เข้าสู่ระบบLa rabia me quemaba por dentro, latiéndome en las sienes con la fuerza de un martillo, pero me obligué a tragar saliva y mantener la postura. La vi respirar con dificultad, con el pecho agitado y los ojos anegados en un fuego furioso, negándose a ceder ni un milímetro. —Si ya terminaste de hacer tu maldito berrinche, Alinna, siéntate —le ordené con voz áspera, señalando con la barbilla uno de los sillones de cuero frente al escritorio.Ella me sostuvo la mirada con una valentía suicida, tensa como una cuerda de acero, antes de dejarse caer pesadamente en el asiento con las manos aferradas al borde, protegiéndose el bulto del vientre. Di un par de pasos hacia ella, apoyando las manos en el respaldo del sillón para encerrarla en mi espacio, y le solté las verdades sin filtros, con la voz destilando veneno y fría posesión.—Estas son las nuevas reglas, te gusten o no —le siseé a pocos centímetros de su rostro—. Esta es tu casa a partir de ahora, y de aquí no vas a poner un pie fuera, b
POV Alinna Los días comenzaron a fundirse en un bucle gris y espeso donde el tiempo perdió todo significado. Pasó una semana entera. Siete días interminables encerrada en esa habitación de tonos neutros, convertida en un mausoleo del que no me permitían poner un solo pie fuera. La rutina se volvió una tortura mecánica. Cada mañana, sin falta, la puerta se abría y el médico entraba con su bandeja. Me tomaba la presión, auscultaba mi vientre en completo silencio, comprobaba que el bebé siguiera latiendo con fuerza y se marchaba tan pronto como terminaba. Intenté hablarle, gritarle, exigirle respuestas sobre Nikolaj, pero era como hablarle a una pared de piedra. —Dime dónde está —le exigí el cuarto día, con la voz rota por la frustración—. ¿Cuánto tiempo más piensa tenerme aquí ese maldito cobarde? El médico ni siquiera parpadeó. Terminó de guardar el estetoscopio, me dio una pastilla de vitaminas y se limitó a responder con tono robótico: —Sus signos son estables
POV AlinnaEl despertar fue un golpe seco contra la consciencia. Un dolor de cabeza punzante, como si me clavaran agujas detrás de los ojos, me arrancó de golpe de la negrura del sedante. Abrí los ojos con dificultad, sintiendo el cuerpo pesado, entumecido y ardiendo de una rabia sorda. Parpadeé varias veces intentando enfocar la vista en la suave luz que se filtraba por las cortinas. No hacía frío. Al contrario, el ambiente era cálido, envuelto en sábanas de una textura extrañamente fina y suave que me abrigaban el cuerpo. No estaba en una celda fría, ni en un sótano oscuro, ni tenía las muñecas atadas a ningún respaldo. Estaba libre sobre el colchón, pero atrapada de una forma mucho más sutil.Miré a los lados, girando el cuello con lentitud mientras el pánico empezaba a helarme la sangre. La habitación tenía paredes de tonos neutros, muebles de madera elegante y una decoración fina que no reconocía en absoluto. No era mi departamento, ni era ninguna de las opresivas y lúgubre
POV Nikolaj El motor del jet privado atravesó el Atlántico con la misma violencia que me carcomía las entrañas. Aterricé con un solo objetivo, pero decidí no precipitarme. No tras meses de espera. Ordené a mis hombres rodear el edificio discretamente. Desde la penumbra de un auto alquilado, armado con binoculares, me convertí en su sombra durante cuarenta y ocho horas. Estudié cada paso suyo. La vi salir por las mañanas con andar pesado, verificar que ningún hombre cruzara su puerta y comprobar que estaba completamente sola. Pero lo que vi a través de los cristales me destrozó los esquemas. Alinna ya no era la mujer esbelta que huyó; el embarazo la había transformado por completo. Estaba más gordita, con curvas voluptuosas, el cabello más largo en un tono diferente y una panza redonda y preciosa que marcaba mi sangre en su cuerpo. Verla así desató un orgullo oscuro y posesivo. Mi semilla la había cambiado, haciéndome sentir más hombre mientras el deseo y la rabia chocaban en mi
PoV NikolajEl despacho olía a pólvora y alcohol rancio. Estaba al borde del abismo, devorado por una locura furiosa que ya ni mis hombres se atrevían a mirar a los ojos.Cinco meses.Cinco malditos meses desde que se esfumó, llevándose mi sangre en su vientre, ocultándose en algún rincón del mundo. La idea de que mi hijo creciera lejos de mí, parido por la traidora que me apuñaló por la espalda, me quemaba las entrañas como ácido puro. Ya no era poder; era una obsesión enferma que me pudría el alma.Golpeé el escritorio con los nudillos destrozados, haciendo saltar los cristales.—Encuéntrenla —siseé en la penumbra, con la voz rota de rabia y desespero—. Juro que si me la arrebataron, voy a quemar el puto mundo entero hasta dar con ella.La puerta del despacho se abrió de golpe con un estruendo. Petrova entró con el rostro desencajado y una furia helada en los ojos que habría acobardado a cualquiera, menos a mí.—¡Cinco malditos meses llevas destruyendo todo lo que nos costó años con
Pov AlinnaHan pasado cinco meses desde que crucé la frontera, y el pequeño departamento de dos habitaciones en las afueras de la ciudad se había convertido en mi refugio. Gracias al dinero del fideicomiso y a la parte que mi tío Ricardo me había entregado, no había tenido que preocuparme por buscar un trabajo de perfil bajo; podía permitirme vivir con una cómoda tranquilidad mientras mi vientre crecía y se redondeaba con los cinco meses de embarazo que ya cargaba.A veces, sentada junto a la ventana con una taza de té entre las manos, me quedaba mirando los reflejos en el cristal, intentando convencer a mi mente de que estaba a salvo.Sin embargo, la sombra de Nikolaj nunca terminaba de disiparse del todo.El sonido de la puerta al golpear por el viento o el freno brusco de un auto en la calle bastaban para acelerarme el pulso y helarme la sangre. La paranoia era un fantasma silencioso que caminaba conmigo por los pasillos, recordándome que los monstruos de su calaña no olvidan tan f







