ANMELDENPOV: Alinna
Estaba en la esquina de la cocina, hecha un ovillo tras la isla de acero, con las manos temblándome sin control. Las lágrimas me nublaban la vista y el nudo en la garganta apenas me dejaba respirar.
Maldito seas, Nikolaj.
Era una ingenua si creía sus palabras sobre no entregarme. Él no tenía alma; era un monstruo calculador y me estaba vendiendo como si fuera ganado.
Recordé la mirada repugnante del viejo Rigger recorriendo mi cuerpo y sus palabras salivando por "probarme", y una náusea violenta me revolvió el estómago.
Me iba a entregar a ese viejo asqueroso a cambio de sus rutas y su sucio dinero. Para él no era más que una propiedad con precio, una mercancía lista para ser subastada.
Me limpié las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano. Si creían que me iba a dejar llevar como un animal al matadero sin pelear, estaban muy equivocados.
—Deja de llorar, niña. No vas a conseguir nada con eso —dijo María, la señora que trabajaba en la cocina, mientras dejaba un trapo sobre el mesón y me miraba con lástima.
Me limpié la cara con las manos, respirando con dificultad.
—No sé qué hacer... Sé que esta gente no es buena, pero por lo menos no me han tocado. Y sé que si me vende a ese señor me van a violar, me van a usar como quieran.
María suspiró profundamente y se agachó a mi lado, mirándome a los ojos.
—Me acuerdas tanto a mi hija...
—¿Dónde está ella? —pregunté en un susurro.
—Mi hija murió hace unos años en un altercado entre bandos —respondió con la voz apagada—. El señor nos sacó a mí y a veinte mujeres más de ese lugar.
La miré fijamente, sintiendo un vuelco en el estómago.
—¿Entonces... no es tan malo?
—No te confundas —me advirtió María de inmediato, endureciendo el gesto—. Él solo nos tomó como premio por su victoria. La mayoría de las mujeres fueron mandadas a sus bares. Yo me quedé aquí solo porque ya soy mayor y sé cocinar.
—Ven conmigo, tengo una idea —murmuró, mirando hacia los lados para asegurarse de que los pasillos estuvieran despejados.
La seguí en silencio hasta la zona de servicio de la mansión. Entramos a su pequeña habitación y María cerró la puerta con seguro. Fue directo a su armario, hurgó entre su ropa y sacó un pequeño frasco transparente con un líquido incoloro. Se giró y me lo entregó en la mano.
Lo miré con los ojos muy abiertos, sintiendo un escalofrío.
—¿Quieres que lo envenene? —pregunté en un susurro apremiante.
María se santiguó rápidamente, mirando al techo con espanto.
—¡Por todos los santos, niña! ¡Claro que no!
—¿Y entonces? —pregunté, mirando el frasco con confusión.
—Si logras dárselo al señor, puedes dormirlo —explicó María en un susurro apresurado—. Hazle como puedas, pero que se lo tome.
Fruncí el ceño, apretando el pequeño bote entre mis dedos.
—¿Y luego qué? ¿Salgo corriendo en la nieve y con mil hombres cuidando aquí afuera?
—No —negó María con firmeza—. Luego vas a fingir que perdiste tu virginidad con él. Si se sabe que él estuvo contigo y ya no estás pura, tal vez el viejo Rigger ya no te quiera... o tal vez el señor decida no entregarte.
—¿Y cómo m****a sabemos si esto va a funcionar? —pregunté con el corazón desbocado, mirando el frasco con desesperación.
María me tomó de las manos con fuerza, apretándomelas para llamar mi atención.
—Te toca improvisar, Alinna. Es todo lo que yo puedo hacer por ti —me dijo en un susurro grave, mirándome directo a los ojos—. Pero asegúrate de que las sábanas estén manchadas de sangre mañana. Es la única opción que tienes ahora.
—¿Y cómo hago que se lo crea? —pregunté, sintiendo un nudo de pánico apretándome la garganta.
María me sostuvo la mirada con severidad y me apretó más las manos.
—Tendrás que fingir muy bien —respondió en un murmullo firme—. Cuando vaya esta noche, compórtate como si estuvieras agradecida. Y si tienes que estar con él de verdad... pues es mejor que ser vendida a la familia de Rigger. Aquí son malos, Alinna, pero esa familia acaba con las mujeres. Y te lo digo porque sé los rumores de las cosas que les gusta hacer.
Cayó la noche y el silencio se apoderó de la mansión.
Me puse un camisón semitransparente que se adhería a mi piel, dejando al descubierto cada curva de mi silueta al trasluz. Me temblaban las manos, pero apreté los dientes y respiré profundo, tratando de controlar el pánico.
La puerta del dormitorio se abrió y Nikolaj entró.
—Ya le preparé el baño —dije de inmediato, adoptando una postura dócil y buscando su mirada—. Está en su punto, justo como le gusta.
Él ladeó la cabeza y una sonrisa calculadora se dibujó en sus labios.
—Buena chica, Alinna —murmuró con voz grave.
Sin quitarme los ojos de encima, comenzó a desvestirse con total descaro, dejando caer la ropa al suelo hasta quedar completamente desnudo frente a mí antes de entrar al cuarto de baño.
En cuanto escuché el agua correr, corrí hacia la licorera. Con el pulso desbocado, serví un vaso de whisky en las rocas, saqué el frasco que me dio María y vertí el sonnífero dentro. Agité el cristal rápidamente para disolverlo y contuve la respiración.
Segundos después, Nikolaj salió del baño envuelto únicamente con una toalla alrededor de la cintura, pasándose una mano por el cabello húmedo. Me acerqué a él a pasos lentos y le extendí el vaso.
Él me miró con curiosidad, bajando la vista al trago y luego a mi rostro. Sin embargo, no dijo nada; tomó el vaso y se dio un trago largo.
—Yo tengo una duda y me gustaría saber si me puede ayudar —dije, bajando la mirada hacia su cuerpo con una timidez ensayada antes de volver a sostenerle los ojos.
Me observó con curiosidad, dando otro trago al vaso antes de responder con voz grave.
—A ver, habla.
Lo miré directo a los ojos, dejando que un ligero rubor fingido cruzara mi rostro mientras apretaba las manos contra la tela de mi camisón.
—¿Ese tamaño es normal? Digo... ¿todos los hombres tienen ese tamaño en su...?
Soltó una carcajada profunda y arrogante que retumbó en la habitación.
—¿En su verga? —dijo con burla, disfrutando de mi supuesta inocencia.
Tragué saliva y dejé que un rubor encendido me cubriera la cara por completo antes de asentir en silencio.
Nikolaj me miró con autosuficiencia y dio el último trago al vaso antes de dejarlo sobre la mesa de noche.
—Siéntate —ordenó con voz grave.
Caminé a pasos lentos y me senté en la orilla de la cama, sintiendo cómo el corazón me martilleaba el pecho.
Se desató la toalla de la cintura con lentitud y la dejó caer al suelo, quedando completamente desnudo frente a mí. Se sujetó el miembro con naturalidad y me sostuvo la mirada con una sonrisa arrogante.
—No sé el tamaño de otros hombres, Alinna... pero hasta ahora no he tenido quejas —dijo con total descaro.
Forcé una sonrisa avergonzada, bajé la vista hacia sus manos y volví a mirarlo a los ojos en un susurro vacilante.
—Yo... ¿puedo tocarlo?
AlinnaTragué saliva y dejé que un rubor encendido me cubriera la cara por completo antes de asentir en silencio.¿Por qué mierda no hace efecto esa porquería?, pensé con desesperación, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda mientras los segundos pasaban sin que diera muestras de somnolencia.—Yo... ¿puedo tocarlo?—Puedes tocarlo —respondió con la voz cada vez más densa, dando un paso hacia mí—. También besarlo, depende de qué tanto quieras excitarme.—No sé si algo como eso podría... —murmuré, dejando la frase en el aire con timidez y bajando la mirada.—¿Podría qué? —preguntó, inclinándose hacia mí con una sonrisa autosuficiente en los labios.—Entrar en mí... —susurré, apretando los muslos mientras el corazón me latía desbocado en el pecho.Si voy a tener que coger con alguien, pensé con frialdad mientras observaba su torso marcado y la fuerza contenida en sus brazos, que sea con este hijo de puta. Por lo menos es atractivo.Nikolaj ladeó la cabeza, observándome con u
POV: AlinnaEstaba en la esquina de la cocina, hecha un ovillo tras la isla de acero, con las manos temblándome sin control. Las lágrimas me nublaban la vista y el nudo en la garganta apenas me dejaba respirar.Maldito seas, Nikolaj.Era una ingenua si creía sus palabras sobre no entregarme. Él no tenía alma; era un monstruo calculador y me estaba vendiendo como si fuera ganado.Recordé la mirada repugnante del viejo Rigger recorriendo mi cuerpo y sus palabras salivando por "probarme", y una náusea violenta me revolvió el estómago.Me iba a entregar a ese viejo asqueroso a cambio de sus rutas y su sucio dinero. Para él no era más que una propiedad con precio, una mercancía lista para ser subastada.Me limpié las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano. Si creían que me iba a dejar llevar como un animal al matadero sin pelear, estaban muy equivocados.—Deja de llorar, niña. No vas a conseguir nada con eso —dijo María, la señora que trabajaba en la cocina, mientras dejaba un trapo
POV: Nikolaj RomanovEstaba en mi oficina trabajando cuando la puerta se abrió.Uno de mis hombres entró a la estancia, se detuvo frente a mi escritorio y me miró seriamente antes de hablar.—Señor, el viejo Rigger solicita una reunión con usted.—¿Rigger? —repetí, dejando correr el nombre por mi garganta con desprecio.Ese anciano podrido definitivamente no se daba por vencido. Sabía perfectamente lo que estaba buscando: llevaba semanas salivando tras los pasos de Alinna, esperando el menor descuido para ponerle las manos encima.Me reclina suavemente contra el respaldo del sillón de piel. La insistencia de ese viejo verde era un fastidio, sí, pero también era una debilidad ridículamente fácil de explotar. Rigger perdía la cabeza y el juicio cuando se trataba de mujeres jóvenes y vírgenes; su lujuria lo volvía impulsivo, predecible y torpe.Un tipo impulsivo comete errores.Y yo era un experto en cobrar cada uno de esos errores al precio más alto posible.—Dile que entre —ordené con
POV: Alinna DiMarcoDesperté sintiendo una presión pesada sobre la cintura. Al abrir los ojos, me di cuenta de que estaba atrapada contra el pecho de Nikolaj; él me sujetaba instintivamente mientras dormía. En cuanto notó que me movía, abrió sus ojos oscuros, observándome en absoluto silencio durante unos segundos pesados antes de soltarme.Sacó la llave del cajón y me quitó las esposas. Mis muñecas tenían dos marcas rojas evidentes. —Si te portas bien hoy, no tendré que volver a ponértelas esta noche —dijo con voz grave.—No me voy a portar bien —respondí en un susurro desafiante.Él sonrió de lado.—Ya lo veremos.Minutos después, me obligó a bajar al comedor. Había un desayuno abundante servido sobre la mesa, pero al sentarme noté algo extraño: no había cuchillos ni cubiertos de metal, solo de madera.—¿Miedo de que te apuñale con un tenedor? —provoqué, mirándolo sobre la mesa.—Precaución —corrigio, cortando su comida —Preferiría morirme antes que ceder algo ante ti.—Dices eso
Pov AlinnaNikolaj dejó la toalla sobre una silla y caminó hacia la cama con una tranquilidad calculada que me puso todavía más nerviosa, haciendo que retrocediera un paso de inmediato.—¿Qué estás haciendo?No respondió al instante. Se detuvo frente a mí, me observó en silencio y extendió una mano.—Dame las manos —dijo como si fuera algo normal.Lo miré como si acabara de perder la cabeza.—¿Para qué mierda quieres mis manos?—Porque por más que me guste tu cuerpo y me resulte bastante entretenida esa actitud desafiante que tienes, no pienso correr el riesgo de despertarme con un cuchillo clavado en el pecho —respondió con una sonrisa lenta y arrogante dibujándose en sus labios.Fruncí el ceño, sintiendo la rabia hervirme por dentro.—No voy a matarte.—Eso espero —dijo mientras su mirada descendía hasta mis muñecas—. Pero acabas de llegar a mi casa, heriste a mis empleados, sabes que maté a tu padre y llevas horas buscando la manera de hacerme pagar por ello. Sería bastante estúpid
POV: Alinna DiMarcoEl olor a cuero nuevo y a metal frío me causaba náuseas.Dos de las mujeres del personal me tenían acorralada en el vestidor bajo la mirada estricta de un guardia armado. Me obligaron a ponerme un vestido corto de cuero negro, tan ceñido que apenas me dejaba respirar. El escote me hacía sentir completamente expuesta, pero lo peor era el collar: un aro de cuero duro rodeaba mi cuello y, en el centro, colgaba un pesado dije de acero con el sello de los Romanov.Intenté arrancármelo con las uñas en cuanto las mujeres se apartaron, pero la hebilla trasera estaba asegurada con un candado.—Si vuelve a intentar quitárselo, el señor Romanov ordenó que la atemos de manos —murmuró una de las sirvientas con la mirada fija en el suelo.Apreté los dientes. No iba a llorar delante de ellas.Al bajar al comedor principal, la escena me congeló la sangre. La mesa estaba lista para una cena formal. En la cabecera se encontraba Nikolaj, impecable en un traje oscuro, sosteniendo un v







