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Capitulo 2

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-09-04 02:07:45

Valeria levantó la vista, la sonrisa aún en sus labios, lista para recibir a su siguiente cliente con la calidez que la caracterizaba. Pero las palabras se le congelaron en la garganta. El hombre que estaba en la entrada era, sencillamente, abrumador.

Alto, de hombros anchos, vestido con un traje gris carbón que parecía desafiar el ambiente relajado y costero del pueblo. Su mandíbula era fuerte, marcada, y sus ojos... sus ojos eran de un azul tan profundo y penetrante que Valeria sintió que la perforaban desde el otro lado de la habitación. El cabello oscuro, peinado hacia atrás con una precisión que hablaba de disciplina, dejaba al descubierto un rostro que bien podría haber salido de la portada de una revista de moda.

No era un cliente habitual. De eso Valeria estaba segura. Su ropa, su postura, la forma en que sostenía la puerta abierta como si esperara que alguien le besara los pies al entrar... todo en él gritaba "poder". Y sin embargo, había algo en sus ojos, en la forma en que su mirada recorrió el local con una mezcla de urgencia y cautela, que no encajaba con la arrogancia que su apariencia sugería.

—Buenas tardes —dijo el hombre, y su voz era profunda, grave, con un acento que Valeria no logró identificar de inmediato, pero que sonaba a islas lejanas y mares exóticos—. ¿Es usted Valeria Fuentes?

El nombre sonó en el aire como una sentencia.

Valeria tragó saliva, su mano aún apoyada sobre el mostrador, los dedos aferrándose a la madera mientras una oleada de inquietud recorría su columna.

—Sí —respondió, forzando una calma que no sentía— Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

El hombre dio un paso adelante, y la campanita sonó de nuevo, como un susurro de advertencia. Sus ojos azules recorrieron el local con lentitud, posándose brevemente en el horno, en las vitrinas llenas de pasteles y panes, y finalmente, en el vientre abultado de Valeria.

Allí se detuvo.

Y durante un instante, algo cambió en su rostro. Una emoción que Valeria no supo descifrar cruzó sus facciones como un relámpago: ¿sorpresa? ¿reconocimiento? ¿alivio?

El hombre volvió a levantar la mirada, y esta vez, cuando habló, su voz era más suave, casi temblorosa.

—Me presento. —Hizo una pausa, como si las palabras pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Soy Sebastián Montenegro. Príncipe de Valdoria.

Las palabras cayeron en el silencio de la panadería como piedras en un estanque. Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Y —continuó él, dando otro paso, acercándose peligrosamente al mostrador— vengo a hablar con usted sobre el niño que lleva dentro.

Pum.

Otra patadita. Fuerte. Inconfundible. Como si el bebé, en el interior de su vientre, hubiera reconocido aquella voz.

Valeria abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió de sus labios. Solo atinó a mirar a aquel hombre —aquel príncipe— y a preguntarse cómo demonios su vida, que había sido tan cuidadosamente reconstruida, acababa de desmoronarse en el lapso de segundos.

—¿Cómo...? —logró articular finalmente, su voz apenas un susurro— ¿Cómo sabe...?

Sebastián Montenegro, príncipe de Valdoria, la miró con una mezcla de determinación y algo que casi parecía vulnerabilidad.

—La clínica —Hizo una pausa, apretando la mandíbula— La clínica de fertilidad. Me llamaron hace tres semanas y media. Me dijeron que hubo un error. Que una de mis muestras que... que debía ser destruido por orden mía, había sido utilizado en usted.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Destruido?

—Pasé las últimas tres semanas investigando —continuó él, y en su voz había un matiz de cansancio, de noches en vela—. Rastreando documentos, contactando a la clínica, cruzando datos hasta dar con su identidad. No fue fácil. Usted no se lo puso nada sencillo.

La acusación implícita en sus palabras hizo que Valeria erguiera la espalda, su instinto de protección activándose como un resorte.

—No sabía que existía —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba— Cuando la clínica me llamó para decirme que hubo un error, yo... yo no pedí saber quién era el padre. Solo quería seguir adelante. No quería problemas.

—Problemas. —Sebastián repitió la palabra como si la saboreara, y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios— Señorita Fuentes, el niño que usted lleva dentro es mi único heredero. El será un eslabón de una dinastía que ha gobernado Valdoria durante siglos. Y aunque ya no ejerzo como regente desde que mi sobrino alcanzó la mayoría de edad, mi linaje, mi sangre, mi legado... todo eso está ahora mismo creciendo dentro de usted.

El silencio se hizo más denso.

Valeria sintió que las piernas le flaqueaban. Se aferró al mostrador con ambas manos, mientras su mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar.

Él era el padre. El padre biológico de su hijo. El desconocido anónimo del que había huido. Y estaba allí, frente a ella, en su panadería, en su refugio, en su nuevo comienzo.

—¿Qué... qué es lo que quiere de mí? —preguntó, su voz apenas un hilo.

Sebastián dio el paso final que lo colocó al otro lado del mostrador, tan cerca que Valeria podía oler su perfume, una mezcla de madera y mar. Sus ojos azules la taladraron con una intensidad que le robó el aliento.

—Quiero que se case conmigo —dijo, y su voz era tan firme como el acero— Quiero que ese niño nazca con mi apellido, con mi sangre, con el derecho que le corresponde por nacimiento.

Valeria negó con la cabeza, atónita.

—Usted está loco. No nos conocemos. No sé nada de usted, de su país, de su...

—No importa —la interrumpió Sebastián, y por primera vez, algo parecido a la desesperación asomó en sus ojos— He perdido demasiado tiempo, señorita Fuentes. Tres semanas y media investigando, viajando, llegando hasta aquí. No voy a permitir que mi hijo crezca sin su padre, sin su herencia, sin su identidad. Y la tradición en Valdoria es clara: un heredero ilegítimo no puede reclamar el trono. Pero si puede ser utilizado para provocar problemas al monarca

—Pero usted ya no es rey —replicó Valeria, con un destello de rebeldía— Dijo que ya no ejerce como regente.

Sebastián sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—No necesito ser rey para saber lo que es el honor, señorita Fuentes. Y mi honor, mi nombre, mi sangre... todo eso está en juego. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era más baja, casi una confidencia— He vivido toda mi vida al servicio de mi familia, de mi país. Renuncié a muchas cosas, por el deber. Pero esto... este hijo, este milagro inesperado... no estoy dispuesto a renunciar a ello. A él. No otra vez.

Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco.

—No puedo —dijo, su voz quebrada— No puedo casarme con un desconocido. No puedo...

—Puede —la interrumpió él, y su mano, grande y firme, se posó sobre la de ella, atrapándola contra el mostrador— Puede, y lo hará. Porque no le estoy pidiendo que me ame, señorita Fuentes. Le estoy pidiendo que le dé a mi hijo lo que por derecho le corresponde. Y a cambio, yo le daré a usted todo lo que necesite. Protección. Seguridad. Tranquilidad. ¿No era eso lo que buscaba cuando se mudó aquí?

Valeria abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

Pum.

Otra patadita. La más fuerte de todas. Y en aquel instante, supo que su vida nunca volvería a ser la misma.

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