Ya se disponía a dormir, solo llevaba una bata.Se había quitado la prótesis y había abierto la puerta apoyada en muletas.Pero Catalina notó primero las marcas ambiguas en su cuello. Luego, echó un vistazo al interior.Su esposo, Leo, vestía un pijama a juego con el de la mujer, sentado en el sofá.Sostenía un libro infantil en la mano, y el niño estaba sentado en su regazo, jugando con su cabello.Esa era una escena que Catalina había imaginado alguna vez.En aquel entonces, fantaseaba con tener un bebé con él.Después del trabajo, los tres jugarían juntos y él les leería cuentos.Esa imagen se había hecho realidad, pero la dueña de la casa no era ella, y el niño tampoco era suyo.Catalina se derrumbó por completo.¿Por qué ella no tenía nada?Su esposo no la amaba. Su familia no la amaba.Los únicos que le quedaban, sus abuelos, quizás la abandonarían en cualquier momento por sus propios hijos.—Catalina, no malinterpretes —dijo Laura.Apenas terminó de hablar, Catalina la empujó
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