เข้าสู่ระบบPOV Valentina
La pantalla de la computadora portátil emite un brillo azulado que me lastima los ojos. Detrás del lente de la cámara web, tres magistrados del tribunal internacional me observan desde sus estrados de madera.
Llevo dos horas hablando sin parar.
Leo está de pie junto a la puerta de la habitación de este motel de carretera. Me trajo aquí después de que escapamos de la casa de segur
POV CamilaEmma corretea por el césped del jardín trasero. Sus carcajadas se escuchan en todo Trescastaños. Damián trota detrás de ella, fingiendo torpeza para dejarse ganar. La alcanza junto a los rosales, la atrapa por la cintura y la levanta en el aire. La niña grita de emoción, enredando sus manos pequeñas en el cabello oscuro de su padre.Han pasado dos meses desde el viaje a Montevideo.La resolución de adopción plena llegó la semana pasada, con todos los sellos del juzgado en regla. Emma lleva el apellido Vidal legalmente. Ya no dependemos de visitas de supervisión ni de los caprichos de ningún familiar lejano.Me acomodo en la silla de mimbre de la terraza. Paso una mano sobre mi vientre. La curva de las catorce semanas de embarazo ya es evidente bajo la tela de mi vestido.El ruido de la puerta de cristal a mis espaldas me hace girar la cabeza.Renata cruza el umbral cargando una caja de cartón blanco con el logotipo de Migas. Detrás de ella, a escasos centímetros de distanci
POV ValentinaLa pantalla de la computadora portátil emite un brillo azulado que me lastima los ojos. Detrás del lente de la cámara web, tres magistrados del tribunal internacional me observan desde sus estrados de madera.Llevo dos horas hablando sin parar.Leo está de pie junto a la puerta de la habitación de este motel de carretera. Me trajo aquí después de que escapamos de la casa de seguridad en medio de la noche. No hay lujos a la vista, solo una cama con colcha gastada y una mesa de formica donde apoyo el equipo.—Señorita Arce —habla el magistrado central a través de los pequeños altavoces del equipo—. ¿Confirma usted bajo juramento que los fondos desviados a las cuentas en las Islas Caimán y Panamá fueron movilizados por orden directa de Ignacio Vidal?—Lo confirmo —respondo, acercán
POV DamiánEl agua fría del lavamanos no me quita el ardor de los ojos. Me seco la cara con una toalla pequeña y la lanzo sobre el mármol. Salgo del baño hacia nuestra habitación.En la planta baja, Bruno y Renata siguen discutiendo los detalles del registro civil. El plan de Bruno es una locura a nivel personal, pero una jugada maestra a nivel legal. Casarse con Renata la coloca bajo su fuero federal. Destruye la extorsión de la junta directiva en cuestión de horas.Me quito la camisa y la dejo caer al suelo. Mañana voy a entrar a la sala de juntas de la torre corporativa y voy a aplastar a los cinco directores que intentaron usar a la socia de mi esposa para robarme la empresa.Camila está de pie junto al ventanal. Lleva el pantalón del pijama y una camiseta de tirantes. Se da la vuelta al escuchar mis pasos. Su postura no refleja el pánico de hace un rato en el despacho. Sus ojos brillan.Se acerca a mí con pasos lentos.—Bruno ya llamó a sus contactos en el juzgado de guardia —me
POV RenataLlevo dos horas caminando en círculos por la sala de estar de Trescastaños. Mis zapatos se hunden en la alfombra gris. Me detengo frente al gran ventanal que da al jardín trasero, cruzo los brazos y muerdo el interior de mi mejilla hasta sentir el sabor a sangre.Bruno permanece de pie junto al marco de la puerta. Tiene las manos cruzadas en la espalda y la vista fija en mí. No ha pronunciado una sola palabra desde que me trajo de Migas y me encerró aquí por orden de Damián. No me quita los ojos de encima, vigilando cada uno de mis movimientos con una intensidad que me agota.La puerta principal de la casa se abre.Escucho las pisadas rápidas en el vestíbulo. Damián y Camila entran al salón. La expresión de mi amiga me paraliza. Camila tiene el rostro pálido y los ojos llenos de una mezcla de incredulidad y miedo. Damián camina un paso por delante de ella, agarra una carpeta de su maletín y la tira sobre la mesa de centro. Las fotografías de los prestamistas clandestinos y
POV CamilaEl olor a café recién hecho me revuelve el estómago.Me apoyo contra el borde de la isla de mármol y cierro los ojos, esperando que el mareo desaparezca. Llevo casi dos semanas sintiendo esta pesadez en el cuerpo. Cada mañana es una batalla para no devolver el desayuno.Hasta ahora, mi mente tenía una excusa perfecta para cada síntoma: el estrés de los juzgados, el ataque a los ventanales de Migas, la tensión de saber que Ignacio sigue libre.Abro los ojos cuando escucho la risa de Emma.La niña está sentada en la alfombra del salón, apilando bloques de madera bajo la atenta mirada de Marisa. Verla ahí, a salvo, es lo que necesito para enderezarme.Marisa deja los bloques a un lado y camina hacia la cocina. Se detiene frente a mí, limpiándose las manos en el delantal. Me evalúa con la misma expresión severa que usaba cuando me descubría robando galletas de la despensa de Alison.—No es el estrés, Camila —dice ella en voz baja. Es la primera vez que omite el "señora" desde q
POV ValentinaEl frío del suelo se me cuela por los huesos, pero no es suficiente para apagar el fuego que me quema por dentro. Las paredes de la sala de la casa de seguridad se sienten como si se estuvieran cerrando sobre mí.Cada vez que cierro los ojos, no veo la oscuridad; veo a Ignacio. Huelo el humo de su tabaco mezclado con whisky. Siento el peso de sus manos apretándome las caderas contra el escritorio de roble de mi propia galería de arte.Intento jalar aire, pero mis pulmones se niegan a cooperar. El ataque de pánico me tiene paralizada.—Valentina, estás a salvo.La voz de Leo Montes rompe el eco de mis propios sollozos. Abro los ojos, desenfocada. El fiscal está arrodillado frente a mí a un par de metros de distancia. Su presencia me intimida. Lleva horas mirándome con repulsión, juzgándome como si yo fuera un parásito de la alta sociedad que se merece todo lo que le está pasando.Me encojo más contra la pared, cruzando los brazos sobre mi pecho para protegerme. No quiero







