Partager

17. Dalia.

Auteur: Nocturnal
last update Date de publication: 2022-03-24 10:01:43

Dalia, al igual que tantas personas que había conocido en los últimos días resulto no ser como esperaba o temía. Era una chica bastante educada, de cabello negro, saltones ojos castaños y usaba tanto maquillaje como si estuviera a punto de caminar en una pasarela en Paris: pestañas postizas, sombra para ojos dorada y labial rojo oscuro. Llevaba puesto un vestido verde esmeralda con un delicado bordado de flores multicolores complementado por unos altos tacones dorados.

-Supongo que conoces la razón de mi visita. -dijo Christian cuando se sentó a la mesa después de saludarla. - ¿Ya te dieron la noticia?

-Así es, aunque no veo por qué es una mala idea. Sabemos que para nuestros padres el matrimonio es una transacción más… esto era inevitable. -hizo una seña a la mesera del discreto restaurante en una terraza del centro. - Tu no me desagradas y la verdad preferiría casarme contigo que con un completo extraño.

-Pero no nos amamos…

-Mis padres tampoco se amaban. Es cuestión de negocios, nada más.

Miré mis manos, yo y el chofer de Dalia estábamos en la misma terraza, aunque no compartíamos su mesa podíamos escuchar cada palabra. Él evitaba mirar a Dalia, dándome la impresión de que había sentimientos ocultos ahí, algo que moría por gritar a los cuatro vientos a sabiendas de que era imposible. No me imaginaba casándome sin amar a mi futuro esposo y claramente él tampoco. A sus familias les importaba tan poco que fueran felices…

- ¿Lleva mucho tiempo trabajando para el señor Daleman? -preguntó el chofer distrayéndome de su conversación.

-No, de hecho, acabo de empezar. ¿Y usted?

-Trabajo para la señorita Dalia desde hace cinco años.

-Vaya, es mucho tiempo.

-Sé que no es mi lugar, pero creo que usted mira con cierto aprecio al señor Daleman y le recomiendo que lo olvide. Aun cuando él quisiera una relación con usted, su padre jamás permitiría algo semejante. -en sus ojos brillaba la tristeza de haberlo experimentado en carne propia. -Si valora su trabajo entierre esos sentimientos lo más profundo que pueda y olvídelos lo antes posible, se ahorrará mucho dolor.

-Yo no siento nada por el señor Daleman.

-Claro.

- ¿Usted siente algo por la señorita Dalia?

-Sentía, hace años su familia me dejo muy en claro que nunca estaría a su nivel.

Hizo una pausa, la mirada fija en el mantel blanco ondeado por el viento de la ciudad. Nos sentamos ante una mesa vacía. Alrededor se veían los altos y antiguos edificios del centro, una de las vistas más hermosas de la ciudad. A lo lejos se veía el campanario de la catedral y cada cierto tiempo se escuchaban las campanadas.

- ¿Sabe que una de las campanas estaba castigada? -cambió de tema de repente. -Por una muerte durante años no pudo sonar, no recuerdo si ya acabó el castigo...

-Debe ser triste, no poder hacer lo único para lo que fuiste creado. -especulé.

-Eso creo.

Miré de reojo la mesa de al lado, donde Christian hablaba con Dalia, él que soñaba con dedicarse al arte y ella, quien hacía de todo para impresionar a su padre y ser vista como una igual ante sus hermanos. Y aparte estábamos nosotros completando ese cuadro de sueños rotos; el chofer enamorado de su pasajera y la novia que enviudó antes de casarse. Debíamos ser el grupo de personas más desafortunado en aquel restaurante.

Una exclamación de Dalia me hizo prestar atención de nuevo a su plática, al parecer había escalado un poco en los últimos momentos.

-Dime, ¿Qué tengo de malo? Sería una buena esposa, no te molestaría para nada y en unos años, cuando nuestros padres estén tranquilos podríamos divorciarnos. -insistía ella, su plato de ensalada olvidado en la mesa. - ¿De verdad soy tan terrible?

-No es eso, sucede que yo estoy enamorado de alguien y no puedo ignorar esos sentimientos, ni siquiera por orden de mi padre.

- ¿No saliste con Luisa porque fue su idea?

-Para nada, de hecho, en un inicio también se oponía a ella. No me quería ver con una simple empleada de la empresa, por muy prestigiosa y eficiente que ella fuera.

Su tono al hablar de Luisa se volvió más suave, como si a pesar de todo lo malo recordara al menos algunos buenos momentos capaces de aliviar un poco el dolor y de provocar nostalgia. El amargo rompimiento era de alguna manera endulzado por los tiempos anteriores, cuando todo era bueno y creían haber encontrado al amor de su vida en el otro. Christian se levantó de repente, lo imité, si decidía irse no tenía sentido que yo me quedara.

-Supongo que no tiene sentido intentar convencerte. -Le dijo a Dalia. - Ojalá recapacites, aunque algo me dice que no lo harás.

-Y yo espero que entiendas de una vez por todas, que esto es lo mejor para todos.

-Excepto para nosotros. Rachel, es hora de irnos.

Nos fuimos, antes de salir de la terraza miré atrás, a donde Dalia miraba su plato enfurruñada y a escasos metros la miraba el hombre que más la amaba en el mundo. Era una m*****a tontería. Sólo a Daleman se le ocurriría poner de cabeza así la vida de los demás.

- ¿Puedo preguntarte algo? -preguntó Christian en el auto mientras regresábamos a la oficina temporal.

-Acaba de hacerlo. -respondí.

-Bueno, algo más.

-Claro.

-Hasta hoy nunca habías mencionado a tu prometido, ¿por qué?

-No es el tipo de cosa que vaya divulgando a todo el mundo. Mire, odio la forma en que me mira la gente cuando se entera y no necesito la lástima de nadie. -le expliqué, sin aclarar que la muerte de mi prometido era el motivo por el cual algún día sería acusada por el asesinato del señor Daleman y entre menos personas supieran más tiempo tardarían en llegar a la verdad. - El no habría querido verme triste por el resto de mi vida…

El resto del camino pasó en silencio, no nos habíamos alejado tanto pero el tráfico de la tarde podía convertir un trayecto de una hora en las cuatro horas más estresantes de la vida. Christian se entretuvo en su teléfono, yo me dediqué a ver a las personas mientras caminaban por la calle, algunos con demasiada prisa y otros paseando como si fuera un domingo por la tarde, libre de responsabilidades o lugares a dónde ir. Lo que más me sorprendió al mudarme a la Ciudad de México fue su alocado ritmo de vida, era una ciudad en perpetuo movimiento donde todos parecían tener prisa.

-Ya llegamos. -nos avisó el chofer, efectivamente estábamos en frente de la oficina temporal, justo a tiempo para la hora de la salida. - ¿Debería llevarlos a sus casas?

-No será necesario, puedes irte a casa. -respondió Christian con su voz llena de autoridad. -Voy a ponerme al corriente.

- ¿Y la señorita Rachel?

-Le agradezco, pero tengo que ir a otro lugar de camino, no se preocupe. -dije.

Los dos bajamos y esperamos a que el coche se alejara para despedirnos.

-Bueno…

-Señor…

Los dos hablamos al mismo tiempo y nos detuvimos en un incómodo silencio, esperando a que el otro hablara de nuevo.

-Gracias por acompañarme. Lamento no tener resultados, pero tu trabajo aquí está asegurado.

-Lo sé, señor. ¿De verdad va a quedarse aquí?

-Claro, no puedo atrasarme. El trabajo se acumula cuando lo dejo para el final, prefiero adelantar un poco.

Tras esa corta conversación nos despedimos, él entró al edificio y yo caminé de regreso a mi casa. Aun no anochecía y disfruté la caminata bajo el sol vespertino, algo en el ambiente me llenó de una calma que no había sentido en años. Quizás por eso tardé varios minutos en notar al hombre que me seguía, pero apenas me di cuenta me apresuré a cambiar de rumbo, con la esperanza de perderlo o alejarlo de mi casa, acababa de atravesar la calle cuando dijo algo que me hizo detener el seco, como si el mundo entero se hubiera detenido.

- ¡Espera, Adriana! Necesito hablar contigo sobre tu padre.

-Don P**e. -Respondí instintivamente a aquella voz salida del pasado.

La mención de ese nombre olvidado a favor de mi venganza me clavó al suelo, no era posible, me había vuelto el perfecto opuesto a quien solía ser ¿cómo me había reconocido?

- ¿Eres tú, Adri? Estas muy cambiada, casi no te reconozco. - Dijo P**e acercándose, era el mejor amigo de mi padre antes de que su familia se mudara lejos unos meses antes de la llegada del señor Daleman. Alto, robusto, pero de aspecto benevolente, no había cambiado casi en nada. - Te he estado buscando…

-Lo lamento, don P**e, espero no haberle causado mucha molestia.

-Buscar a mi ahijada nunca será una molestia. Esa madre tuya no supo decirme siquiera si estabas vivía, ni parecía importarle. Me dijo que te dejara tranquila, pero no puedo seguir cargando con esto por más tiempo. ¿Podemos hablar en algún lugar?

Asentí antes de guiarlo a mi apartamento, si íbamos a hablar sobre mi padre sería mejor hacerlo en donde de verdad nadie pudiera escucharnos. Una vez ahí comentó que sólo me reconoció porque llevaba días siguiendo mi rastro en la ciudad y al verme decidió seguirme, temeroso de asustar a alguna pobre chica desconocida.

- ¿Gusta un café?

-Por favor, Adri.

Preparé dos tazas de café instantáneo, el suyo con un chorrito de leche evaporada y dos cucharaditas de azúcar, como solía tomarlo cada fin de semana al visitarnos. No necesitaba esforzarme para recordarlo sentado junto a mi padre, los dos con una taza de café humeante hablando hasta el atardecer e ignorando las miradas de desaprobación de mi madre. A ella nunca le agradó don P**e, en realidad aparte del señor Daleman nunca la escuché hablar bien de alguien.

- ¿Por qué me buscaba, don P**e?

-Porque una semana antes de su muerte tu padre me visitó, estaba asustado, casi paranoico. -dijo entre sorbos de café, su mirada perdida en el reino de los recuerdos. -le ofrecí quedarse por unos días, pero dijo que iba de paso y necesitaba seguir moviéndose. Con toda la seriedad del mundo me dijo: “alguien quiere matarme, P**e”, yo me reí. Entonces se molestó y me pidió que, aunque no le creyera, le hiciera un último favor y accedí.

- ¿Qué le pidió?

-Ustedes los jóvenes siempre son tan impacientes, mi hijo también es así ¡son idénticos!…

-Don P**e.

-Me pidió que guardara esto. -Sacó de su bolsillo un sobre doblado a la mitad. -Dijo que debía dártelo si lo peor llegaba a pasar, cuando supe sobre su muerte intenté hacerlo, pero ya te habías ido y nadie sabía a dónde.

-Gracias don P**e. -dije tomando el sobre, en una de las esquinas había una pequeña nota escrita con tinta verde, se leía “Adri, lamento que esta carta haya llegado a tus manos, te quiero”- De verdad le agradezco que me haya buscado.

-Es lo menos que podía hacer. Siempre me sentiré culpable por no haberle creído. Quien sabe, si le hubiera ayudado más quizás estaría aquí con nosotros…

-O tal vez usted tampoco estaría aquí para entregar la carta. No tiene sentido culparse por el pasado. - le aseguré, nunca culparía a don P**e por las acciones de un hombre ambicioso y sanguinario. -Mi padre jamás le habría pedido que se arriesgara por él.

Después me preguntó por mi vida, si trabajaba y si tenía contacto con mi familia. Le contesté que todo estaba bien. No iba a involucrarlo en mis planes, él prometió jamás volver a seguirme en la ciudad y me dio su número, por si necesitaba algo. Verlo me hizo extrañas mi hogar, su gente, sus calles, sus alrededores donde los niños podíamos jugar sin miedo.

-Por favor, no vuelvas a desaparecer Adri. Temí que algo te hubiera pasado también a ti. -me dijo a la hora de despedirnos mientras lo acompañaba a la puerta.

-Le hablaré cuando pueda, lo prometo.

-Muy bien, esperaré tu llamada.

Apenas me quedé sola en el apartamento me senté a la mesa, justo enfrente de la carta. Estaba tan cerca que tenía miedo de abrirla. Conteniendo la respiración abrí el sobre…

Continuez à lire ce livre gratuitement
Scanner le code pour télécharger l'application

Dernier chapitre

  • Daños Colaterales   48. Dos meses después

    Miré el pasillo, las sillas vacías acomodadas a cada lado y el altar al otro lado. Todo estaba listo para la boda, adentro de la cabaña se preparaba la comida para la fiesta y Christian se arreglaba, sería la boda perfecta, de eso no tenía la mejor duda. - ¿Estas lista?- Le pregunté a Luisa, ella esperaba cerca, una bata larga cubría su vestido blanco. Nunca esperé que una noche de copas después de aventarle huevos a la casa de su ex fuera a convertirnos en buenas amigas, o que después de eso él le suplicaría que regresaran o que ella aceptaría gustosa. Mi vida cambió radicalmente mientras esperaba a que Christian saliera del hospital y cuando al fin lo hizo pude estar a su lado durante su recuperación, conciente de que cada instante de su sufrimiento pudo ser evitado si tan solo hubiera confiado un poco más en él. Cuando lo vi salir del hospital, pálido y con una mueca de dolor en sus delgados labios, me prometí que nunca volvería a verlo lastimado por mi causa. - Así es, nunca pe

  • Daños Colaterales   47. Reencuentros.

    Decir que me sorprendió ver a mi madre sería restarle importancia al suceso. No la había visto desde el funeral… nuestra última reunión fue hostil y yo decidí no buscarla cuando decidió irse a la ciudad a perseguir su olvidado sueño de ser actriz. Las dos dijimos, más bien gritamos, cosas terribles que probablemente ninguna había olvidado o perdonado, palabras dichas con la única intención de lastimar. Nunca fui muy cercana a ella, mucho menos después de la muerte de mi padre. Su muerte también fue la de nuestra familia como la conocíamos. No había cambiado mucho desde la última vez que la vi, solo lucía más arreglada. Ahora llevaba el cabello rizado y teñido de un color cobrizo. Llevaba un abrigo negro, zapatos de tacón alto, labios pintados de rojo... nunca la había visto lucir tan bien. Una parte de mi ser la odiaba por eso. Quizás nunca podría mirarla tan feliz sin recordar el pasado, cuando le dio la espalda a todos. - ¿Podemos hablar? Hay una cafetería cerca de aq

  • Daños Colaterales   46. Al final...

    El momento pareció congelarse, con nosotros tres ahí, en la encrucijada al final del camino. Era el problema final… Sentía mi respiración demasiado fuerte y tanto Christian como Antonio parecían dos gatos a punto de destrozarse con colmillos y garras. Por lo menos Antonio tendría que decidir a quién intentaría matar primero, eso considerando, claro está, que estuviera solo.-Vete, Daleman. - Solo me iré si ella me lo pide. -respondió él con mirada desafiante.- Si quieres que siga con vida… deberías pedirle que se vaya. Ahora. - Advirtió Antonio.- Christian…-comencé a decir, no estaba muy segura de qué palabras usar para decirle lo mucho que lamentaba toda la situación, nunca debí involucrarlo, nunca debí dejarlo sin una explicación, nunca debí enamorarme de él, sin embargo, ahí estábamos, los dos en el claro del bosque donde mi vida se hizo pedazos.- No.- Aún no digo nada…- La respuesta es no. Sé que quieres protegerme de todo esto, pero no lo necesito y yo decidí buscarte y dec

  • Daños Colaterales   45. De regreso al bosque.

    Si pensábamos que tendríamos tiempo para prepararnos antes de tener que confrontar Antonio, estábamos completamente equivocados. No nos permitimos ni una noche de libertad, sabíamos que debíamos aparentar normalidad y tranquilidad mientras en realidad nos encontrábamos planeando una salida a la situación.- Antonio no es tan impulsivo como mi padre, pero no va a desperdiciar el tiempo.- Eso no puedo asegurarlo. - respondí recordando cómo Antonio solía ser conocido por su espontaneidad y por saltar antes de mirar abajo. - Ahora me confunde mucho… siento que en realidad nunca lo conocí.- Debió ser toda una sorpresa para ti. -Christian tomó mis manos entre las suyas, estábamos sentados en la sala de su apartamento.- Solo un poco… digo, sí me sorprendió, pero Lucía me lo advirtió justo a tiempo. Si no, ¿Quién sabe si lo habría creído?- Me gusta pensar que habrías visto la verdad. Quizás no al inicio, pero eventualmente.Miré sus manos, dobladas sobre su regazo. Me sentía tan cobarde,

  • Daños Colaterales   44. Ahora estamos solos.

    Al día siguiente Christian me despertó con el sonido de sus pasos de un lado al otro de la casa. Solo caminaba así cuando se sentía increíblemente ansioso. En contadas ocasiones lo había visto tan preocupado, y eso incluía varias reuniones con su padre. Debería levantarme del sillón y buscarlo, ¿cómo llegué al sillón? Lo último que recordaba era caer de rodillas en el suelo de madera, incapaz de contener las lágrimas y dos fuertes brazos rodeándome en un cálido abrazo.Mis sueños estuvieron plagados de una mezcla entre recuerdos del pasado y del día anterior. Veía a Antonio, joven, lleno de sueños recostado a mi lado sobre el césped, antes mirábamos las estrellas con los corazones llenos de esperanza… lo veía en el sótano, con el estómago pesado por la culpa y después nos encontrábamos en aquel claro del bosque, bajo un cielo sin estrellas. El olor a pólvora me asfixiaba. Él me miraba, los ojos vacíos de toda emoción… Despertar fue un verdadero alivio.La conversación con Antonio fue

  • Daños Colaterales   43. El enemigo.

    Tras dos semanas de encierro en la cabaña todos comenzábamos a volvernos un poquito locos. Christian pasaba casi toda la noche despierto haciendo llamadas e investigando, mientras que el ruido despertaba a Antonio y lo hacía pasar el día de mal humor. Sus pesadillas aún lo atormentaban de noche, aunque no eran tan terribles como las de aquel primer día en la cabaña. Yo intentaba mantener la cordura aun cuando escuchaba a uno quejarse del otro a cada oportunidad posible.- No lo soporto. ¿Sabes que es un maldito egoísta? Siempre se acaba el agua caliente y claro, no puedo decir nada porque es su casa… pero también se toma la última taza de café todos los días…-se quejaba Antonio cuando estábamos solos.Christian era menos vocal en su desagrado, solo se apresuraba a salir de cualquier habitación donde estuviera Antonio. “Va a ser imposible que se lleven bien” pensé. Eran peor que perros y gatos, con uno gritando y quejándose como niño chiquito y el otro haciendo lo mejor para manteners

Plus de chapitres
Découvrez et lisez de bons romans gratuitement
Accédez gratuitement à un grand nombre de bons romans sur GoodNovel. Téléchargez les livres que vous aimez et lisez où et quand vous voulez.
Lisez des livres gratuitement sur l'APP
Scanner le code pour lire sur l'application
DMCA.com Protection Status