Beranda / Romance / Perseguida por Nikolas Ardolf / Capítulo tres: ¿Quién la capturó?

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Capítulo tres: ¿Quién la capturó?

last update Tanggal publikasi: 2026-04-30 21:29:53

Brooklyn retrocedió, aterrorizada. Su rostro palideció visiblemente mientras contemplaba, horrorizada, a su acosador de pie en el umbral de la puerta. Petrificada, perdió la capacidad de hablar. Él la observaba como un halcón, como si estuviera a punto de lanzarse sobre su presa.

—Por favor… no me mates. No te he hecho nada —balbuceó, con la voz quebrada por el terror. Las palabras se le atascaron en la garganta mientras el pánico se apoderaba de su cuerpo.

Los ojos color avellana de él se abrieron ligeramente, pero no se detuvo. Comenzó a avanzar hacia ella, ignorando por completo sus súplicas.

El hombre corpulento, junto con otros individuos —todos vestidos con trajes negros—, permanecía firme en la entrada, aguardando las órdenes de su jefe.

¿Eran todos miembros de los Black Devils MC?

Brooklyn miró desesperada a su alrededor, buscando algo que pudiera usar para defenderse o arrojarle, pero no había nada en aquel apartamento destartalado.

Preso del pánico, corrió hacia su dormitorio con la intención de encerrarse, pero su acosador fue más rápido. La alcanzó en dos largas zancadas, la sujetó del brazo y la atrajo hacia sí con fuerza.

—No… por favor, suéltame —forcejeó, intentando liberarse, aunque él era demasiado fuerte.

—No te resistas, Brooklyn —dijo él con voz grave.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral. El miedo le oprimió el pecho, dejándola sin aliento. La cabeza le dio vueltas y perdió el conocimiento; de no haber sido por el agarre firme de su acosador, habría caído al suelo.

Sintió vagamente que la levantaban y se la llevaban, pero su cuerpo carecía de fuerzas para resistirse. Su peso inerte se desplomó contra un torso cálido y, finalmente, se sumió en la inconsciencia.

Ahora estaba completamente a merced de Jimmy Black.


Brooklyn no supo qué ocurrió después.

Cuando despertó, se encontró en una habitación luminosa y bañada por el sol, cuya luz entraba a raudales por amplias ventanas abiertas. Un aroma afrutado, dulce y refrescante, flotaba en el aire, llegando desde el exterior.

¿Dónde estaba?

Tenía la sensación de haber sido transportada a un mundo completamente distinto, muy alejado de la vida urbana, ruidosa y contaminada que conocía.

¿Había muerto?

¿Estaba en el cielo?

Aquel lugar parecía un paraíso.

Frotándose los ojos, recorrió la habitación con la mirada. Estaba decorada con elegancia en tonos blancos y verde oliva, creando un ambiente cálido, sereno y acogedor.

Se incorporó de la cama tamaño queen y se examinó con rapidez. Para su alivio, llevaba puesta la misma ropa de la noche anterior. Intentó recordar lo sucedido tras haber sido secuestrada por Jimmy Black, pero su mente se quedó en blanco, frustrándola aún más.

Aun así, aquel lugar no encajaba con la imagen de un peligroso jefe de un club de motociclistas.

Entonces… ¿dónde estaba?

Se acercó al enorme ventanal y el aliento se le atascó en la garganta. Ante ella se extendían hectáreas y hectáreas de colinas ondulantes, montañas lejanas y un mar infinito de viñedos que se perdían en el horizonte.

Era como si la hubieran trasladado a un paraíso privado, a un mundo sacado de un sueño.

Pero la vida junto a Jimmy Black no podía ser un sueño.

¿La habría vendido?

¿La convertirían en una esclava del viñedo?

Pensamientos oscuros invadieron su mente. No; por muy hermoso que fuera aquel lugar, debía escapar antes de que Jimmy Black regresara.

Pero ¿cómo huir sin saber dónde se encontraba?

Corrió hacia la puerta de la habitación. Estaba cerrada con llave desde el exterior. El pánico la sacudió y volvió hacia la ventana.

¿Podría bajar y correr?

Se asomó con cautela. La altura no era excesiva; solo un primer piso.

Podía hacerlo.

La esperanza renació en su interior. Regresó a la cama y comenzó a atar las sábanas con rapidez y firmeza. Sus dedos ágiles trabajaron sin descanso hasta que, finalmente, terminó.

Ató un extremo a una de las patas de la cama y dejó caer el resto por la ventana. Para su alivio, las sábanas casi tocaban el suelo.

Se subió al marco de la ventana y miró hacia abajo. El miedo la atenazó.

No.

No debía mirar.

Tenía que ser valiente. Primero encontraría a su hermano y luego huiría lejos, a cualquier país distante, fuera del alcance de Jimmy Black.

Rezando en silencio, se aferró a la sábana y comenzó a descender con cautela. Un mareo la asaltó. Nunca en sus diecinueve años había hecho algo así.

El sudor perló su frente cuando sintió que la tela comenzaba a deslizarse entre sus dedos. El nudo… se estaba aflojando.

¿Era este el final?

El terror la paralizó mientras rezaba desesperadamente por sobrevivir. Pero, como si la mala suerte se negara a abandonarla, el nudo cedió.

Brooklyn sintió que caía.

—¡Ah! —gritó, preparándose para estrellarse contra el suelo.

Sin embargo, en lugar de la dureza de la tierra, su cuerpo chocó contra algo cálido.

Confundida, abrió los ojos.

Se encontró atrapada en la profundidad de unos hermosos ojos color avellana… que la miraban con furia.

Un jadeo escapó de sus labios.

¿Hasta dónde podía empeorar su situación?

Había ido a caer, precisamente, en los brazos de su acosador.

—¿Adónde te dirigías exactamente? —gruñó él, con una ira contenida que le heló la sangre.

—Suéltame. ¿Por qué me has capturado contra mi voluntad? No quiero quedarme aquí, contigo —forcejeó ella entre sus brazos.

Él gruñó de rabia y avanzó a grandes zancadas hacia el interior de la casa, llevándola consigo mientras ella se debatía inútilmente. Al sentir los músculos tensos bajo la suave tela de su camiseta, Brooklyn comprendió la magnitud de su fuerza. Era inútil resistirse; no era rival para su poderoso agarre.

—¡Bruce! —rugió él como un loco.

El grito la hizo temblar de miedo. ¿La castigaría ahora? El pánico la invadió y sintió el ardor de las lágrimas acumulándose en sus ojos. No era una cobarde, pero, de algún modo, se sentía completamente indefensa ante aquel hombre despiadado.

—¡Bruce, Mark! —volvió a gritar, esta vez con tal furia que su voz resonó por toda la casa.

El hombre corpulento apareció de inmediato, acompañado por otro más alto. Ambos acudieron apresuradamente, con la boca llena de comida, masticando a toda prisa, visiblemente alarmados.

—Sí, señor… disculpe. Estábamos desayunando —dijo el hombre corpulento.

—Les ordené que la vigilaran las veinticuatro horas del día. ¿Cómo se ha escapado? —siseó su jefe entre dientes.

Acto seguido, la arrojó sin miramientos dentro de la habitación, como si fuera un saco de patatas. Brooklyn se tambaleó por el impacto y corrió hasta el fondo del cuarto, donde se acurrucó, aterrada, esperando su castigo. Las lágrimas brotaron sin control mientras se sentía indefensa, hambrienta y completamente perdida.

¿Qué le haría aquel bruto?

Los hombres tragaron saliva, nerviosos.

—Lo sentimos, no volverá a ocurrir. Parecía tan inocente y dormía tan profundamente que pensamos que… —empezó a decir el hombre alto, pero enmudeció al instante cuando su jefe gruñó con furia.

—Basta, Mark. Una palabra más y ya sabes lo que haré contigo —ladró él.

El hombre alto palideció visiblemente.

—Monta guardia fuera de su puerta —ordenó con voz dura.

Luego se volvió hacia el hombre corpulento.

—Bruce, tú vigilarás la puerta principal. Coloca a Sam justo debajo de su ventana. Enviaré a más hombres. No debe escapar. ¿Queda claro?

—Sí, señor —respondieron ambos al unísono.

Tras despedirlos, él volvió a entrar en la habitación. Se dirigió a la ventana, la cerró y sacó una llave del bolsillo para asegurar el cerrojo. Brooklyn lo observaba con el aliento atrapado en la garganta; sus ojos, grandes y aterrados, seguían cada uno de sus movimientos.

Había en él una especie de gracia animal. Era extraordinariamente apuesto, como si hubiera salido directamente de una revista de moda o de una película taquillera. Sin embargo, Brooklyn sabía que aquella belleza ocultaba algo mucho más oscuro.

Era un criminal.

Y, por alguna razón, la odiaba.

Estaba tan absorta analizándolo que soltó un jadeo cuando él se giró de repente. Sus ojos color avellana se clavaron en los azules y asustados de ella, como si intentara leerle el alma.

—Es inútil intentar escapar de aquí. La próxima vez no tendrás tanta suerte. Te castigaré —dijo, con un tono distinto al que había usado con sus hombres; más bajo, más personal.

—¿Por qué me ha capturado? —preguntó ella, vencida por la curiosidad.

—Tengo mis razones —respondió él con brusquedad.

—Esto es un delito, señor Black. No puede tenerme prisionera aquí —dijo ella con valentía.

Esperaba un castigo inmediato por su audacia, pero, para su sorpresa, él pareció desconcertado. Sus labios se curvaron ligeramente, como si acabara de escuchar una broma.

¿Acaso era bipolar? Había oído que los miembros de clubes de motociclistas solían ser… extraños.

—No soy Jimmy Black. ¿Acaso no sabes quién soy? —preguntó con una expresión de incredulidad.

Los ojos de Brooklyn se abrieron de par en par. Sus palabras la dejaron atónita.

Si no era Jimmy Black… ¿entonces quién?

Negó lentamente con la cabeza. No lo sabía. No sabía quién era él ni por qué la perseguía. Su mente quedó completamente en blanco.

Si no era Jimmy Black, ¿cómo conocía su nombre?

¿Y cuántas personas estaban tras ella?

—Soy Nikolas Ardolf, propietario y único heredero de la Bodega Ardolf a nivel mundial —añadió con una sonrisa burlona—. Seguramente habrás oído hablar de mí.

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