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Autor: G.o
last update Data de publicação: 2026-09-08 16:09:06

CAPÍTULO TRES

OJOS GRISES Y MALAS IDEAS

ISLA

¡Oh, Dios mío, joder!

Ojos grises… Eso fue lo primero que noté.

No el ruido, ni el bajo retumbando contra las paredes de la casa de la fraternidad, ni siquiera el calor que presionaba contra mi piel en el momento en que Sonia me abandonó. Solo el color de sus ojos cuando se clavaron en los míos desde el otro lado de la habitación, como si hubiera estado esperando a que levantara la mirada.

Rowan Pierce, sentado como si fuera el dueño del lugar, con una chica apoyada sobre su brazo mientras me miraba. No me saludó ni siquiera se movió; simplemente se quedó mirándome.

Y, de alguna manera, eso apretó un nudo en mi estómago, mucho más de lo que quería.

Mi corazón tropezó y luego aceleró el ritmo mientras apretaba el vaso de plástico que Sonia me había metido en la mano antes de desaparecer entre la multitud.

Aléjate, Isla… Esto no significa nada, ¡y ni siquiera perteneces a este escenario!

Pero ninguno de mis discursos motivacionales internos funcionó.

La habitación estaba llena, por supuesto. Los cuerpos se balanceaban, las risas se derramaban por todas partes y la música retumbaba, pero el espacio entre Rowan y yo se sentía frágil, como si un movimiento equivocado pudiera romperlo.

Me giré ligeramente, fingiendo recorrer la habitación con la mirada y fingiendo que no era plenamente consciente de que él se levantaba del lugar donde estaba sentado y se abría paso entre la multitud.

Y ahí estaba de nuevo, aquel calor bajo en mi pecho mientras el ruido se apagaba.

—Pareces estar a punto de salir corriendo.

Su voz vino desde detrás de mí, lo suficientemente grave como para deslizarse directamente por mi columna.

Estaba cerca… demasiado cerca.

Inhalé lentamente antes de darme la vuelta.

—Podría hacerlo.

La comisura de sus labios se movió, sus ojos grises clavándose en los míos.

—Entonces, ¿por qué viniste?

—No sabía que sería… esto.

Hice un gesto vago hacia el caos que nos rodeaba.

—Sí —dijo, con los ojos recorriendo mi vestido y deteniéndose durante dos segundos de más—. Tú no pareces precisamente de las que encajan en una fiesta de fraternidad.

—Tú tampoco —repliqué antes de poder detenerme, encontrándome con su mirada e intentando no derretirme bajo la intensidad de sus ojos.

Eso le arrancó una sonrisa completa, una que apareció muy lentamente.

—Cuidado —murmuró—. Podrías herir mis sentimientos.

Solté una risita a pesar de mí misma, entrelazando los dedos en mi cabello.

—Sobreviviré.

—Quizá.

Su mirada volvió a bajar, esta vez sin ningún tipo de disculpa, recorriéndome de arriba abajo.

—Te ves hermosa, cariño.

Se me cerró la garganta.

Bien… bien… ¡No te desmayes!

—No deberías decir cosas así.

—¿Por qué? —preguntó suavemente, inclinando un poco la cabeza mientras levantaba las cejas con diversión—. ¿Por tu hermano?

—Sí —respondí inmediatamente, como si intentara recordarme a mí misma que él estaba fuera de mis límites.

Inclinó la cabeza.

—¿O porque tú no quieres que lo haga?

La pregunta llegó demasiado cerca de algo que no quería examinar.

Se acercó aún más, eliminando el pequeño espacio que había entre nosotros.

—¿Asher sabe que estás aquí? —preguntó, y por alguna extraña razón, su pregunta encendió algo de rabia dentro de mí.

—¿Qué quieres decir? ¿Que no respiro sin que mi hermano lo sepa?

Cualquiera pensaría que retrocedería ante mi tono enfadado, pero Rowan demostró que estaba equivocada.

—¿No?

Antes de que pudiera responder, una risa aguda atravesó el momento.

—Bueno, esto es interesante.

Me giré para ver a una chica rubia apoyada contra la encimera a nuestro lado, la misma que estaba recostada sobre su brazo cuando entré. Sus ojos brillaban de curiosidad y había algo más afilado debajo de ella. Me miró de arriba abajo como si estuviera evaluando una amenaza.

—No sabía que la hermanita de Asher North iba a fiestas —dijo, curvando los labios—. Pensé que vivías en la biblioteca.

La mandíbula de Rowan se tensó mientras se giraba para mirarla.

—Lara.

Ella lo ignoró.

—Supongo que las calladas siempre terminan sorprendiéndote.

El calor ardió en mi pecho, además del que ya había estado allí antes.

—Supongo que las ruidosas no —dije en voz baja antes de poder detenerme.

Rowan soltó una carcajada antes de poder contenerse y la sonrisa de Lara desapareció.

—Qué lindo —dijo fríamente—. Aunque deberías tener cuidado. Las fiestas como esta no son para chicas que se esconden detrás de sus hermanos. Porque estoy segura de que ni siquiera puedes besar a un chico sin el permiso de tu hermano.

Aquellas palabras me atravesaron el corazón y provocaron risas burlonas entre quienes nos rodeaban y que habían comenzado a notar el drama.

Quería que la tierra se abriera y me tragara.

—Parece que tenía razón —continuó, con una sonrisa coqueta en el rostro—. Realmente solo estás viviendo patéticamente a costa de tu hermanito, hermanita virgen.

Mis ojos se nublaron y, antes de poder pensarlo, pasé junto a ellos y salí corriendo.

Todo el sonido se había apagado en mi cabeza y solo podía escuchar los latidos de mi corazón.

Hasta que alguien me agarró del brazo y me llevó a una habitación.

—Hey —la voz de Rowan interrumpió mis pensamientos mientras su palma acunaba mis mejillas y una lágrima se escapaba.

Su pulgar rozó suavemente las lágrimas, y antes de darme cuenta, me estaba perdiendo en el océano de sus ojos grises.

Se inclinó hacia mí, lo suficientemente cerca como para que pudiera olerlo.

—Debí dejarte ir porque si te quedas —dijo, mientras su voz bajaba al mismo tiempo que sus manos—, no sé si podré seguir fingiendo.

Caminó hasta que terminé con la espalda contra la puerta.

Tragué saliva, con el nudo en la garganta.

—¿Fingiendo qué?

—Que no pienso en ti.

Sus ojos se oscurecieron.

—Que no te deseo.

Mi corazón golpeó con tanta fuerza que podría jurar que él podía escucharlo.

—Esto es una mala idea. Mi hermano nos mataría a los dos —susurré, con Lara completamente olvidada.

Su mano rozó la madera junto a mi cabeza, acorralándome sin tocarme.

—Sí —dijo—. Pero no te has alejado.

No respondí; no podía.

Después de todo, tenía razón.

El mundo se redujo al espacio entre nosotros, a la forma en que su mirada bajó hacia mis labios y a la manera en que mi cuerpo se inclinó hacia él antes de que mi mente pudiera reaccionar.

Sus manos se deslizaron hasta mi cintura, sujetándome firmemente contra él. Descargas de señales alocadas atravesaron mi cuerpo y llegaron directamente a mi cerebro, y lo único en lo que podía pensar era en sus labios sobre los míos mientras se inclinaba hasta que nuestros labios quedaron a centímetros de distancia.

Entonces susurró:

—Que se jodan las reglas de Asher.

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