Sin Salvación
Nerea, sosteniendo su cuerpo al límite de la extenuación, hizo zumbar con fuerza amenazadora el machete mellado en su mano.
—¡Vengan! ¡El que se atreva, muere!
—¡Dicen que ya no puedo matar! ¿Se atreven a apostar?
Nerea rugió con voz ronca, pero realmente no le quedaban fuerzas.
El machete, antes ágil, ahora era terriblemente pesado. En medio de un movimiento, se le escapó de las manos y cayó a más de dos metros de distancia.
En ese momento, estallaron risotadas en toda la sala.