ログインHabía pasado una semana desde que fui llevada a ese lugar, y las cosas no habían mejorado. Cada día era una lucha constante por mantener mi dignidad, aunque no siempre lo lograba. Las mujeres que, como yo, estaban atrapadas allí por la fuerza, me trataban con desprecio, especialmente aquellas que habían sido rentadas por Madame de la Crow. Yo no me dejaba pisotear, siempre devolvía los insultos y las provocaciones, pero eso solo terminaba en castigos más severos. Cada vez que me daban una paliza o me humillaban, me preguntaba cuánto más podría resistir.
Una tarde, después de un castigo particularmente doloroso, me acerqué a Susan, buscando respuestas. A pesar de mi determinación por mantenerme firme, ya no entendía por qué las mujeres rentadas me trataban tan mal.
—¿Por qué me odian tanto? —le pregunté, con los ojos llenos de frustración.
Susan me miró con una expresión triste, casi resignada.
—Es más que obvio —respondió, sin rodeos.
Fruncí el ceño, sin comprender del todo. Fue entonces cuando Sol, la chica de cabello castaño y actitud ruda, se acercó a nosotras, escuchando la conversación con atención. Era evidente que todas las mujeres que vivían allí compartían una sensación de celos, pero yo no podía entender por qué yo era el objetivo.
—Lo que pasa, Yia —dijo Sol con voz grave—, es que todas están celosas de ti. Celosas de que tú puedas ser comprada. Ellas no tienen esa opción. Son las que quedan, las que nadie quiere.
No entendía. No podía comprender cómo algunas de esas mujeres, que aparentemente tenían la opción de quedarse o irse, seguían en ese lugar.
—¿Por qué están aquí entonces? —pregunté, desconcertada.
Sol suspiró, como si le costara hablar de ello, y luego miró a la mujer que estaba en una esquina, apartada de todas las demás.
—Ellas son las mujeres que no se vendieron en el pasado. Ahora tienen que vender su cuerpo todos los días. Nosotras somos mercancía, Yia, pero ellas... ellas son las que no lograron escapar, las que no consiguieron un comprador en la última subasta. Ahora tienen que vivir vendiendo su cuerpo a quien se les ofrezca.
Me quedé en shock. No podía creer lo que estaba oyendo. Nunca imaginé que las cosas pudieran ser tan horribles.
—Pensé que ellas estaban aquí por decisión, por dinero —murmuré, mirando hacia donde Sol había señalado a la mujer, Clara, que estaba perdida en sus pensamientos.
Sol negó con la cabeza, y su rostro se endureció.
—No. Clara, la de ahí —dijo, señalándola de nuevo—, me lo advirtió. Si no nos venden con algún magnate, seremos rentadas el resto de nuestras vidas. No tenemos opción. Es un ciclo del que no se puede salir.
Sentía que mi mundo se desplomaba. El horror que ya había experimentado hasta ese momento parecía empeorar con cada palabra.
—No sé cuál de los escenarios es peor —respondí, con un nudo en la garganta. No podía imaginar una vida como la de esas mujeres.
—Llevo dos meses aquí —dijo Sol, con una mirada sombría—. Esta es mi primera subasta. Ojalá alguien me compre, o acabaré como todas ellas, pasando de un hombre a otro, vendiéndome, sin poder salir jamás.
Susan suspiró, y su voz tembló un poco cuando habló.
—Yo llevo tres meses aquí. Esta es mi última subasta. Si no me compran, terminaré como ellas, o peor... seré una de las rentadas.
Miré a las mujeres que estaban a mi alrededor, sintiendo una desesperación creciente. ¿Qué sería de ellas después de la subasta? ¿Y qué sería de mí?
Antes de que pudiera decir algo más, los hombres de Madame entraron en la habitación, interrumpiendo nuestra conversación. Uno de ellos nos indicó que nos preparáramos. El gran día había llegado. Madame de la Crow realizaría la subasta, y no había vuelta atrás.
Traté de calmarme, pero la sensación de terror crecía dentro de mí. Sabía que la subasta no solo decidiría mi destino, sino que también marcaría el comienzo de una nueva etapa en mi vida, para bien o para mal. No podía dejar de pensar en lo que estaba por venir, pero una cosa era segura: no estaba dispuesta a rendirme sin luchar.
Las mujeres nos levantamos, temblorosas pero firmes, sabiendo que ese día podría ser el final de nuestro sufrimiento... o el inicio de un tormento aún peor.
Me miré en el espejo del pequeño vestidor donde me habían dejado para prepararme. El reflejo que me observaba me hizo sentir una asfixiante oleada de repulsión. El vestido que Madame había elegido para mí era una prenda de seda roja, ajustada al cuerpo, con un escote profundo que dejaba muy poco a la imaginación. La abertura en la falda permitía que mis piernas quedaran expuestas, como si la pieza de ropa no fuera más que una forma de exhibirme ante los demás. El solo hecho de ver mi imagen allí, tan vulnerable, me hizo sentir realmente sucia, como si mi dignidad ya no me perteneciera.
Quise gritar, arrancarme ese vestido, borrar la imagen de mí misma que me devolvía el espejo. Pero nada de eso podía cambiar lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué me estaba pasando esto a mí? ¿Por qué tenía que ser mi vida la que se desmoronaba de esa manera?
La rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho, pero lo que más me atormentaba era la impotencia. Quería luchar, salir de allí, pero algo en mi interior me decía que ya no quedaba mucho por hacer. No podía ignorar lo que había ocurrido unos días atrás.
Una nueva chica había llegado al lugar, una joven que, al igual que yo, parecía tener la misma determinación en sus ojos. Era una guerrera, una chica que no se rendiría fácilmente. Pensé que, tal vez, podría encontrar en ella una aliada, alguien con quien compartir mis miedos y esperanzas de escapar. Pero Madame no estaba de buen humor ese día, y la chica fue castigada de manera cruel. Los gritos y súplicas de la joven resonaron en los pasillos esa noche, desgarrando el silencio de la casa. Yo y las demás chicas escuchamos, aterradas, sin saber con certeza qué estaba pasando.
Al día siguiente, la chica regresó al cuarto, pero ya no era la misma persona. Había algo en sus ojos, algo roto, algo que no podría describir con palabras. La joven ni siquiera decía una palabra. Su mirada estaba vacía, su rostro una máscara de desesperación. Parecía una sombra de lo que había sido, y esa imagen quedó grabada en mi mente como una advertencia de lo que podría pasarme a mí.
Esa misma noche, la chica se quitó la vida.
El golpe fue brutal. Para todas las que estábamos en ese lugar, fue un recordatorio doloroso de la realidad en la que vivíamos. La joven que había llegado con la misma fuerza que yo, había decidido que no podía soportarlo más. No se podía escapar de ese lugar. La muerte parecía ser la única salida.
Las palabras de Sol resonaron en mi cabeza, esas mismas palabras que había escuchado hacía un momento: "Si no nos venden, seremos rentadas el resto de nuestras vidas". Y aquella chica que había intentado resistir, había optado por la única libertad que le quedaba.
No podía evitar preguntarme: ¿Era esa la única manera de ser libre? ¿Era esa la única forma de escapar del dolor y la humillación que nos esperaba? ¿Morir?
Las lágrimas se acumulaban en mis ojos mientras miraba mi reflejo en el espejo, mi propia imagen, y me preguntaba si sería capaz de soportarlo todo. Podía sentir que la desesperación comenzaba a tomar su lugar en mi corazón. Pero una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo en lo más profundo de mi ser, aunque no sabía por cuánto más tiempo podría mantenerla encendida.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







