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5: Mía

Author: D. Meiler
last update publish date: 2026-09-07 10:26:40

Esconderse no servía de nada. Él no parecía dispuesto a irse, y quedarse encerrada mirando por la ventana como una niña asustada tampoco iba a solucionar nada. Siena respiró hondo, abrió la puerta de su casa y caminó hacia el auto negro.

La puerta trasera se abrió sola cuando llegó junto a él.

Roman estaba sentado dentro, con una pierna cruzada sobre la otra y la misma calma insultante de la noche anterior.

—Sube —dijo, sin mirarla del todo.

Siena subió. No porque él se lo ordenara, se dijo a sí misma, sino porque ya sentía suficientes ojos de vecinos pegados a las cortinas de sus casas. Cerró la puerta y se sentó lo más lejos posible de él.

—¿Qué quiere? —preguntó, con la mirada seria y fiera.

Él la observó un momento, casi divertido.

—¿A dónde se fue la mujer que tenía vergüenza de levantar la cara?

—Sentía vergüenza de tener que acostarme con alguien por dinero —respondió ella, sin apartar los ojos de los suyos—. Ahora no tengo tiempo ni ganas de sentir vergüenza.

Roman sonrió con un gesto que no llegó a ser amable y levantó, entre dos dedos, las bragas negras.

—Olvidaste esto.

Siena extendió la mano para arrebatársela. Él la echó hacia atrás, fuera de su alcance.

—No tan rápido.

Ella lo fulminó con la mirada.

—¿Cómo sabe siquiera dónde vivo?

—Fue lo más sencillo de todo esta semana. No debería sorprenderte. —Se encogió de hombros, como si hablara del clima—. Quería saber quién era la prostituta con la que pasé la noche.

—Bien. Ahora lo sabe. Váyase.

—Quiero hacerte una propuesta.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó ella de pronto.

—Roman Valmont.

—Señor Valmont. —Pronunció el apellido como si fuera una ofensa—. No tengo ningún interés en nada que pueda proponerme.

—Sí lo tienes. —Se inclinó un poco hacia adelante—. Esa noche buscabas dinero con desesperación. Y puedo darte mucho más del que imaginas.

—No voy a prostituirme de nuevo.

—Claro que lo harás. —Lo dijo sin drama, como quien enuncia un hecho—. La misma situación que te llevó a la desesperación esa noche va a volver a pasar. El dinero se acaba tarde o temprano. Y entonces, ¿qué harás? ¿Volver a la calle?

Ella se quedó en silencio. Odió que él tuviera razón, y odió más que se le notara en la cara.

Roman levantó las bragas como un trofeo, girándolas entre los dedos.

—Piénsalo.

—¿Por qué vino a mí? —preguntó ella, con la voz más baja—. Se supone que no se acuesta con prostitutas.

—Te estrené como prostituta —dijo él, sin ninguna vergüenza en la voz—. Y si te conviertes en mía, exclusivamente, entonces no serías cualquier puta. Serías mi puta.

Las palabras le encogieron el estómago a Siena. Sintió una vergüenza distinta, más sucia, más honda que la de la noche anterior. De golpe, todas las marcas de su cuerpo empezaron a doler de nuevo, como si él las hubiera reabierto solo con esa frase.

—Todavía soy un mapa de heridas de anoche —dijo, apretando los puños—. No pienso pasar por eso otra vez.

—¿Por qué no? —Roman ladeó la cabeza—. ¿Cuántas veces en tu aburrida vida tuviste más orgasmos que anoche?

Ella se mordió el labio inferior, avergonzada. Odiaba estar en esa situación. Odiaba que el chofer, adelante, escuchara cada palabra sin inmutarse, como si fuera una conversación cualquiera. ¿A ese hombre no le daba vergüenza nada?

—Me niego —dijo—. Búsquese a otra. Bien que puede.

—Tienes razón. —Roman sonrió—. Puedo. Pero no quiero.

Y entonces, sin apartar la mirada de ella, se llevó las bragas a la nariz.

Las olió.

Profundo.

Siena sintió que podía morir de vergüenza ahí mismo. Estaba segura de que su cara se había puesto tres tonos más roja. ¿Qué le pasaba a ese demente?

—Eres especialmente deliciosa —dijo él, mirándola con una intensidad que le secó la garganta—. Me gusta cómo hueles. Incluso cómo sabes.

Se relamió los labios al decirlo, y Siena sintió un cosquilleo traidor en la entrepierna que la obligó a apretar las rodillas con fuerza.

—Por eso te quiero a ti —continuó él—. Y no soy un hombre que acepte un no como respuesta.

Ella pensó, por un instante, en la orden de matar que le había escuchado dar esa misma noche. Sabía que no era un hombre al que convenía provocar. Pero el miedo no iba a obligarla a hacer algo que no quería. Ya no.

Se inclinó hacia adelante, sin bajar la mirada.

—Me da igual la clase de persona que sea —dijo ella—. En mi piel está la prueba de que es una bestia, así que ya no le tengo miedo. Me niego a volver a acostarme con usted ni por todo el dinero del mundo. Lárguese y déjeme en paz. Y si tanto le gustan mis bragas, quédeselas y úselas para masturbarse, degenerado.

No le dio tiempo de responder. Abrió la puerta, bajó del auto, la cerró de un tirón, y entró a su casa sin mirar atrás.

---

Roman se quedó sin palabras.

Procesó el rechazo dos veces, como si repetírselo en su cabeza fuera a cambiar lo que acababa de pasar. No era solo la primera vez que una mujer lo rechazaba. Era, en general, la primera vez que alguien le hablaba así en toda su vida adulta.

Esa mujer estaba demente.

Se pasó una mano por el cabello, frustrado y excitado en partes iguales, sin entender del todo por qué la segunda cosa. Joder. ¿Por qué lo excitaba eso?

Pero ahora, más que antes de subir a ese auto, quería tenerla en sus manos. Sí o sí.

—¿Jefe? —preguntó el chofer, mirándolo por el retrovisor—. ¿Qué hacemos?

Roman se guardó la prenda en el bolsillo del abrigo, con una sonrisa que no tenía nada de dulce.

—Hagamos que el ratón vaya directo a la trampa —dijo, con un tono malicioso que no dejaba dudas sobre lo literal que hablaba —. Destruyan todo lo que tenga. Hasta que se quede sin más opciones que caer en mis manos.

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
Jesica Gauna
que tipo malo
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