Recuerdo haberme reído y también enrojecido cuando vi «yes, god, yes» por primera vez en una noche de cine con amigas.
En mi cabeza el título funciona como un bimodal: por un lado, suena a confesión o súplica, una especie de diálogo interno entre deseo y moral; por otro, tiene un golpe humorístico porque repite ese «yes» como si quisiera doble confirmación. Para alguien criado con mensajes religiosos sobre la sexualidad, ese eco es familiar:
la culpa llega por repetición, por la insistencia en que ciertas cosas merecen vergüenza.
Pero no creo que el título sea solo culpa. También veo en él una ironía liberadora: la protagonista negocia, tropieza y aprende a reconciliar su deseo con su propia voz. En resumen, «yes, god, yes» simboliza la culpa sexual, sí, pero además la pone en escena para cuestionarla y, eventualmente, desactivarla a través del humor y la honestidad personal.