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Visitas Inesperadas

ผู้เขียน: Jhodde
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-23 11:32:29

El sol de la tarde se filtraba entre los edificios del East Village, proyectando sombras alargadas sobre la fachada de «El Refugio del Lector». Dentro, la vida transcurría con su habitual cadencia de papel y café, hasta que el tintineo de la campana anunció una entrada que Elena ya empezaba a reconocer por el simple cambio en la presión atmosférica del local.

Alexander Sterling entró, tratando de que su presencia pareciera casual, aunque un hombre de su porte jamás lograba pasar desapercibido entre estanterías de madera vieja. No llevaba su maletín de cuero esta vez. En su lugar, sostenía un pequeño paraguas de seda negra, a pesar de que el cielo de Nueva York estaba de un azul insultantemente despejado.

—Señor Sterling —saludó Elena desde lo alto de una escalera, donde reubicaba una sección de autores clásicos rusos—. A menos que haya una tormenta invisible que solo usted puede ver, ese paraguas me parece un accesorio un tanto pesimista.

Alexander se detuvo junto a una mesa de novedades, fingiendo un interés repentino en una biografía sobre Napoleón. Sus movimientos eran rígidos, una armadura de protocolo que intentaba ocultar una inquietud que Elena encontraba fascinante.

—Olvidé mi paraguas aquí la noche de la tormenta —mintió él, su voz conservando ese tono aterciopelado que siempre lograba erizarle el vello de los brazos a ella—. He venido a recuperarlo. No me gusta dejar mis pertenencias en manos ajenas.

Elena bajó los escalones con una sonrisa contenida. Se detuvo a dos peldaños del suelo, quedando casi a la altura de los ojos grises de él. Podía olerlo desde allí: sándalo, éxito y esa nota gélida que siempre parecía acompañarlo, pero que ahora se sentía menos amenazante y más… embriagadora.

—Curioso —dijo ella, bajando el último escalón para quedar frente a él—. Porque el paraguas que dejó aquí era de color gris ceniza y tenía el logo de su corporación. Este que trae en la mano es negro y parece nuevo. Además, el suyo se lo devolvió mi ayudante ayer por la tarde en su oficina. Lo recibió su asistente, ¿recuerda?

Alexander guardó silencio un segundo demasiado largo. Una pequeña vena latió en su sien, el único signo de que su fachada de control absoluto estaba sufriendo una fractura. No estaba acostumbrado a ser descubierto en una inconsistencia, y mucho menos en una tan ridícula.

—En ese caso, debo haberme confundido de accesorio —replicó él, enderezando la postura—. Pero ya que estoy aquí, supongo que podría comprar algo. Me han dicho que su sección de filosofía política es… aceptable.

—Aceptable es una palabra muy pobre para este lugar, Alexander —Elena se acercó un paso más, invadiendo ese espacio vital que él defendía como un baluarte—. Admítalo. No ha venido por un paraguas ni por Maquiavelo. Ha venido porque este lugar tiene algo que su oficina de mármol no tiene. O quizá porque no puede dejar de pensar en lo que hablamos aquella noche.

La tensión entre ambos se volvió eléctrica, una corriente invisible que hacía que el aire en la librería pareciera más pesado. Alexander bajó la mirada hacia los labios de Elena, un gesto rápido, casi imperceptible, pero que cargó la habitación de una expectativa peligrosa. Ella notó cómo la respiración de él se volvía más profunda, y sintió un calor repentino subiendo por su propio cuello.

—Usted es una distracción, señorita —dijo él, su voz bajando a un registro más oscuro—. Y yo no tolero las distracciones en mis proyectos. Este edificio sigue siendo una prioridad para Sterling Enterprises.

—Entonces, ¿por qué sigue aquí parado discutiendo sobre paraguas inexistentes en lugar de estar con sus abogados? —desafió ella, acortando la distancia hasta que solo unos centímetros los separaban—. Si soy solo una distracción, sáqueme de su sistema y váyase.

Alexander no se movió. La miró fija y profundamente, con una intensidad que parecía querer despojarla de todas sus defensas. Por un momento, Elena creyó que él iba a romper la distancia, que su mano enguantada en elegancia iba a sujetar su cintura para zanjar la discusión con algo mucho más primitivo que las palabras. La atracción era un abismo entre ellos; él representaba la frialdad del acero y ella el fuego del hogar, y el choque prometía ser devastador para ambos.

—No es tan sencillo —murmuró Alexander, y por primera vez, hubo una grieta real en su cinismo—. Hay algo en usted que me resulta… irritante. Como una canción que no puedo dejar de tararear aunque odie la melodía.

—A eso se le llama interés, Alexander. Y para un hombre que se enorgullece de su inteligencia, le está costando mucho procesar el dato —Elena extendió la mano y acomodó suavemente el cuello de la chaqueta del magnate. El roce de sus dedos contra la tela y la cercanía de su piel hicieron que él tensara cada músculo.

—Tengo que irme —sentenció Alexander de golpe, rompiendo el contacto visual como si la proximidad quemara—. Tengo una junta en veinte minutos.

—Por supuesto. El mundo no va a dejar de girar porque un multimillonario sienta un poco de vértigo en una librería —dijo ella con una sonrisa triunfal.

Él se encaminó hacia la salida con paso rápido, pero antes de abrir la puerta, se detuvo. Sin mirar atrás, su voz resonó clara en el local.

—Mañana habrá un evento benéfico en el Museo Metropolitano. Una gala de etiqueta. Mi corporación es el patrocinador principal. Necesito que asista de forma oficial para discutir los términos de una… posible alternativa técnica al desalojo que no involucre a mis abogados mediocres.

Elena arqueó una ceja, sorprendida por el giro. Era una invitación disfrazada de estrategia comercial, pero el brillo en la nuca de Alexander delataba que había mucho más en juego.

—¿Es una negociación o una cita, señor Sterling?

—Es una oportunidad para que vea el mundo real, señorita. El mundo que usted busca detener con estanterías de madera —respondió él, abriendo finalmente la puerta—. Pasaré a buscarla a las ocho. Y por favor, intente no traer ninguna biografía de Napoleón como lectura nocturna.

Alexander salió, dejando tras de sí el eco de la campana y un vacío que Elena tardó varios minutos en llenar con el aroma habitual de sus libros. Se tocó el cuello, donde la piel aún hormigueaba por la cercanía de él. Sabía que la gala del Metropolitano era un territorio hostil, el corazón mismo de la arrogancia y la opulencia que Alexander llamaba "mundo real", pero también sabía que, por debajo de toda esa parafernalia de éxito, el hombre que acababa de huir de su librería estaba empezando a buscar, desesperadamente, una razón para volver. El acero de Alexander Sterling estaba empezando a calentarse, y Elena sospechaba que, cuando el metal finalmente se fundiera, no habría contrato de demolición capaz de contener el incendio resultante.

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