MasukEl aire se me volvió fuego en los pulmones. Olvidé la puerta de entrada, olvidé la huida y cualquier instinto de preservación. Una ola de odio puro y destructivo me nubló el juicio por completo. Giré sobre mis talones, movida por una rabia ciega que jamás imaginé poseer, y caminé con paso firme guiándome por el sonido de la risa que me taladraba la cabeza.
Irrumpí en el salón con el pecho agitado y el rostro desencajado por la furia. La sala era enorme y acogedora, iluminada por la luz tenue de una chimenea encendida y decorada con sofás de cuero marrón y muebles de madera fina. Sentados juntos en el conjunto de muebles principales, se encontraban tres personas: Kael y Kai y entre ellos, recostada con absoluta holgazanería, se hallaba Chloé. Kai fue el primero en notar mi presencia al verme parada en el umbral de la sala de estar. Su expresión relajada cambió de golpe, intentó incorporarse levemente y alzó las palmas hacia mí para frenarme. —Mila, no deberías estar aquí, regresa a la habitación... —comenzó a decir Kai, intentando utilizar un tono de voz firme pero persuasivo para detener mis pasos. Lo ignoré por completo. Mi mente borró sus palabras como si el viento se las hubiera llevado Toda mi atención, mi odio se concentraron únicamente en Chloé. La perra ni siquiera se inmutó al verme entrar; al contrario, se acomodó mejor sobre los cojines del sofá, me examinó de arriba abajo con desdén y lentamente curvó las comisuras de los labios en una sonrisa burlona. —Vaya, buenos días, dormilona —soltó Chloé con un cinismo repugnante, empleando la misma ligereza afectada con la que me saludaba en las mañanas. Aquella burla terminó por destrozar los últimos restos de cordura que me quedaban. Fue en ese preciso instante cuando mis ojos se desviaron frenéticos hacia un costado de la entrada del salón. Sobre una mesa auxiliar, reposaba un jarrón pesado de cerámica artesanal en tonos café y dorado. Cegada por la ira, di dos pasos rápidos, lo sujeté con ambas manos sintiendo el peso frío del adorno contra las palmas y me volví hacia ella. Apreté el agarre sobre la cerámica y, antes de arrojarle el jarrón, le dejé ir un alarido desquiciado desde el fondo de mis entrañas: —¡Mataste a mi madre y te atreves a sonreírme y darme los buenos días, perra! Alcé el jarrón con todas las fuerzas de mis brazos y lo arrojé hacia adelante, lanzando el pesado objeto directo hacia su rostro. Chloé abrió los ojos de par en par ante la brutalidad del ataque e instintivamente apenas alcanzó a esquivarlo, arrojándose a un lado del sofá en un movimiento torpe y desesperado. El jarrón le pasó rozando la oreja y terminó estrellándose contra el suelo detrás del mueble, haciéndose mil pedazos en una detonación escandalosa de barro y esquirlas que resonó por todo el salón. No me detuve. Me tiré sobre el sillón sin importar los pedazos rotos, estirando los dedos con la intención salvaje de agarrarle la melena y estrellarla contra el piso. —¡Mila, basta ya! —intervino Kai, poniéndose de pie de un salto y cruzando la distancia con rapidez para interponerse entre las dos. Intentó abrazarme por la cintura para frenar mi avance, pero me giré sobre mi propio eje y le asesté un manotazo violento en pleno rostro. —¡No me toques! ¡Aléjate de mí! —le grité, dándole un empujón cargado de rabia que lo hizo tambalearse un par de metros hacia atrás—. ¡No te atrevas a ponerme una sola mano encima! Chloé trataba de ponerse de pie desde el piso, despeinada y con el rostro pálido por el susto del impacto. Aproveché que Kai había quedado fuera de mi camino por un segundo y volví a abalanzarme sobre la asesina de mi madre. Mis uñas estaban a punto de clavarse en su cuero cabelludo cuando una figura mucho más grande se atravesó de golpe en mi caminó. Antes de que pudiera rozar a Chloé, un agarre inflexible me sujetó por las muñecas, deteniendo mi impulso con una firmeza brutal. Kael se había levantado del sofá con un movimiento rápido y dominante. Sin mostrar la menor consideración por mis gritos, mis patadas o los tirones desesperados que le propinaba para soltarme, utilizó la fuerza aplastante de su torso para inmovilizarme contra su pecho. Me alzó los brazos hacia arriba, pegándolos a mi cuerpo, y apretó su mano libre contra la parte posterior de mi cuello para neutralizar cada una de mis sacudidas. —¡Suéltame! ¡Déjame matarla! ¡Es una maldita asesina! —grité, retorciéndome en su agarre mientras las lágrimas de rabia volvían a nublarme la vista—. ¡Suéltame, Kael! —¡Se acabó el espectáculo, Mila! —la voz de Kael no fue un grito fuera de control, sino una orden grave, profunda y helada que hizo silenciar la estancia por completo. Mientras Kai intentaba recomponer su postura a un lado y Chloé se ponía de pie sobándose el hombro con mala cara, Kael no se movió ni un solo milímetro. En sus rasgos no había enojo ni alteración; únicamente se apreciaba un reflejo de diversión, como si estuviera contemplando el berrinche inútil de una criatura salvaje. Con un movimiento firme de la mano que mantenía en mi nuca, me obligó a erguir la cabeza, atrapándome la mandíbula con los dedos para impedir que esquivara su contacto. Me vi forzada a clavar la mirada en sus ojos azulados y penetrantes. —Escúchame muy bien —murmuró Kael, inclinándose lo suficiente para que su aliento me rozara la piel del pómulo, hablando con una frialdad letal que me puso los pelos de punta—. La puerta estaba abierta porque nosotros lo planeamos así. Estás en mi terreno, en mi casa y bajo mi absoluto dominio. Traté de soltar un mordisco o propinarle un golpe con la cabeza, pero el apretón de sus dedos sobre mi rostro se volvió imperceptiblemente más firme, anulando cualquier intento de rebelión física. —Chloé hizo exactamente lo que le ordenamos para traerte hasta aquí —siguió Kael, sosteniéndome la mirada con una serenidad insoportable—. No vas a ponerle un solo dedo encima en esta casa, ni vas a volver a montar un espectáculo rompiendo las cosas del salón. A partir de este momento vas a aprender a comportarte y a aceptar tu realidad, o te prometo que la consideración que hemos tenido contigo se va a terminar de la peor manera. Me quedé jadeando contra su pecho, sintiendo el calor firme de su cuerpo reteniéndome como a una prisionera sin escape. Miré a mi alrededor y vi a Chloé mirándome con resentimiento. Todo había sido un juego para ellos, una trampa diseñada con crueldad para romperme el espíritu desde el primer día. Sin embargo, aunque la impotencia me estuviera quemando por dentro, le sostuve la mirada a Kael con los ojos encendidos en odio, dejándole claro con mi silencio que, aunque mi cuerpo estuviera atrapado en su terreno, jamás lograrían doblar mi voluntad.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







