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Capitulo. 4

Author: Belladonna
last update publish date: 2026-09-14 21:53:05

POV: Alinna DiMarco

El olor a cuero nuevo y a metal frío me causaba náuseas.

Dos de las mujeres del personal me tenían acorralada en el vestidor bajo la mirada estricta de un guardia armado. Me obligaron a ponerme un vestido corto de cuero negro, tan ceñido que apenas me dejaba respirar. El escote me hacía sentir completamente expuesta, pero lo peor era el collar: un aro de cuero duro rodeaba mi cuello y, en el centro, colgaba un pesado dije de acero con el sello de los Romanov.

Intenté arrancármelo con las uñas en cuanto las mujeres se apartaron, pero la hebilla trasera estaba asegurada con un candado.

—Si vuelve a intentar quitárselo, el señor Romanov ordenó que la atemos de manos —murmuró una de las sirvientas con la mirada fija en el suelo.

Apreté los dientes. No iba a llorar delante de ellas.

Al bajar al comedor principal, la escena me congeló la sangre. La mesa estaba lista para una cena formal. En la cabecera se encontraba Nikolaj, impecable en un traje oscuro, sosteniendo un vaso de whisky. A su derecha había un hombre mayor de aspecto desagradable, acompañado por dos guardaespaldas.

En cuanto entré, Nikolaj levantó la mirada y recorrió el vestido, mis piernas, mi cintura y finalmente mi rostro. Fue solo un segundo, pero vi el destello en sus ojos: le gustaba cómo me veía. Y eso me dio todavía más rabia.

Nikolaj alzó la barbilla y señaló la jarra de vino sobre una mesa auxiliar.

—Sirve a nuestro invitado, Alinna. Y procura no derramar nada. No tengo paciencia para los accidentes durante la cena.

Tomé la pesada jarra mientras el viejo me observaba de forma descarada, desnudándome con la mirada.

—Vaya, Nikolaj —soltó el hombre con una risa ronca—. Debo reconocer que DiMarco tenía mejor gusto del que imaginaba. ¿Esta es la hija que utilizaste para saldar su deuda?

La sangre me hervía. Nikolaj bebió un poco de whisky antes de responder con una calma desarmante.

—Es Alinna. Y sí, es la hija de DiMarco.

—Una muchacha bastante interesante —sonrió el viejo—. Si ya te cansaste de ella, podríamos llegar a un acuerdo.

Nikolaj dejó el vaso sobre la mesa. Algo en sus ojos se volvió oscuro.

—¿Un acuerdo?

—No me hagas fingir que no sabes a qué me refiero —respondió el hombre—. Una mujer como esa puede valer bastante dinero.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Nikolaj se recostó contra el respaldo de su silla y volvió a mirarme.

—¿Y cuánto crees que vale?

—Eso depende de si ya la disfrutaste.

Apreté los dedos alrededor de la jarra, deseando lanzársela a la cabeza.

—Todavía no —contestó Nikolaj.

El hombre soltó una carcajada.

—Entonces está intacta.

Nikolaj inclinó ligeramente la cabeza.

—No vuelvas a hablar de ella de esa manera.

—Solo estoy haciendo negocios.

—Yo también —la voz de Nikolaj perdió toda diversión—. Y ella no está en venta.

El silencio cayó pesado sobre la mesa. Lo miré sin entender. ¿No estaba en venta? ¿Entonces para qué me quería aquí?

El anciano sonrió con incomodidad.

—Pensé que habías dicho que era parte de tu deuda.

—Lo es —Nikolaj tomó de nuevo su vaso—. Pero eso no significa que cualquiera pueda ponerle las manos encima.

Sus ojos se encontraron con los míos. Había una intensidad extraña en su mirada y, por primera vez, me di cuenta de que no estaba jugando.

—Entonces supongo que te la quedarás —masculló el viejo.

—Eso parece. Ahora termina tu cena.

Los guardias me escoltaron a la habitación en absoluto silencio. En cuanto cerraron la puerta, me apoyé contra la madera y dejé ir el aire. El vestido me oprimía como un torniquete.

Mi padre estaba muerto, yo estaba atrapada por un mafioso y llevaba su apellido en el cuello. Pero lo que más me perturbaba era esa frase rondando mi cabeza: No está en venta.

Escuché el picaporte girar y Nikolaj entró. Se aflojó la corbata mientras me observaba con una sonrisa lenta.

—Te queda mejor de lo que esperaba.

—No me importa lo que pienses.

—Ya me di cuenta —se quitó la chaqueta y la dejó en una silla—. Precisamente por eso me resultas tan interesante.

—No soy interesante —fruncí el ceño—. Soy una mujer a la que secuestraste.

—No te secuestré, Alinna. Tu padre te entregó para salvar su propia vida.

—¿Y eso te hace sentir mejor?

—No —respondió con una firmeza que me sorprendió.

—¿Entonces por qué lo hiciste?

Se acercó a mí a paso lento.

—Porque cuando vi tu fotografía entendí que no quería que terminaras en manos de otro hombre. Y ahora que te tengo delante, sospecho que tomar esa decisión fue mucho más problemático de lo que imaginaba.

—¿Porque soy un problema?

—Porque me gustas.

Me quedé inmóvil. Nikolaj disfrutó mi desconcierto.

—No pongas esa cara. No significa que vaya a dejarte libre.

—Entonces no entiendo qué ganas con decírmelo.

—Me gusta molestarte —dio otro paso—. Y parece que funciona.

Lo odié por esa sonrisa, pero odié más no poder quitarle la vista de encima.

—No soy tu esclava.

—No —sus ojos bajaron al collar—. Eres algo mucho más peligroso: una mujer que me interesa demasiado.

Mi respiración se cortó. Sin previo aviso, Nikolaj comenzó a desabrocharse la camisa y me giré de inmediato.

—¿Qué haces?

—Desvestirme.— Dijo como si fuera lo mas normal del mundo

Escuché su risa baja antes de sentir su presencia a mi espalda. No me tocó, pero se inclinó hacia mi oído.

—No tienes idea de cuánto me divierte verte intentar convencerte de que no te provoco nada.

—No confundas miedo con atracción —me alejé de golpe.

Su borró la sonrisa y me miró con absoluta seriedad.

—Nunca lo haría. No necesito que tengas miedo para saber que me deseas.

—Eso jamás va a ocurrir.

—Ya veremos.

Se encerró en el baño y, minutos después, salió solo con una toalla ajustada a la cintura. El agua goteaba de su torso tatuado. Intenté no mirar, pero me descubrió.

—Puedes mirar, Alinna. No voy a cobrarte.

—No estaba mirando.

—Claro que no —se secó el cabello y caminó hacia mí—. Ven aquí.

—¿Para qué?

—Quiero hablar contigo.

—Puedes hablar desde ahí.

Sonrió de lado y se acercó hasta quedar a centímetros. Esta vez no intentó tocarme; solo fijó la mirada en la tira de cuero que apretaba mi cuello.

—¿Te duele?

La pregunta me descolocó.

—¿Qué?

—El cuello.

—Un poco —admití, tocando el collar.

La mandíbula de Nikolaj se tensó.

—Mañana te traerán uno más cómodo.

—¿Y por qué debería importarte?

Sostuvo mi mirada durante un segundo eterno.

—Porque ya me estás importando más de lo que me conviene. Y créeme, Alinna... eso me está jodiendo bastante.

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