ANMELDENEsconderse no servía de nada. Él no parecía dispuesto a irse, y quedarse encerrada mirando por la ventana como una niña asustada tampoco iba a solucionar nada. Siena respiró hondo, abrió la puerta de su casa y caminó hacia el auto negro.
La puerta trasera se abrió sola cuando llegó junto a él. Roman estaba sentado dentro, con una pierna cruzada sobre la otra y la misma calma insultante de la noche anterior. —Sube —dijo, sin mirarla del todo. Siena subió. No porque él se lo ordenara, se dijo a sí misma, sino porque ya sentía suficientes ojos de vecinos pegados a las cortinas de sus casas. Cerró la puerta y se sentó lo más lejos posible de él. —¿Qué quiere? —preguntó, con la mirada seria y fiera. Él la observó un momento, casi divertido. —¿A dónde se fue la mujer que tenía vergüenza de levantar la cara? —Sentía vergüenza de tener que acostarme con alguien por dinero —respondió ella, sin apartar los ojos de los suyos—. Ahora no tengo tiempo ni ganas de sentir vergüenza. Roman sonrió con un gesto que no llegó a ser amable y levantó, entre dos dedos, las bragas negras. —Olvidaste esto. Siena extendió la mano para arrebatársela. Él la echó hacia atrás, fuera de su alcance. —No tan rápido. Ella lo fulminó con la mirada. —¿Cómo sabe siquiera dónde vivo? —Fue lo más sencillo de todo esta semana. No debería sorprenderte. —Se encogió de hombros, como si hablara del clima—. Quería saber quién era la prostituta con la que pasé la noche. —Bien. Ahora lo sabe. Váyase. —Quiero hacerte una propuesta. —¿Cuál es su nombre? —preguntó ella de pronto. —Roman Valmont. —Señor Valmont. —Pronunció el apellido como si fuera una ofensa—. No tengo ningún interés en nada que pueda proponerme. —Sí lo tienes. —Se inclinó un poco hacia adelante—. Esa noche buscabas dinero con desesperación. Y puedo darte mucho más del que imaginas. —No voy a prostituirme de nuevo. —Claro que lo harás. —Lo dijo sin drama, como quien enuncia un hecho—. La misma situación que te llevó a la desesperación esa noche va a volver a pasar. El dinero se acaba tarde o temprano. Y entonces, ¿qué harás? ¿Volver a la calle? Ella se quedó en silencio. Odió que él tuviera razón, y odió más que se le notara en la cara. Roman levantó las bragas como un trofeo, girándolas entre los dedos. —Piénsalo. —¿Por qué vino a mí? —preguntó ella, con la voz más baja—. Se supone que no se acuesta con prostitutas. —Te estrené como prostituta —dijo él, sin ninguna vergüenza en la voz—. Y si te conviertes en mía, exclusivamente, entonces no serías cualquier puta. Serías mi puta. Las palabras le encogieron el estómago a Siena. Sintió una vergüenza distinta, más sucia, más honda que la de la noche anterior. De golpe, todas las marcas de su cuerpo empezaron a doler de nuevo, como si él las hubiera reabierto solo con esa frase. —Todavía soy un mapa de heridas de anoche —dijo, apretando los puños—. No pienso pasar por eso otra vez. —¿Por qué no? —Roman ladeó la cabeza—. ¿Cuántas veces en tu aburrida vida tuviste más orgasmos que anoche? Ella se mordió el labio inferior, avergonzada. Odiaba estar en esa situación. Odiaba que el chofer, adelante, escuchara cada palabra sin inmutarse, como si fuera una conversación cualquiera. ¿A ese hombre no le daba vergüenza nada? —Me niego —dijo—. Búsquese a otra. Bien que puede. —Tienes razón. —Roman sonrió—. Puedo. Pero no quiero. Y entonces, sin apartar la mirada de ella, se llevó las bragas a la nariz. Las olió. Profundo. Siena sintió que podía morir de vergüenza ahí mismo. Estaba segura de que su cara se había puesto tres tonos más roja. ¿Qué le pasaba a ese demente? —Eres especialmente deliciosa —dijo él, mirándola con una intensidad que le secó la garganta—. Me gusta cómo hueles. Incluso cómo sabes. Se relamió los labios al decirlo, y Siena sintió un cosquilleo traidor en la entrepierna que la obligó a apretar las rodillas con fuerza. —Por eso te quiero a ti —continuó él—. Y no soy un hombre que acepte un no como respuesta. Ella pensó, por un instante, en la orden de matar que le había escuchado dar esa misma noche. Sabía que no era un hombre al que convenía provocar. Pero el miedo no iba a obligarla a hacer algo que no quería. Ya no. Se inclinó hacia adelante, sin bajar la mirada. —Me da igual la clase de persona que sea —dijo ella—. En mi piel está la prueba de que es una bestia, así que ya no le tengo miedo. Me niego a volver a acostarme con usted ni por todo el dinero del mundo. Lárguese y déjeme en paz. Y si tanto le gustan mis bragas, quédeselas y úselas para masturbarse, degenerado. No le dio tiempo de responder. Abrió la puerta, bajó del auto, la cerró de un tirón, y entró a su casa sin mirar atrás. --- Roman se quedó sin palabras. Procesó el rechazo dos veces, como si repetírselo en su cabeza fuera a cambiar lo que acababa de pasar. No era solo la primera vez que una mujer lo rechazaba. Era, en general, la primera vez que alguien le hablaba así en toda su vida adulta. Esa mujer estaba demente. Se pasó una mano por el cabello, frustrado y excitado en partes iguales, sin entender del todo por qué la segunda cosa. Joder. ¿Por qué lo excitaba eso? Pero ahora, más que antes de subir a ese auto, quería tenerla en sus manos. Sí o sí. —¿Jefe? —preguntó el chofer, mirándolo por el retrovisor—. ¿Qué hacemos? Roman se guardó la prenda en el bolsillo del abrigo, con una sonrisa que no tenía nada de dulce. —Hagamos que el ratón vaya directo a la trampa —dijo, con un tono malicioso que no dejaba dudas sobre lo literal que hablaba —. Destruyan todo lo que tenga. Hasta que se quede sin más opciones que caer en mis manos.El resto del día, Siena lo pasó como ausente de sí misma, la mente atrapada en Mathias, en lo que planeaba hacer. Sabía, con una certeza amarga, que no iba a rendirse tan fácil.Al caer la noche, llegó un mensaje de Roman: estaba en el edificio, que bajara a verlo. Dejó a los niños frente a la televisión y bajó rápido.En la recepción, Roman la esperaba con el semblante serio.—Me avisaron aquí en el edificio —dijo, sin preámbulos—. Alguien vino a buscarte. Un tipo conflictivo.Ella suspiró.—Veo que nada se te escapa.—¿Quién era?—Mathias —confesó—. El padre de los niños.Se negó, incluso en su cabeza, a llamarlo esposo otra vez. Solo pensar la palabra le daba asco.El rostro de Roman se endureció.—¿Qué mierda quería ese bastardo?—Dinero. Vio la foto filtrada, sabe que estoy contigo, y quiere dinero.Roman soltó una risa irónica, pasándose una mano por el cabello, como conteniéndose.—Claro. Qué más iba a querer esa rata.—Tengo miedo de que intente algo.—Como se atreva a poner u
Siena se quedó pálida, casi sin poder pensar.—¿Qué hago, señorita? —preguntó el trabajador—. ¿Lo dejo subir?—No —respondió, rápido, casi sin dejarlo terminar la pregunta—. No lo deje subir bajo ninguna circunstancia.El hombre asintió y se retiró. Siena cerró la puerta y le puso el seguro, aunque sabía que un pestillo no la protegería de lo que de verdad importaba. Si Mathias había vuelto, el pasado había vuelto con él, y de eso no había cerradura que sirviera.Dejó los utensilios de limpieza olvidados en algún rincón de la sala y empezó a caminar de un lado a otro, sin poder quedarse quieta. Miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si pudiera atravesarla con la vista.Tocaron de nuevo. Se sobresaltó.¿Sería él?Se asomó: era el mismo trabajador de antes.—El hombre se marchó —dijo, al abrir—. Costó bastante. Tuvimos que decirle que llamaríamos a la policía. Dijo que le dijéramos a la señorita que iba a regresar. Que no podía esconderse para siempre.Un escalofrío le recorri
—Para —susurró Siena, con los ojos muy abiertos—. Nos van a descubrir.Él no paró. Siguió embistiendo con fuerza, arrancándole gemidos bajos que ella apenas lograba contener.—Responde —le susurró él al oído.¿Responder? Apenas podía ocultar los sonidos que se le escapaban. Iba a delatarse sin remedio.La voz de la mujer insistió al otro lado de la cortina. Siena tragó saliva y habló, con la voz temblando pero controlada.—Estoy bien. Me golpeé la rodilla probándome algo.—Está bien —respondió la empleada—. Estaré cerca por si necesita ayuda.—Gracias —logró decir, con un hilo de voz.Roman no esperó. Le cubrió la boca con una mano, y con la otra le sujetó la cadera, siguiendo con embestidas fuertes. Siena ahogó sus gemidos en la palma de su mano. El sonido de sus caderas chocando era inconfundible. Rezó para que la empleada estuviera lo bastante lejos como para no oírlo.Miró hacia abajo y vio los fluidos cayendo al suelo bajo ella. Estaba tan mojada que literalmente goteaba. Jamás
El día siguiente pasó lento y pesado, con Siena alerta a cada sonido, como si en cualquier momento la policía fuera a tocar la puerta. Molesta, ansiosa, incapaz de concentrarse en nada por más de unos minutos.Cuando cayó la tarde, llegó el mensaje de Roman: la esperaba en la recepción del edificio, y una niñera ya subía en el ascensor para quedarse con los niños.Ella, ya vestida con lo más sencillo que tenía —no le quedaba nada que pudiera llamar bonito—, abrió la puerta a una mujer distinta a la de la vez anterior. Le dio instrucciones detalladas sobre el reposo de Leonardo, los horarios, los números de emergencia, y le pidió que llamara ante cualquier mínima cosa.Bajó. Roman la esperaba afuera, vestido de una forma que ella no le conocía: pantalón de tela negra, camisa blanca de mangas cortas, un suéter azul echado sobre los hombros. Se veía más joven, más relajado, y —como siempre— demasiado guapo.La recibió en un auto deportivo que tampoco le conocía. Le abrió la puerta del co
Después de eso, Siena no dijo nada más. Subió al auto en silencio, y se pusieron en marcha.—¿Por qué pasó eso? —preguntó, cuando por fin encontró la voz—. ¿Sabías que algo así iba a suceder?—¿Crees que si lo hubiera sabido te habría llevado y expuesto a eso?Ella bajó la mirada, todavía confundida por todo lo vivido esa noche.—Es que todo se descontroló en un segundo. ¿Quién querría hacerle daño a tanta gente?—Probablemente solo querían hacerle daño a una sola persona —respondió él, con calma—. Todo lo demás se salió de control.Ella asintió, sin más preguntas, y giró la mirada hacia la ventanilla, dejando que la ciudad pasara borrosa al otro lado del cristal.Llegaron al edificio. Roman bajó del auto, pero ella no le dio tiempo a acompañarla.—Adiós —dijo, seca, y le dio la espalda para entrar.Subió sola en el ascensor. Mientras el número de los pisos cambiaba en el panel, pensó en lo rápido que había cambiado todo esa noche. Horas antes, bailaban en la pista, él hablaba de llev
El salón se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos.Los hombres que hasta hacía un momento parecían simples invitados sacaron armas y empezaron a disparar sin distinción, como si la cena de negocios hubiera sido una fachada esperando el momento exacto para romperse. Junto a Siena, una de las jóvenes que acompañaba a un hombre mayor recibió un disparo en el pecho.Siena se cubrió la boca para contener el grito que se le escapó de todas formas.La chica cayó al suelo, y su vestido blanco se tiñó de un rojo grotesco que se extendía cada vez más rápido. Siena la vio morir sin poder apartar la mirada. Incluso muriendo, era hermosa —se desplomó como un cisne, y en su último gesto extendió una mano hacia Siena, como pidiendo ayuda que ya no llegaría a tiempo. Siena estiró la suya en su dirección, pero no alcanzó a tocarla: Roman la agarró de la mano y tiró de ella hacia el lado contrario, esquivando cuerpos que corrían y otros que ya no se movían.Las balas silbaban cerca d







