Me río internamente al recordar cómo la timidez se colaba en mis planes de fin de semana en Madrid: cuando todos querían hablar a gritos en una terraza, yo buscaba un rincón tranquilo y fingía revisar el móvil. Esa oposición entre la cultura española, tan abierta y expresiva, y mi tendencia a callar provocaba malentendidos y pequeñas frustraciones; la gente interpretaba mi silencio como frialdad o desinterés, cuando en realidad necesitaba tiempo para confiar.
Con los años aprendí a usarla a mi favor: en cenas largas me convierto en observador atento, y esas conversaciones que otros dan por perdidas se vuelven profundas cuando me animo a participar. En bares, hechos tan comunes en la vida social española, una sonrisa sincera o una pregunta directa suelen romper el hielo sin necesidad de hacer un show.
Hoy valoro que la timidez me obligó a afinar la escucha y a seleccionar mejor mis vínculos. No es algo que haya desaparecido, pero sí que se ha transformado en una forma diferente de estar entre la multitud: no menos auténtica, solo más deliberada y, a veces, más reconfortante para las amistades que realmente importan.