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Capitulo. 5

Author: Belladonna
last update publish date: 2026-09-14 22:53:37

Pov Alinna

Nikolaj dejó la toalla sobre una silla y caminó hacia la cama con una tranquilidad calculada que me puso todavía más nerviosa, haciendo que retrocediera un paso de inmediato.

—¿Qué estás haciendo?

No respondió al instante. Se detuvo frente a mí, me observó en silencio y extendió una mano.

—Dame las manos —dijo como si fuera algo normal.

Lo miré como si acabara de perder la cabeza.

—¿Para qué m****a quieres mis manos?

—Porque por más que me guste tu cuerpo y me resulte bastante entretenida esa actitud desafiante que tienes, no pienso correr el riesgo de despertarme con un cuchillo clavado en el pecho —respondió con una sonrisa lenta y arrogante dibujándose en sus labios.

Fruncí el ceño, sintiendo la rabia hervirme por dentro.

—No voy a matarte.

—Eso espero —dijo mientras su mirada descendía hasta mis muñecas—. Pero acabas de llegar a mi casa, heriste a mis empleados, sabes que maté a tu padre y llevas horas buscando la manera de hacerme pagar por ello. Sería bastante estúpido de mi parte confiar en que vas a dormir tranquilamente mientras yo cierro los ojos.

—¿Y por eso quieres atarme?

—Exactamente —contestó con total frescura.

—Eres un enfermo.

—Y tú intentaste romperme la cabeza con una lámpara hace unas horas —comentó con una sonrisa de lado—. Creo que estamos bastante parejos.

Apreté los labios sin saber cómo discutir aquello. Nikolaj sacó unas esposas pequeñas del cajón de la mesa de noche, las hizo girar entre sus dedos con soltura y me miró en silencio.

—Vamos, Alinna. Las manos.

—¿Y si digo que no?

—Entonces tendré que obligarte y no será bonito —su sonrisa se ensanchó.

Lo fulminé con la mirada antes de extender finalmente las muñecas. Él las sujetó con firmeza, cuidando de no lastimarme, y aseguró el metal alrededor de mi piel.

—¿Contento?

—Mucho.

Levanté los brazos para observar el brillo helado de las esposas.

—¿Y ahora qué? ¿Voy a dormir así?

—Sí.

—¿Contigo?

—¿Dónde más? —arqueó una ceja.

Lo miré, incrédula.

—Pensé que ibas a dejarme en otra habitación.

—No —dijo mientras se acercaba a la cama y apartaba las sábanas con una tranquilidad irritante—. Te quiero aquí, donde pueda verte.

—¿Para vigilarme?

—Principalmente —respondió al tiempo que se metía en la cama y acomodaba una almohada detrás de su cabeza. Luego me miró de arriba abajo—. Aunque mentiría si dijera que tenerte aquí solamente sirve para asegurarme de que no intentes matarme.

—¿Qué quieres decir?

—Que me gusta tenerte cerca —admitió con una sonrisa perezosa.

Sentí que el calor me subía directo al cuello.

—No entiendo qué demonios ves en mí.

—Créeme, Alinna. Yo tampoco —su mirada volvió a recorrer mi cuerpo lentamente—. Pero me gusta.

Me quedé de pie junto a la cama, todavía con las manos aseguradas por el metal y la respiración contenida.

—Eres un maldito arrogante.

—Y tú sigues hablando demasiado para alguien que debería estar intentando dormir.

—¿Cómo quieres que duerma después de todo lo que ha pasado?

—Ven aquí —ordenó, levantando ligeramente el borde de la sábana.

—No.

—Alinna.

—No voy a acostarme voluntariamente al lado del hombre que me compró.

—Entonces considéralo una orden —sentenció sin alterar la voz, volviéndola más fría.

Lo odié. Lo odié con todas mis fuerzas, pero terminé entrando en la cama. Me acosté lo más lejos posible de su lado, manteniendo el cuerpo rígido como una piedra.

—Puedes relajarte —soltó una risa baja.

—Prefiero dormir sentada.

—No voy a tocarte.

Giré el rostro hacia él.

—¿Y por qué debería creerte?

—Porque si quisiera hacerlo, no necesitaría esperar a que te durmieras —declaró, sosteniéndome la mirada con una soltura aplastante.

El silencio cayó pesado entre los dos y no supe qué responder. Nikolaj estiró el brazo y apagó la luz. Sentí cómo el colchón se hundía ligeramente cuando acomodó su peso a mi lado.

—Duerme, Alinna.

Cerré los ojos, obligándome a respirar despacio, pero antes de conseguir relajarme, su voz retumbó suavemente en la oscuridad:

—Y deja de pensar en cómo escapar.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Cómo sabes que estaba pensando en eso?

—Porque yo haría exactamente lo mismo —su risa baja volvió a escucharse a solo centímetros de mi.

Las horas pasaron lentas y el peso de la noche parecía no terminar nunca. Por más que intenté cerrar los ojos y obligarme a descansar, el pulso me retumbaba en los oídos y el frío del metal en mis muñecas no me dejaba olvidar dónde estaba.

Cerca de las tres de la mañana, la vejiga empezó a jugarme una mala pasada. Aguanté todo lo que pude, pero llegó un punto en que la molestia fue insoportable.

Giré el cuerpo despacio para no hacer ruido y me acerqué a su lado. Nikolaj dormía de perfil, profundamente, con el torso al descubierto y la respiración pausada.

Extendí los brazos encadenados y lo empujé ligeramente del hombro.

—Nikolaj... —susurré.

No se movió. Lo empujé un poco más fuerte.

—Oye... despiértate.

En cuestión de un milisegundo, la calma se rompió. Nikolaj se movió con una rapidez felina e inhumana: antes de que pudiera parpadear, me tenía acorralada contra el colchón, su mano presionando mi hombro y la boca helada de un arma pesada encajada directamente entre mis ojos.

El chasquido del percutor resonó en el silencio de la habitación.

Se me cortó la respiración por completo. El corazón me dio un vuelco violento en el pecho.

—¡Estás loco! —exclamé con la voz entrecortada, pegándome a las sábanas—. ¡Soy yo!

Nikolaj tardó un par de segundos en procesar mi cara. Sus ojos oscuros, cargados de un instinto asesino puro, me fijaron en la penumbra mientras su respiración pesada chocaba contra mi rostro.

Lentamente, bajó el arma y la dejó sobre la mesa de noche sin soltarme del todo.

—Nunca me despiertes así —sentenció con una voz rasposa, baja y llena de una advertencia peligrosa.

Tragué saliva duro, intentando recuperar el aire y el ritmo de mi corazón.

—Necesito ir al baño.

Nikolaj se acomodó sobre los codos, apartándome la mirada con evidente fastidio.

—¿Y eso qué? —soltó con una frialdad exasperante.

Levanté las manos unidas, haciendo sonar el metal de las esposas justo frente a su cara.

—¿No ves que tengo las manos atadas y no puedo?

Nikolaj se me quedó mirando en silencio durante tres segundos eternos. Las comisuras de sus labios se elevaron apenas en una sonrisa lenta y divertida, disfrutando por completo de mi humillación.

—Esto va a ser bastante entretenido —murmuró con ironía.

Y antes de que pudiera responderle, me sujetó con firmeza de los brazos para ponerme de pie.

Me llevó al baño a tirones y encendió la luz blanca. Me detuve en el centro de la estancia, mirándolo con rabia.

—Quítame las esposas —exigí.

—Eso no va a pasar —respondió con una frialdad absoluta.

—¿Y cómo se supone que me voy a bajar la ropa interior?

Él me sostuvo la mirada y una sonrisa lenta, calculadora, se dibujó en sus labios.

—Por supuesto que no —dije de inmediato, dando un paso atrás.

—Es eso o puedes hacerte en la ropa. Tú decides.

Tragué duro, sintiendo la humillación arder en mi garganta.

—Eres un maldito.

—Eso lo sé —dijo sin inmutarse.

Se acercó a mí a paso lento hasta acorralarme.

Se agachó frente a mí y llevó sus manosa la elástica de mi ropa interior. Sus dedos se deslizaron despacio, bajando la tela con una lentitud desesperante mientras la yema de sus pulgares rozaba la piel de mis piernas.

Un estremecimiento violento me recorrió de arriba abajo y me obligué a apretar los dientes para no soltar un jadeo.

Me senté e hice mis necesidades, manteniendo la mirada fija en la pared para no morir de vergüenza.

Al terminar, Nikolaj tomó papel de baño.

Se inclinó y me limpió con una firmeza aplastante. El contacto directo hizo que cerrara los ojos de golpe, sintiendo el pulso acelerado en el cuello.

Cuando los abrí, me encontré con su rostro a escasos centímetros. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, devorando cada uno de mis rasgos en absoluto silencio.

—¿Terminaste? —murmuré con la voz entrecortada.

Él asintió despacio, sin dejar de mirarme.

Agarró la orilla a la prenda y me subió la ropa interior con la misma lentitud, dejando que sus nudillos volvieran a rozar la parte interna de mis muslos.

Me puso de pie y me guió de regreso a la cama. Nos acomodamos en el colchón y la oscuridad volvió a cubrir la habitación.

—Buenas noches —dijo  junto a mi oído, antes de cerrar los ojos.

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