ANMELDEN
El dolor la despertó antes que la luz.
Siena abrió los ojos y el techo blanco del hotel le devolvió una indiferencia absoluta. Las sábanas estaban revueltas, húmedas de sudor y de algo más que prefería no nombrar. Su cuerpo dolía como si la hubieran arrojado contra una pared. Una y otra vez. Se sentó despacio, con un gemido escapándosele de los labios. Cada movimiento era un recordatorio: moretones en las muñecas, marcas de dientes en el hombro, la piel irritada en lugares que ni siquiera quería mirar. Entre sus piernas había un dolor sordo, persistente, como una llama apagada que se niega a morir. El dinero estaba ahí. Billetes arrugados, metidos a la fuerza en la media de encaje que apenas cubría su muslo. Lo sacó con dedos temblorosos. No lo contó. No podía. Sabía que tocarlo era confirmar lo que había hecho. Una prostituta. La palabra le resonó en la cabeza como una bofetada. Había tenido sexo por dinero. Con un desconocido. Un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía. Un hombre que la había usado como se usa un objeto y la había dejado tirada en esa cama como si fuera basura. Las lágrimas llegaron sin permiso. No lloraba de dolor, aunque el cuerpo le gritaba. Lloraba de vergüenza. De asco. De una desesperación tan profunda que no encontraba fondo. Lo hizo por sus hijos. Se lo repitió una y otra vez, apretando los billetes contra su pecho. Por ellos. Solo por ellos. Cerró los ojos y recordó a aquel hombre. Alto. Extraño. Guapo. La mandíbula marcada, las manos grandes, los ojos fríos. Ni siquiera le dijo su nombre a pesar de lo que pasó entre ellos. Quizás es porque nadie quiere compartir detalles con una prostituta a la que se follan y desechan. Se levantó como pudo. Cada paso hacia el baño era una tortura. Se miró en el espejo y no se reconoció. El lápiz labial rojo estaba corrido, manchándole la barbilla como una herida abierta. El cabello era un nido de espanto. Los ojos, dos pozos oscuros. Se lavó la cara con agua fría. Se vistió con movimientos mecánicos y salió del hotel sin mirar atrás. --- El barrio la recibió con su ruido de siempre: perros ladrando, radios encendidos, vecinas chismeando en las esquinas. Siena caminó con la cabeza baja, apretando el bolso contra el pecho. Llegó a casa de Anabella y tocó la puerta dos veces. Anabella abrió con los niños colgados de sus piernas. La miró de arriba abajo. No dijo nada. Solo se apartó para dejarla pasar. Los gemelos corrieron hacia Siena. Se abrazó a ellos con una fuerza que la sorprendió. Aspiró su olor a hogar, a inocencia, a lo único que importaba. —¿Están bien? —preguntó, sin soltarlos. —Sí, mamá. —Comieron un poco —dijo Anabella, con un tono que no era de reproche, solo de cansancio. Siena asintió. Se puso de pie con los niños en brazos. —Gracias, Ana. Ya nos vamos. Anabella la detuvo con un gesto. —Espera. La llevó aparte, lejos de los oídos pequeños. La miró a los ojos con intensidad. —¿Qué pasó anoche? —Nada. —Siena. —Ana, por favor. —¿Qué pasó? Siena suspiró. Sabía que Anabella no se rendiría. Se cruzó de brazos, instintivamente, cubriéndose el cuerpo. Pero fue inútil. Anabella ya había visto algo. Un morado en la clavícula. Una marca en el cuello que asomaba por el escote. Le apartó un poco el vestido. Y se cubrió la boca con la mano. El cuerpo de Siena estaba cubierto de marcas. Mordiscos profundos en el hombro, chupetones violáceos en el cuello, moretones en las muñecas y en las caderas. La marca de unos dientes que se habían clavado con saña. —Dios mío, Siena... —la voz de Anabella salió rota—. ¿Qué clase de monstruo te hizo esto? Siena cerró los ojos. Y por un segundo, lo vio. A él. Su boca. La forma en que la mordió en el hombro sin piedad, como si quisiera arrancarle un pedazo. El dolor. La sangre. El sonido gutural que salió de su garganta. Abrió los ojos. —La peor clase de bestia —respondió. Anabella negó con la cabeza, con los ojos brillantes de rabia y de culpa. —Te lo advertí. Te dije que no lo hicieras. —Lo sé. —Siena se frotó los ojos, agotada—. Pero no había opciones. Anabella abrió la boca para decir algo más, quizás para insistir, quizás para preguntar cuánto le había pagado, si valió la pena, si pensaba volver a hacerlo. Siena no la dejó. —Mejor lo dejamos ahí. No estoy de ánimos. Su amiga cerró la boca y asintió, aunque la preocupación no se le borró de la cara. --- En el camino a casa, Siena pasó por el mercado. Compró huevos, pan fresco, jugo, fruta, todo lo que hacía meses no podía darse el lujo de comprar junto en una misma bolsa. Los gemelos, todavía adormilados, no entendieron del todo por qué su madre sonreía así mientras cocinaba, pero no hicieron preguntas. Se sentaron a la mesa y comieron como si llevaran años sin ver un plato lleno. Siena los miró comer con una felicidad que le dolía en el pecho casi tanto como el cuerpo. Fue lo único de esa mañana que no le pesó. Mientras ellos terminaban el desayuno, se metió a la ducha. El agua caliente le corrió por la piel llena de marcas, y ella se restregó con más fuerza de la necesaria, como si pudiera lavarse no la piel sino lo que había debajo. Se frotó el hombro donde él había mordido, el cuello donde había dejado su huella, las caderas donde sus dedos se habían clavado. No sirvió de nada. Las lágrimas se mezclaron con el agua. Apoyó la frente contra los azulejos y cerró los ojos. ¿Cómo terminé así? La pregunta flotó en el vapor, y con ella llegaron los recuerdos. --- Doce horas antes, se había mirado al espejo sin reconocerse. El vestido negro le quedaba ceñido a un cuerpo que había cambiado después de un parto y demasiadas noches sin comer lo suficiente. Se pintó los labios con un rojo tan intenso que rozaba lo vulgar. Sus hijos lloraban de hambre en la sala. No había nada en la despensa. Ni una migaja. Ni una moneda. Y Siena tomó una decisión. Se arrodilló frente a ellos, les limpió las lágrimas y les besó la frente. —Mamá lo va a solucionar. Los dejó con Anabella quien le advirtió incansables veces no hacerlo. Caminó cuarenta minutos porque no tenía ni para el bus. El barrio fue quedando atrás. Cuando llegó al centro, entró a otro mundo: autos que costaban más que diez años de su vida, y al fondo, un club custodiado por hombres trajeados que no sonreían a nadie. Siena se quedó en la acera de enfrente, temblando de frío y de miedo. Hasta que vio a un hombre. Salía del club con el teléfono pegado a la oreja. Alto. Guapo. Caminaba con la arrogancia de quien no conoce el miedo. Y su traje de marca gritaba dinero. Siena cruzó la calle. Se acercó con el corazón en la garganta. Él la vio de reojo. Colgó la llamada de mala gana. —¿Qué quieres? —su voz sonó casi tan fría como su mirada. —Me preguntaba si usted... quisiera compañía. Él la recorrió con la mirada, y soltó una risa corta, sin gracia. —Si así piensas conseguir clientes, no sé qué clase de puta eres. La palabra le quemó la piel. Quiso explicarle que no era una prostituta, que nunca antes, que esa era la primera vez, pero él le levantó el rostro con dos dedos bajo la barbilla antes de que pudiera hablar. —Eres bastante hermosa —dijo, casi con fastidio—. Pero no me gusta acostarme con prostitutas. La soltó. Siena se quedó clavada en la acera, humillada. No podía apartar la mirada del suelo. —¿Es tu primera noche en esto? —preguntó él de repente. Ella asintió, sin levantar la vista. —Eso pensé. Él se alejó y siguió caminando. Siena sintió que se le iba el suelo. Que la única oportunidad de esa noche se alejaba con él. —¡Espere! —lo detuvo. —¿Qué? Siena tragó saliva y dio dos pasos hacia él. —Puedo hacer lo que usted quiera. —No sabes lo que estás diciendo. No tienes la capacidad de complacerme. —No tengo mucha experiencia —admitió, con la voz rota—. Pero aprendo rápido. Algo cambió en los ojos de él. Una sombra. Un interés oscuro. —Súbete al auto. Y Siena obedeció.El resto del día, Siena lo pasó como ausente de sí misma, la mente atrapada en Mathias, en lo que planeaba hacer. Sabía, con una certeza amarga, que no iba a rendirse tan fácil.Al caer la noche, llegó un mensaje de Roman: estaba en el edificio, que bajara a verlo. Dejó a los niños frente a la televisión y bajó rápido.En la recepción, Roman la esperaba con el semblante serio.—Me avisaron aquí en el edificio —dijo, sin preámbulos—. Alguien vino a buscarte. Un tipo conflictivo.Ella suspiró.—Veo que nada se te escapa.—¿Quién era?—Mathias —confesó—. El padre de los niños.Se negó, incluso en su cabeza, a llamarlo esposo otra vez. Solo pensar la palabra le daba asco.El rostro de Roman se endureció.—¿Qué mierda quería ese bastardo?—Dinero. Vio la foto filtrada, sabe que estoy contigo, y quiere dinero.Roman soltó una risa irónica, pasándose una mano por el cabello, como conteniéndose.—Claro. Qué más iba a querer esa rata.—Tengo miedo de que intente algo.—Como se atreva a poner u
Siena se quedó pálida, casi sin poder pensar.—¿Qué hago, señorita? —preguntó el trabajador—. ¿Lo dejo subir?—No —respondió, rápido, casi sin dejarlo terminar la pregunta—. No lo deje subir bajo ninguna circunstancia.El hombre asintió y se retiró. Siena cerró la puerta y le puso el seguro, aunque sabía que un pestillo no la protegería de lo que de verdad importaba. Si Mathias había vuelto, el pasado había vuelto con él, y de eso no había cerradura que sirviera.Dejó los utensilios de limpieza olvidados en algún rincón de la sala y empezó a caminar de un lado a otro, sin poder quedarse quieta. Miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si pudiera atravesarla con la vista.Tocaron de nuevo. Se sobresaltó.¿Sería él?Se asomó: era el mismo trabajador de antes.—El hombre se marchó —dijo, al abrir—. Costó bastante. Tuvimos que decirle que llamaríamos a la policía. Dijo que le dijéramos a la señorita que iba a regresar. Que no podía esconderse para siempre.Un escalofrío le recorri
—Para —susurró Siena, con los ojos muy abiertos—. Nos van a descubrir.Él no paró. Siguió embistiendo con fuerza, arrancándole gemidos bajos que ella apenas lograba contener.—Responde —le susurró él al oído.¿Responder? Apenas podía ocultar los sonidos que se le escapaban. Iba a delatarse sin remedio.La voz de la mujer insistió al otro lado de la cortina. Siena tragó saliva y habló, con la voz temblando pero controlada.—Estoy bien. Me golpeé la rodilla probándome algo.—Está bien —respondió la empleada—. Estaré cerca por si necesita ayuda.—Gracias —logró decir, con un hilo de voz.Roman no esperó. Le cubrió la boca con una mano, y con la otra le sujetó la cadera, siguiendo con embestidas fuertes. Siena ahogó sus gemidos en la palma de su mano. El sonido de sus caderas chocando era inconfundible. Rezó para que la empleada estuviera lo bastante lejos como para no oírlo.Miró hacia abajo y vio los fluidos cayendo al suelo bajo ella. Estaba tan mojada que literalmente goteaba. Jamás
El día siguiente pasó lento y pesado, con Siena alerta a cada sonido, como si en cualquier momento la policía fuera a tocar la puerta. Molesta, ansiosa, incapaz de concentrarse en nada por más de unos minutos.Cuando cayó la tarde, llegó el mensaje de Roman: la esperaba en la recepción del edificio, y una niñera ya subía en el ascensor para quedarse con los niños.Ella, ya vestida con lo más sencillo que tenía —no le quedaba nada que pudiera llamar bonito—, abrió la puerta a una mujer distinta a la de la vez anterior. Le dio instrucciones detalladas sobre el reposo de Leonardo, los horarios, los números de emergencia, y le pidió que llamara ante cualquier mínima cosa.Bajó. Roman la esperaba afuera, vestido de una forma que ella no le conocía: pantalón de tela negra, camisa blanca de mangas cortas, un suéter azul echado sobre los hombros. Se veía más joven, más relajado, y —como siempre— demasiado guapo.La recibió en un auto deportivo que tampoco le conocía. Le abrió la puerta del co
Después de eso, Siena no dijo nada más. Subió al auto en silencio, y se pusieron en marcha.—¿Por qué pasó eso? —preguntó, cuando por fin encontró la voz—. ¿Sabías que algo así iba a suceder?—¿Crees que si lo hubiera sabido te habría llevado y expuesto a eso?Ella bajó la mirada, todavía confundida por todo lo vivido esa noche.—Es que todo se descontroló en un segundo. ¿Quién querría hacerle daño a tanta gente?—Probablemente solo querían hacerle daño a una sola persona —respondió él, con calma—. Todo lo demás se salió de control.Ella asintió, sin más preguntas, y giró la mirada hacia la ventanilla, dejando que la ciudad pasara borrosa al otro lado del cristal.Llegaron al edificio. Roman bajó del auto, pero ella no le dio tiempo a acompañarla.—Adiós —dijo, seca, y le dio la espalda para entrar.Subió sola en el ascensor. Mientras el número de los pisos cambiaba en el panel, pensó en lo rápido que había cambiado todo esa noche. Horas antes, bailaban en la pista, él hablaba de llev
El salón se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos.Los hombres que hasta hacía un momento parecían simples invitados sacaron armas y empezaron a disparar sin distinción, como si la cena de negocios hubiera sido una fachada esperando el momento exacto para romperse. Junto a Siena, una de las jóvenes que acompañaba a un hombre mayor recibió un disparo en el pecho.Siena se cubrió la boca para contener el grito que se le escapó de todas formas.La chica cayó al suelo, y su vestido blanco se tiñó de un rojo grotesco que se extendía cada vez más rápido. Siena la vio morir sin poder apartar la mirada. Incluso muriendo, era hermosa —se desplomó como un cisne, y en su último gesto extendió una mano hacia Siena, como pidiendo ayuda que ya no llegaría a tiempo. Siena estiró la suya en su dirección, pero no alcanzó a tocarla: Roman la agarró de la mano y tiró de ella hacia el lado contrario, esquivando cuerpos que corrían y otros que ya no se movían.Las balas silbaban cerca d







