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Author: G.o
last update publish date: 2026-09-08 16:09:33

CAPÍTULO CUATRO

LAS MALAS DECISIONES SABEN MEJOR

ISLA

—Que se jodan las reglas de Asher.

Esas fueron las últimas palabras que salieron de su boca, y esas palabras no deberían haberme hecho lo que me hicieron.

No deberían haber enviado un pulso imprudente a través de mi pecho ni haber hecho que mis dedos se cerraran alrededor de la camisa de Rowan como si me estuviera aferrando a él para mantenerme en pie. No deberían haberme hecho olvidar —aunque solo fuera por un segundo— que esto era peligroso, y que en el momento en que dejara que sus suaves labios tocaran los míos, no habría vuelta atrás.

Pero lo hicieron.

En el momento en que los labios de Rowan reclamaron los míos, todo sentido de la razón salió volando por la ventana. Mis dedos encontraron su cabello instintivamente y tiré de él, acercándolo más a mí.

Sus manos rodearon mi cintura, atrayéndome hacia él como si fuera una segunda piel, mientras una mano descendía y me sujetaba el trasero.

Oh, Dios…

Un gemido desvergonzado se abrió paso desde mi pecho hasta el beso cuando su contacto envió ondas de choque a través de cada nervio de mi cuerpo. Mariposas volaban sin parar en la boca de mi estómago, me hormigueaban los oídos y algo cálido y húmedo se deslizó entre mis piernas, mojando mi ropa interior.

¡Isla, detente!

Mi mente me gritaba, pero mi cuerpo me traicionaba descaradamente. Sus manos se deslizaron hacia abajo y se posaron sobre mis caderas y, de un solo movimiento, me levantó. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura mientras me empujaba con más fuerza contra la puerta, sus labios moviéndose peligrosamente contra los míos.

Sus dientes se hundieron en mi labio inferior y aquel pequeño dolor me hizo jadear, dándole el espacio suficiente para introducir su lengua en mi boca. Su lengua recorrió las comisuras de mi boca, buscando el lugar perfecto donde descansar, pero no encontró ninguno antes de entablar una batalla con mi propia lengua.

Podía sentir algo duro presionando contra mi calor palpitante, y eso provocó una intensidad aún mayor en mi mente, haciendo que sus besos se volvieran más desordenados.

Y justo cuando mis dedos tiraban de su cabello con más fuerza y había condenado en mi mente todas las consecuencias, Rowan se detuvo.

Realmente se detuvo.

Se quedó inmóvil tan repentinamente que sentí como si el aire hubiera cambiado con él. Su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron. Y no hacía falta ser un hechicero para saber que no se habían oscurecido por la lujuria, sino por la contención. Estaba claro que estaba reprimiendo algo salvaje.

Maldijo entre dientes y me dejó en el suelo antes de apartarse, retirando las manos de mi cintura como si hacerlo le causara físicamente dolor.

—Joder —murmuró, dándome la espalda y pasándose una mano por el rostro—. Esto es una mala idea.

Solté una débil carcajada, con el corazón todavía acelerado y los labios hinchados por el calor del momento.

—¿Te acabas de dar cuenta?

Se volvió hacia mí, más despacio esta vez, y aquellos caóticos ojos grises volvieron a clavarse en mí.

Esos ojos serían el comienzo de mi destrucción…

—Me di cuenta la primera vez que te miré. Simplemente no pensé que perdería la maldita cabeza por ello.

Sonaba frustrado, pero sus palabras hicieron algo en mí, algo silencioso y pesado.

—Deberías irte —dijo con voz ronca.

Lo miré, con el pecho doliéndome de una manera en que nunca antes me había dolido.

—Rowan…

—Vete —repitió, evitando mi mirada—. Antes de que olvide por qué estoy intentando portarme bien.

Pero no pude obligarme a moverme.

Al ver que me resistía a irme, se hizo a un lado y abrió la puerta. Y entonces se fue.

La puerta se cerró y, así de fácil, me quedé sola.

Me quedé allí durante un minuto entero, mirando el lugar donde había estado, con el cuerpo todavía vibrando como si algo peligroso hubiera sido tallado en mi piel. Mis labios se sentían calientes y mi cintura se sentía vacía.

Idiota, Isla. ¡Estúpida! ¡Ingenua! ¡Emocional!

Me acomodé el vestido, me limpié las comisuras de los ojos y enderecé la espalda. Regresé a la fiesta.

La música volvió a sonar con fuerza y la fiesta continuaba como si mi vida no se hubiera complicado por un simple beso. Agarré otro vaso sin importarme qué contenía y bebí un largo trago.

Bailé, lo suficiente para perderme en el movimiento, en el ruido y en la mentira de que aquella noche no importaba.

Para cuando miré mi teléfono, era pasada la medianoche. Había un montón de mensajes sin leer y llamadas perdidas de Sonia.

Genial.

Salí silenciosamente de la casa de la fraternidad, con el aire nocturno fresco contra mi piel acalorada mientras intentaba llamar a un taxi. Pero no hubo suerte. Intenté con otro y tampoco funcionó.

—Perfecto —murmuré mientras comenzaba a caminar.

Las farolas eran escasas y la carretera estaba demasiado silenciosa para sentirme cómoda. Mis tacones resonaban suavemente contra el pavimento mientras me acercaba más la chaqueta al cuerpo, y los nervios comenzaron a apoderarse de mí ahora que la adrenalina había desaparecido.

Entonces unos faros brillaron detrás de mí.

Me quedé paralizada cuando un coche redujo la velocidad y avanzó a mi lado. Todos los malos pensamientos llegaron de golpe.

Y en el momento en que la ventanilla bajó, salté del miedo.

—Jesús —dijo una voz familiar—. Relájate. No estoy a punto de secuestrarte.

Noah Bennett.

Se inclinó sobre el volante, con un brazo apoyado despreocupadamente y el otro golpeando el volante, sonriendo como si no acabara de quitarme diez años de vida del susto.

—¿Intentas provocarme un infarto? —espeté.

—Vaya —dijo—. Y yo que pensaba que recibiría un agradecimiento por no dejar que te asesinaran.

—Estaba bien —mentí.

—¿A medianoche? ¿Sola? ¿En esta carretera? —Tarareó—. Claro.

Puse los ojos en blanco.

—¿Vienes de una fiesta? —preguntó, y cuando asentí, apareció diversión en su rostro, de esa que precedía a un «Oh, no sabía que Asher te dejaba andar por ahí así».

—Ni se te ocurra decir lo que creo que estás a punto de decir.

Levantó las manos en señal de rendición.

—Sube, te llevaré.

Lo estudié durante un momento antes de abrir la puerta y, en cuanto me puse el cinturón, arrancó.

Rápido.

—¡¿Estás loco?! —agarré instintivamente el cinturón de seguridad.

Se rio despreocupadamente.

—Relájate, North. Conozco esta carretera.

—Vas a matarnos.

—Solo un poquito —respondió alegremente.

A pesar de mí misma, me reí. Hizo bromas durante todo el trayecto, bromas estúpidas, sarcásticas y otras que me distraían de lo rápido que las luces de la ciudad pasaban borrosas a nuestro alrededor.

En algún punto entre mi tercer poner los ojos en blanco y darme cuenta de que no había reído tanto como lo hice con él, llegamos a mi residencia.

—Vaya —dije secamente—. Gracias por no matarme.

—Cuando quieras —respondió—. Intento mantener con vida a mis pasajeros.

Me guiñó un ojo y se marchó.

Apenas había conseguido relajar las mejillas cuando me giré y vi a Asher de pie frente a la puerta de mi dormitorio.

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