Donde el amor me dejó vacía
El día en que Rosa, el amor de mi esposo, enferma terminal, dio a luz a su hijo, mis suegros contrataron a diez guardaespaldas para vigilar la sala de partos y asegurarse de que yo no apareciera a hacer un escándalo.
Pero la verdad es que nunca fui.
Mi suegra, Melina, le tomó la mano a Rosa conmovida:
—Rosa, mientras estemos nosotros aquí, ¡Fiona jamás podrá hacerte daño a ti ni a tu bebé!
Mi esposo, Benito Cruz, con ternura en la mirada, la acompañaba durante el parto, secándole el sudor de la frente.
—Tranquila, mi padre está con su gente en la entrada del hospital. Si Fiona se atreve a venir, la sacamos en el acto.
Al ver que pasaban las horas y yo no aparecía, por fin se tranquilizó.
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