Entre lágrimas, se volvió hacia él y le preguntó:—Estás aquí, ¿verdad? ¿Eres tú?Era la respuesta que ella buscaba con desesperación, pero el Adrián de diecisiete años no entendía a qué se refería. Solo contestó, sin saber qué más decir:—Sí, estoy aquí.Al verla deshecha en llanto, sacó un pañuelo, le secó las lágrimas y murmuró:—Siempre he estado aquí, nunca me fui. Fuiste tú la que dejó de buscarme.Olivia negó. Esa no era la respuesta que quería. Ya no encontraba la que buscaba…—Adrián, ya no encuentro la respuesta… Y tampoco te encuentro…—¿Qué respuesta buscas? Dímelo y te ayudaré a encontrarla, ¿sí? No llores, llorar no arregla nada… Eh, mira… El raspado ya se derritió. Si no te lo comes, me lo como yo… ¿No eres feliz viviendo en esa casa? ¿Alguien te molesta?Olivia no sabía de qué hablaba. ¿Qué era eso de vivir en esa casa? Ah, claro, ¿la casa que había comprado Santiago? Pero eso había sido un año después, ¿no? Para entonces ella y su abuelita ya deberían haberse mudado a
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