Mi íncubo desobediente
—No tengo tiempo ni energía para andar sintiendo lástima por nadie.
Dos semanas después, en medio de la noche, sonó el celular.
Al contestar, nadie hablaba del otro lado. Estaba tan cansada que estuve a punto de colgar.
—Ama... me equivoqué... por favor, lléveme a casa...
La voz de Diego era apenas un susurro, débil y quebradiza, con una ternura que nunca antes le había escuchado.
Fruncí el ceño, pero antes de que pudiera decir algo, la llamada se cortó.