―Me da la sensación de que no eres de las personas que se dejan cuidar cuando están mal ―analizó Robin, saboreó la tarta con fruición, se había vuelto su postre favorito sin darse cuenta. Cortó una porción con el tenedor y se la tendió a ella con la finalidad de darle un trozo. Ángela lo observó con una ceja levantada―. Anda, come, está excelente y de verdad quiero compartirla contigo.

―No es necesario…

―Por favor, mi brazo se está cansando ―insistió él―. Además, es solo un bocado, no pretendo darte de comer todo el postre. ―Le hizo un guiño divertido.

Ella dejó escapar un suspiro resignado y se inclinó para recibir el postre. Procuró que sus labios no tocaran el tenedor en ningún momento, luego se echó hacía atrás, a medida que saboreaba el ácido de la crema. Robin, por otro lado, estaba deleitado por el gesto; verla relamerse los labios le recordó el beso que nunca se concretó.

―Me gustaría invitarte a una cita ―anunció sin miramientos. Ella abrió los ojos con asombro.

―¿Qué?

―Sí, una cita ―repitió, bebió un sorbo del café y prosiguió―. Debo decir que me siento muy frustrado por lo que pasó el sábado, de hecho, tenía planes muy divertidos para esa noche.

―No me digas… ―se mofó ella.

―Búrlate, pero es la primera vez que alguien me arrebata una mujer de entre los brazos segundos antes de besarla ―le dijo él―. No te imaginas lo frustrado que me siento.

Ángela soltó una risita divertida.

―Yo tampoco esperaba nada de lo que sucedió ―le aseguró con un leve toque de incomodidad―. Supongo que no estaba destinado a ser…

―Yo no creo en el destino, Ángela. Creo en forjar nuestros propios caminos ―contradijo Robin―. Es por eso que estoy aquí, para invitarte a cenar, para que quede en claro cuáles son mis intenciones.

―Robin, si te soy sincera no tengo interés en una relación romántica ―dijo la morena, aunque no sonreía, su rostro no demostraba ni una sola emoción negativa―. En este momento estoy pasando por una etapa complicada y lo último que quiero es complicarme mucho más.

―¿Se debe a David Hansen? ―inquirió el rubio. Ángela lo observó con seriedad.

―¿Investigaste quién era él? ―Él negó.

―El mundo de los negocios en bienes raíces no es tan amplio como podrías imaginarte en un país como este ―contestó Robin―. Lo reconocí de inmediato… Tenemos una relación… complicada ―completó, apropiándose de las palabras de ella.

―¿Qué es lo complicado de ser competencia el uno del otro?

―¿Cómo sabes que somos competencia? ―preguntó él, sorprendido por la sagacidad de la mujer.

―Esta mañana vi las noticias, mencionaron la asignación de un proyecto a la Corporación Warriors y apareció una foto tuya acompañándola ―respondió Ángela―. David es parte de Miller, Co., así que solo hay que sumar dos más dos…

―¿Qué relación tienes con Hansen? ―Robin y ella se miraron directo a los ojos. A pesar de que la pregunta la cogió un poco por sorpresa por lo abrupto que sonó, la morena negó con la cabeza.

―Ninguna, es mi ex ―dijo con seguridad―. Parte de mi pasado, nada más.

―No pareciera que para él seas parte del pasado.

―Ese no es mi problema ―aseguró Ángela―. Para mí, es parte del pasado.

Robin sonrió, de una forma un tanto enigmática y seductora.

―¿Entonces aceptas mi propuesta de ir a cenar? ―le preguntó―. Porque yo quiero ser parte de tu presente…

Ángela soltó una risita, no daba crédito a la forma en que él le estaba pidiendo salir; recordó la discusión con Leo la noche anterior; de hecho, podía sentir el peso de su mirada en la espalda, estaba segura de que su amigo estaba vigilando toda la interacción entre los dos.

Se preguntó qué podía más, ¿la lealtad o el hastío?

Ante el silencio de ella, el rubio prosiguió.

―Voy a ser directo, señorita Ángela Lee. Me gustas. ―Dejó la taza vacía sobre el plato, se reclinó contra el espaldar de la silla y cruzó la pierna sobre la rodilla, en una posición un tanto lánguida, pero cargada de sensualidad. Ella pensó en un puma, parecía un depredador felino que descansaba perezosamente―. No tengo planes trazados, no estoy enamorado de ti, ni tiendo a ser un hombre romántico.

»Tengo mucha m****a encima, demasiado trabajo, y la mayoría de mi atención se centra en eso. No obstante, pocas veces encuentro algo que llame mi atención del modo en que tu persona lo hace, por eso es que quiero conocer más sobre ti y que nos divirtamos…

»Quiero llevarte a cenar, sin presiones, ni ex novios que salten de la nada y te rapten en medio de la cena, ni enamorados que me lancen miradas asesinas solo por el simple hecho de que me sonríes.

»Vivir el presente, sin expectativas, que fluya de modo natural y llegue hasta donde tenga que llegar.

Ángela lo observó con atención, la inflexión en su voz fue interesante, aunque era obvio que estaba presumiendo, su seguridad tenía sustento; el hombre era todo un dios germánico, tal y como le repitió Jade en varias ocasiones, sin embargo, desde la noche anterior no se sentía bien.

Además creía, que si iba a entrar en el mercado de las citas, debía darle una oportunidad a Leo, antes que a cualquier otro.

«Después de todo, pesa más la lealtad, jummm…»

Se puso de pie, colocó la bandeja en la mesa y comenzó a recoger los platos usados. Robin frunció el ceño, pero no la detuvo. Ella levantó la bandeja sin mucho esfuerzo, lo observó con una sonrisa amable y habló:

―Gracias, presidente Martin, pero en este momento no estoy interesada. ―El ceño de Robin se acentuó mucho más, era obvio que no esperaba un rechazo por parte de ella. Ángela apostaba a que nunca lo habían rechazado, mucho menos una mujer―. No se preocupe por la cuenta, la casa invita.

Después de guiñarle un ojo, se dio media vuelta y se marchó.

Tras la sorpresa inicial, Robin soltó una carcajada divertida. Se levantó poco después, se detuvo en la puerta y tras intercambiar miradas juguetonas con la morena, hizo un gesto cortés de despedida; después se retiró hasta su auto.

De camino a su casa solo pudo pensar en una cosa: ahora comprendía por qué David no podía dejarla ir.

Y si era sincero, él tampoco se iba a rendir tan fácilmente.

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