MasukValeria levantó la vista, la sonrisa aún en sus labios, lista para recibir a su siguiente cliente con la calidez que la caracterizaba. Pero las palabras se le congelaron en la garganta. El hombre que estaba en la entrada era, sencillamente, abrumador.
Alto, de hombros anchos, vestido con un traje gris carbón que parecía desafiar el ambiente relajado y costero del pueblo. Su mandíbula era fuerte, marcada, y sus ojos... sus ojos eran de un azul tan profundo y penetrante que Valeria sintió que la perforaban desde el otro lado de la habitación. El cabello oscuro, peinado hacia atrás con una precisión que hablaba de disciplina, dejaba al descubierto un rostro que bien podría haber salido de la portada de una revista de moda. No era un cliente habitual. De eso Valeria estaba segura. Su ropa, su postura, la forma en que sostenía la puerta abierta como si esperara que alguien le besara los pies al entrar... todo en él gritaba "poder". Y sin embargo, había algo en sus ojos, en la forma en que su mirada recorrió el local con una mezcla de urgencia y cautela, que no encajaba con la arrogancia que su apariencia sugería. —Buenas tardes —dijo el hombre, y su voz era profunda, grave, con un acento que Valeria no logró identificar de inmediato, pero que sonaba a islas lejanas y mares exóticos—. ¿Es usted Valeria Fuentes? El nombre sonó en el aire como una sentencia. Valeria tragó saliva, su mano aún apoyada sobre el mostrador, los dedos aferrándose a la madera mientras una oleada de inquietud recorría su columna. —Sí —respondió, forzando una calma que no sentía— Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle? El hombre dio un paso adelante, y la campanita sonó de nuevo, como un susurro de advertencia. Sus ojos azules recorrieron el local con lentitud, posándose brevemente en el horno, en las vitrinas llenas de pasteles y panes, y finalmente, en el vientre abultado de Valeria. Allí se detuvo. Y durante un instante, algo cambió en su rostro. Una emoción que Valeria no supo descifrar cruzó sus facciones como un relámpago: ¿sorpresa? ¿reconocimiento? ¿alivio? El hombre volvió a levantar la mirada, y esta vez, cuando habló, su voz era más suave, casi temblorosa. —Me presento. —Hizo una pausa, como si las palabras pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Soy Sebastián Montenegro. Príncipe de Valdoria. Las palabras cayeron en el silencio de la panadería como piedras en un estanque. Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. —Y —continuó él, dando otro paso, acercándose peligrosamente al mostrador— vengo a hablar con usted sobre el niño que lleva dentro. Pum. Otra patadita. Fuerte. Inconfundible. Como si el bebé, en el interior de su vientre, hubiera reconocido aquella voz. Valeria abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió de sus labios. Solo atinó a mirar a aquel hombre —aquel príncipe— y a preguntarse cómo demonios su vida, que había sido tan cuidadosamente reconstruida, acababa de desmoronarse en el lapso de segundos. —¿Cómo...? —logró articular finalmente, su voz apenas un susurro— ¿Cómo sabe...? Sebastián Montenegro, príncipe de Valdoria, la miró con una mezcla de determinación y algo que casi parecía vulnerabilidad. —La clínica —Hizo una pausa, apretando la mandíbula— La clínica de fertilidad. Me llamaron hace tres semanas y media. Me dijeron que hubo un error. Que una de mis muestras que... que debía ser destruido por orden mía, había sido utilizado en usted. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Destruido? —Pasé las últimas tres semanas investigando —continuó él, y en su voz había un matiz de cansancio, de noches en vela—. Rastreando documentos, contactando a la clínica, cruzando datos hasta dar con su identidad. No fue fácil. Usted no se lo puso nada sencillo. La acusación implícita en sus palabras hizo que Valeria erguiera la espalda, su instinto de protección activándose como un resorte. —No sabía que existía —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba— Cuando la clínica me llamó para decirme que hubo un error, yo... yo no pedí saber quién era el padre. Solo quería seguir adelante. No quería problemas. —Problemas. —Sebastián repitió la palabra como si la saboreara, y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios— Señorita Fuentes, el niño que usted lleva dentro es mi único heredero. El será un eslabón de una dinastía que ha gobernado Valdoria durante siglos. Y aunque ya no ejerzo como regente desde que mi sobrino alcanzó la mayoría de edad, mi linaje, mi sangre, mi legado... todo eso está ahora mismo creciendo dentro de usted. El silencio se hizo más denso. Valeria sintió que las piernas le flaqueaban. Se aferró al mostrador con ambas manos, mientras su mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Él era el padre. El padre biológico de su hijo. El desconocido anónimo del que había huido. Y estaba allí, frente a ella, en su panadería, en su refugio, en su nuevo comienzo. —¿Qué... qué es lo que quiere de mí? —preguntó, su voz apenas un hilo. Sebastián dio el paso final que lo colocó al otro lado del mostrador, tan cerca que Valeria podía oler su perfume, una mezcla de madera y mar. Sus ojos azules la taladraron con una intensidad que le robó el aliento. —Quiero que se case conmigo —dijo, y su voz era tan firme como el acero— Quiero que ese niño nazca con mi apellido, con mi sangre, con el derecho que le corresponde por nacimiento. Valeria negó con la cabeza, atónita. —Usted está loco. No nos conocemos. No sé nada de usted, de su país, de su... —No importa —la interrumpió Sebastián, y por primera vez, algo parecido a la desesperación asomó en sus ojos— He perdido demasiado tiempo, señorita Fuentes. Tres semanas y media investigando, viajando, llegando hasta aquí. No voy a permitir que mi hijo crezca sin su padre, sin su herencia, sin su identidad. Y la tradición en Valdoria es clara: un heredero ilegítimo no puede reclamar el trono. Pero si puede ser utilizado para provocar problemas al monarca —Pero usted ya no es rey —replicó Valeria, con un destello de rebeldía— Dijo que ya no ejerce como regente. Sebastián sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —No necesito ser rey para saber lo que es el honor, señorita Fuentes. Y mi honor, mi nombre, mi sangre... todo eso está en juego. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era más baja, casi una confidencia— He vivido toda mi vida al servicio de mi familia, de mi país. Renuncié a muchas cosas, por el deber. Pero esto... este hijo, este milagro inesperado... no estoy dispuesto a renunciar a ello. A él. No otra vez. Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco. —No puedo —dijo, su voz quebrada— No puedo casarme con un desconocido. No puedo... —Puede —la interrumpió él, y su mano, grande y firme, se posó sobre la de ella, atrapándola contra el mostrador— Puede, y lo hará. Porque no le estoy pidiendo que me ame, señorita Fuentes. Le estoy pidiendo que le dé a mi hijo lo que por derecho le corresponde. Y a cambio, yo le daré a usted todo lo que necesite. Protección. Seguridad. Tranquilidad. ¿No era eso lo que buscaba cuando se mudó aquí? Valeria abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Pum. Otra patadita. La más fuerte de todas. Y en aquel instante, supo que su vida nunca volvería a ser la misma.Sebastián cerró los ojos, y la imagen de Valeria amasando pan en su pequeña cocina, con el cabello recogido y las mejillas sonrosadas, apareció en su mente.—Lo haré, madre —prometió—. Lo haré.Y colgó, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era tan incierto.En el palacio de Valdoria, la reina Margarita se levantó antes del amanecer y se dirigió a las cocinas. Recién había terminado de hablar con su hijo, necesitaba hablar con Anita lo mas pronto posible sabía que el tiempo era hora, y ella no pensaba perder ni un segundo.El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire, y el personal ya estaba en plena actividad, preparando el desayuno para la familia real.Anita estaba en el centro de todo, como siempre. Con su delantal blanco impecable, su cabello gris recogido en un moño apretado y sus manos moviéndose con la eficiencia de quien lleva décadas en el oficio, dirigía a los cocineros con una mezcla de autoridad y cariño.—Buenos días, Anita —dijo la re
Valeria lo miró, y en su mente se arremolinaron mil pensamientos.—¿Ir a Valdoria? —repitió— ¿A conocer a tu familia?—Sí. —Sebastián asintió— No tienes que decidir nada ahora, te dije que tendrías una semana y espero poder mantener mi palabra el mayor tiempo posible. No tienes que comprometerte a nada. Solo... ven. Conoce a mi madre. A mis sobrinos. A mi cuñada. Déjales mostrarte que no estás sola.Valeria bajó la mirada hacia su vientre. Hacia su hija. Hacia el futuro que la esperaba.—¿Y si no quiero ir? —preguntó, y su voz temblaba.—Entonces lo entenderé —dijo Sebastián, y su voz era sincera—. No te obligaré a nada. Pero... Me gustaría que vinieras. Me gustaría que conocieras a mi familia. Porque, aunque no lo creas, ya te consideran parte de ella.Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos.—¿Por qué? —preguntó—. Ni siquiera me conocen.—Porque llevas a mi hijo —dijo Sebastián, y su voz se llenó de emoción— Y porque, según mi madre, cualquier mujer que haya soporta
Valeria se despertó antes del amanecer, como cada día desde que había abierto la panadería. El cuerpo le pesaba más de lo habitual —seis meses y medio de embarazo no eran precisamente ligeros—, pero se había acostumbrado a levantarse con el canto de los gallos y el aroma del mar que se colaba por las rendijas de su pequeño apartamento encima del negocio.Se duchó con agua tibia, se puso un vestido de algodón holgado y bajó las escaleras hacia la panadería. El silencio de la madrugada la envolvía como una manta familiar. Encendió las luces, encendió el horno de piedra, y comenzó a preparar la masa madre con movimientos automáticos, casi rituales.Amasar era su meditación. El ritmo constante de sus manos sobre la masa, el olor a levadura y harina, la certeza de que aquello era suyo y de nadie más.Pum.Una patadita. Suave.—Buenos días, pequeña —murmuró Valeria, sonriendo mientras se llevaba una mano al vientre—. ¿Ya estás despierta? Tienes que aprender a dormir un poco más. Las panader
Sebastián los miró a todos, sintiendo el peso de sus miradas.—Quiero casarme con ella —dijo, y su voz era firme— Y quiero que el bebé sea reconocido como mi heredero legítimo.El silencio que siguió fue atronador.—¿Casarte? —repitió León, incrédulo— ¿Con una desconocida? ¿Aunque sea la madre de tu hijo?¿ Tío es un riesgo?—No es una desconocida —respondió Sebastián, y su voz se suavizó— Es la madre de mi hijo. Es una mujer valiente, fuerte, que ha pasado por mucho. No merece que la arrastren a un escándalo.—Pero Sebastián —intervino la reina Margarita, y su voz era preocupada— ¿y los Sánchez Gallardo? ¿Y Francisco? Si se enteran...—Ya lo saben —dijo Sebastián, y su voz se endureció— Francisco vino hoy el de Valeria. La interrogó. La asustó.—¿Qué? —León se puso en pie de un salto—. ¿Francisco? ¿Qué hacía allí?—Lo mismo que haría cualquiera de ellos —respondió Sebastián, y su voz era amarga—. Buscar información. Crear problemas. Y si Francisco ha llegado hasta aquí, otros vendrá
Valeria negó con la cabeza, pero en el fondo de su corazón, sabía que tenía razón. Si no hubiera puesto seguridad, Francisco habría seguido acosándola. Quizás incluso le habría hecho daño. Y ella no podía permitir que eso pasara. No ahora. No cuando su hija dependía de ella.—No me gusta —dijo, y su voz era firme— No me gusta que me vigilen. No me gusta que me controlen. Pero... entiendo por qué lo hizo.Sebastián la miró, y en sus ojos vio un destello de esperanza.—Gracias —dijo— Gracias por entenderme.Valeria asintió, pero luego bajó la mirada hacia su vientre.—Pero quiero que sepa una cosa —dijo, y su voz era suave pero firme—. Si vuelve a hacer algo así sin consultarme, si vuelve a tomar decisiones sobre mi vida sin mi permiso, me iré. No importa lo que pase. No importa a dónde tenga que ir. Me iré.Sebastián la miró, y por un instante, algo parecido al respeto brilló en sus ojos.—Lo entiendo —dijo—. Y lo acepto. No volverá a ocurrir.Valeria asintió, y luego sintió que el can
El silencio que siguió a las palabras de Sebastián fue tan denso que Valeria podía escuchar el latido de su propio corazón.—¿Mañana? —repitió, y su voz era un susurro quebrado— ¿Mañana? ¿Cómo puedo casarme con usted mañana? ¡No le conozco! ¡No sé nada de usted, de su país, de su familia, de...—Lo sé —la interrumpió él, y esta vez su voz no era de acero. Era cansada. Casi derrotada—. Lo sé, Valeria. Y sé que le estoy pidiendo demasiado. Pero no tengo otra opción.Valeria negó con la cabeza, dando un paso atrás. Sus manos se aferraron al borde del mostrador, buscando apoyo mientras sentía que el suelo se movía bajo sus pies.—No puedo —dijo, y las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos—. No puedo hacer esto. No puedo casarme mañana con un desconocido. No puedo dejar mi vida, mi negocio, mi...—Su seguridad —la interrumpió Sebastián, y dio un paso adelante— ¿Qué pasa con su seguridad, Valeria? ¿Qué pasa con la seguridad de su bebé?Ella levantó la vista, y en sus ojos vio algo que n







