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Capitulo. 9

Author: Belladonna
last update publish date: 2026-09-18 21:38:13

Alinna

Tragué saliva y dejé que un rubor encendido me cubriera la cara por completo antes de asentir en silencio.

¿Por qué mierda no hace efecto esa porquería?, pensé con desesperación, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda mientras los segundos pasaban sin que diera muestras de somnolencia.

—Yo... ¿puedo tocarlo?

—Puedes tocarlo —respondió con la voz cada vez más densa, dando un paso hacia mí—. También besarlo, depende de qué tanto quieras excitarme.

—No sé si algo como eso podrí
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    Pov AlinnaEl peso de la noche anterior me pasó factura. El cuerpo me dolía de una forma inenarrable y la toalla sanitaria postparto era una carga insoportable. Miré a Nikolaj, que ya estaba despierto frente al escritorio revisando unos documentos en la portátil, y tragué saliva con algo de orgullo herido.—Nikolaj... haz que traigan a María a la habitación, por favor —le pedí con voz baja y cansada.Él levantó la vista de la pantalla, frunciendo el ceño de inmediato, y se giró en la silla.—¿Qué necesitas? —Quiero bañarme... quiero quitarme esta maldita toalla sanitaria y necesito ayuda con eso —admití, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas por la humillación de verme tan vulnerable.Nikolaj se puso de pie de un solo movimiento y apagó la portátil. —Nada de eso. Yo te ayudo —sentenció con voz firme, caminando directo hacia la cama.Negué con la cabeza de inmediato, agitando las manos con rechazo.—No, no es necesario... María puede hacerlo perfectamente...Él me cortó co

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    PoV Nikolaj Pasaron varias horas antes de que me permitieran entrar a la habitación privada. En cuanto abrí la puerta con cuidado, vi que Alinna empezaba a removerse en la camilla, parpadeando lentamente hasta enfocar la mirada en mí.—¿Viste a nuestros hijos? —preguntó con la voz ronca y débil, apenas logró verme.Me acerqué a trancos cortos y me senté en la orilla de la cama, tomando su mano fría entre las mías.—No, aún no he podido verlos, pero están bien, te lo prometo —le aseguré con un tono más suave del que solía usar.Ella desvió la vista hacia las sábanas, con los ojos cristalizándose de nuevo, mientras la culpa se le marcaba en cada facción.—Lo lamento... Lamento no haber podido lograr que ellos se quedaran más tiempo dentro de mí.Negué de inmediato, apretándole los dedos con firmeza para cortarle el pensamiento.—No tienes por qué disculparte por esa estupidez, Alinna. No estaba en tu control, y tal como te dije, nuestros hijos son fuertes; van a estar bien.Alinna me m

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    PoV Nikolaj El trayecto hasta la clínica privada fue una pesadilla a toda velocidad, con los neumáticos chillando en cada curva mientras yo apretaba a Alinna contra mi pecho, escuchando sus quejidos de dolor y sintiendo cada contracción como un golpe directo en mis propias costillas. Cuando las camionetas frenaron de golpe frente a la entrada principal, los médicos y enfermeros ya nos esperaban formados en la puerta con una camilla lista. Apenas detuve el vehículo, bajé cargando a Alinna y la entregué de inmediato al personal médico. —¡Muévanse, joder! —les grité mientras se la llevaban corriendo hacia el área de urgencias y la metían directo al quirófano. Las puertas dobles se cerraron de golpe frente a mí. Me quedé solo en el pasillo aséptico, con las manos aún manchadas con la humedad del parto y el corazón latiéndome desbocado en la garganta. Saqué el teléfono y llamé de inmediato a mi jefe de seguridad, que ya venía cerrando el convoy. —Escúchame bien —le ordené con voz

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    PoV Alinna El peso de las sábanas se volvió sofocante. Estaba durmiendo, pero mi cuerpo comenzó a sudar frío, empapándome la piel en cuestión de minutos mientras me agitaba en la cama, atrapada en una pesadilla que se mezclaba con la realidad. Un calambre brutal, un dolor tan agudo y desgarrador en el abdomen, me arrancó del sueño de golpe. —¡Ah! —grité, incorporándome de un salto con el corazón desbocado. Cuando aparté las sábanas y puse las manos en las piernas, sentí una humedad tibia y abundante escurriéndose por mis muslos. El pánico me heló la sangre. Miré hacia abajo y rompí a llorar de forma histérica, sintiendo que el aire me faltaba. —No, no, no, no... —balbuceaba entre sollozos, con las manos temblando mientras intentaba contener lo inevitable—. ¡Aún es muy rápido! ¡Aún es muy rápido, aún no deben nacer! En ese preciso instante, un torrente de líquido amniótico rompió por completo, empapando el colchón. El terror me superó y comencé a gritar con desesperación, lla

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