เข้าสู่ระบบBruno abrazó a Elisa y la protegió con su cuerpo, usando la espalda para cubrirla de la mayor parte de los escombros y objetos en llamas que caían desde arriba.El traje que llevaba se incendió al instante, pero no la soltó. Al contrario, estrechó todavía más a Elisa entre sus brazos para protegerla.Raquel se quedó paralizada, mirando atónita cómo Bruno, sin importarle el peligro, sacaba a Elisa en brazos.Había cumplido su promesa y la había salvado.Pero aun así, ella había perdido frente a Elisa.Porque sabía que, hacía un momento, Bruno había estado dispuesto a morir junto a Elisa.Cuando llegaron al hospital, Bruno ya había perdido el conocimiento.La garganta de Elisa le ardía por haber inhalado tanto humo y también tenía quemaduras en el dorso de una mano, pero fuera de eso no presentaba otras heridas.Vio cómo llevaban a Bruno a la sala de emergencias y sus ojos se llenaron de preocupación.—¡Elisa, todo esto es culpa tuya! —le gritó Raquel, furiosa—. Si no fuera por ti, Bruno
El hombre de cabello corto recordó que quien los había contratado les había pagado tres millones de dólares. Al escuchar que Helena pensaba dejar ir a Elisa, le pareció una lástima perder aquel dinero y dijo:—Jefa, los tres millones...Helena hizo un gesto con la mano.—¿Acaso mi vida no vale tres millones?El hombre de cabello corto y los demás se quedaron callados.Elisa volvió a preguntarle a Helena:—Hay algo más que quiero saber, ¿quién fue la persona que los contrató para secuestrarme?Helena respondió:—Acepté dejarte ir y no seguir adelante con este trabajo, pero eso no significa que vaya a decirte quién nos contrató. Señorita Elisa, ve a descansar. En un par de horas amanecerá y haré que alguien te lleve a casa.Al ver que Helena no pensaba decirle nada, Elisa no tuvo más remedio que dejar el tema.Regresó a la habitación, cerró los ojos e intentó descansar un rato.Cuando estaba por amanecer, abrió los ojos.Helena cumplió su palabra y, tal como había prometido, hizo que alg
Elisa los miró con cautela.—No los conozco. No voy a irme con ustedes.Intentó darse la vuelta para alejarse rápidamente, pero uno de los hombres la agarró del brazo.—Señorita Elisa, espero que coopere con nosotros. De lo contrario...Sacó su celular y abrió una foto en la que aparecía Rebeca frente a la entrada de la escuela.—Una niña tan pequeña no debe soportar muy bien que la asusten, ¿no cree?Elisa se quedó paralizada.Al final, no tuvo más remedio que subir al auto con ellos.La llevaron hasta una casa en las afueras.Apenas entró, Elisa vio a siete u ocho personas reunidas alrededor de una mesa jugando a las cartas.Había montones de ropa de segunda y hasta de tercera mano por todas partes. Por lo visto, aquel lugar funcionaba como un almacén de ropa usada.Una mujer de cabello rizado que parecía estar al mando la recorrió con la mirada, se levantó y caminó hacia ella.—Alguien nos pagó para traerte hasta aquí, darte una buena paliza y encerrarte durante tres días. Si puedes
Ella asintió.—Sí, fui yo, pero no lo hice para que me lo agradecieras, solo quería que todo te saliera bien.Guillermo asintió.—Yo tampoco te invité a tomar algo por otra razón, solo quería corresponder al gesto. Algún día, te invitaré a comer.—También puede ser hoy —soltó Miriam sin pensarlo.Guillermo la miró con cierta desconfianza.—¿Ustedes no acaban de salir del restaurante?Miriam se tocó el estómago, todavía redondo por la comida.—No quedé satisfecha.Elisa se quedó sin palabras.¿Se había comido un plato entero y todavía no estaba satisfecha?Los tres volvieron a entrar al restaurante.Elisa no pidió nada. Solo se quedó tomando su bebida.Miriam pidió algo ligero para picar, pero después de comer unos cuantos bocados ya no pudo seguir.Guillermo la miró de reojo y, para sorpresa de Miriam, no pareció importarle.—Si ya no puedes comer más, dámelos.Miriam se sintió un poco incómoda.—Pero ya comí de ahí. Mejor me los llevo y los como después.Sabía que Guillermo había crec
Al principio, Bruno quiso preguntarle si todavía no había logrado olvidar a Nicolás, pero al final no se atrevió a hacerlo.Elisa asintió.Elisa sentía un profundo rechazo hacia Nicolás, así que prefería no hablar más de él.Al notar que ella parecía no querer seguir conversando con él, la mirada de Bruno se ensombreció, entonces, desvió la vista hacia la ventana.Después de llevarla a casa, Bruno también regresó a la suya.Llamó a Clara.—¿Qué sucede, Señor Bruno? —preguntó Clara con respeto.Era fin de semana. ¿Acaso el Señor Bruno pensaba pedirle otra vez que regresara a la oficina a trabajar?Bruno habló con indiferencia:—¿Qué hiciste con la orquídea?Clara no estaba segura de qué pretendía con aquella pregunta, así que respondió con cautela:—Me la llevé a casa, pensaba deshacerme de ella más tarde.—Ya no hace falta.Bruno añadió:—El lunes llévala a la oficina y déjala sobre mi escritorio.Clara se quedó sin palabras.El carácter tan cambiante del Señor Bruno era realmente difí
Raquel se mordió el labio y, al final, volvió a recurrir a los mimos para salirse con la suya:—La verdad, no pude adivinarlo. Abuela, enséñame.Doña Salazar soltó una risita.—Un arcoíris. Mira que pensaba que lo sabrías. Cuando éramos jóvenes, este tipo de acertijos era de lo más básico. Creí que en tu casa también te habrían enseñado estas cosas.Raquel se puso roja de inmediato.Desde pequeña, había querido demostrar que era especial y destacar por encima de los demás. Mientras los hijos de otras familias estudiaban literatura y cultura clásica, ella había decidido aprender idiomas extranjeros.Ahora, aquello se había convertido en motivo de burla.Doña Ramírez intervino:—Al final, todo depende de la educación que recibimos. Hay cosas que aprendemos desde pequeños y que terminan formando nuestra manera de pensar. Elisa ha tenido una formación muy completa, y eso se nota en la facilidad con la que resuelve este tipo de cosas.Las familias adineradas con una larga tradición siempre







