ANMELDENLa carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.
A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.
Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.
«Su nombre nunca figuró como esposa».
«El nombre registrado es el mío».
«Me desharé de ella».
La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.
Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.
Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.
El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a concentrarse en algo que había sostenido hacía poco: aquella hoja de papel que lo demostraba todo. El nombre. La fecha.
Todo era real. No era un sueño.
Un claxon sonó estridentemente a un lado y la hizo sobresaltarse. Abrió los ojos de par en par al ver un automóvil que se acercaba por la derecha, demasiado cerca. Todo ocurrió muy deprisa.
Sus reflejos reaccionaron demasiado tarde y, en cuestión de segundos, todo sucedió. Se oyó un fuerte estruendo, seguido de una sacudida que lanzó su cuerpo hacia delante. El mundo dio vueltas. Su cabeza se golpeó y, por un instante... todo quedó en silencio.
Entonces se oyeron sonidos ensordecedores, caóticos, que se superponían unos a otros. La gente gritaba. Alguien abrió la puerta del automóvil a la fuerza. Una persona la llamó.
—¡Ayuda, todavía está consciente!
Tara parpadeó lentamente. Su visión era borrosa. Sentía el cuerpo pesado, pero no había ningún dolor verdaderamente agudo.
—Señorita, ¿puede oírme?
Quiso responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. De pronto, un solo pensamiento apareció en su mente: tengo que ir al aeropuerto.
El tiempo parecía pasar demasiado rápido.
Tara no recordaba realmente cómo había llegado al hospital más cercano, cómo le habían realizado los exámenes ni cómo había terminado sentada en aquella silla con las manos todavía ligeramente temblorosas.
Solo recordaba una frase.
—Felicidades, está embarazada. De aproximadamente tres semanas. Por suerte, lo que le ha ocurrido no ha puesto en peligro su embarazo. Por favor... tenga cuidado al conducir.
El mundo pareció detenerse de nuevo.
—¿Estoy... embarazada? —Su voz apenas se oyó.
El médico asintió y comenzó a explicarle algo que ella no consiguió comprender del todo. Las primeras etapas del embarazo, el tiempo de gestación y las precauciones que debía tomar.
—Eso es imposible. —Tara se rio, aunque en realidad se estaba burlando de lo absurdo de aquella situación—. ¿Estoy... embarazada? —repitió una vez más.
Esta vez, se acarició el vientre, que todavía estaba completamente plano.
—¿Por qué no lo cree? —El doctor Evans frunció el ceño, desconcertado—. Entonces, ¿de quién serían los resultados de estos exámenes si no fueran suyos, señorita Tara?
Tara volvió a mirar los resultados que tenía en las manos. No había olvidado el diagnóstico que le había dado el médico de la familia Ashbourne, la persona en quien Adrian confiaba para cuidar de la salud de su familia, incluida la de Tara. Él le había dicho que le resultaría difícil tener hijos.
Le habían explicado muchas cosas y le habían recetado medicamentos que debía tomar. Adrian solía asegurarle que no le importaba si no tenían hijos. Podían adoptar uno. Y fue precisamente gracias al apoyo de Adrian que Tara aceptó iniciar el proceso de adopción.
Pero ahora tenía delante un informe médico completamente distinto.
Tres semanas de embarazo.
Su mente intentó recordar. Y entonces... apareció aquella noche. La noche en que Adrian regresó a casa borracho. Por primera vez en mucho tiempo, aquel hombre la había tocado. Aunque había sido de manera fría y sin sentimientos, para Tara aquella noche se había convertido en algo inolvidable.
En aquel momento, incluso había llegado a pensar: quizá todo mejore. El sexo placentero suele poner a tu pareja de mejor humor.
—Entonces, yo... —Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra, sin que pudiera detenerlas—. ¿De verdad estoy embarazada?
—Por supuesto. —El doctor Evans encontraba bastante extraña la reacción de la mujer que tenía delante—. Está sana y su embarazo no presenta ningún problema. Entonces... ¿por qué duda de que esté embarazada?
Una vez más, Tara se rio, pero esta vez con amargura.
—Entonces, todo este tiempo, ¿es posible que... aquel médico me haya mentido?
—¿Sí?
—Ah, no. —Tara intentó controlarse.
¿Qué debía sentir en aquel momento? ¿Felicidad? ¿Tristeza? ¿O desolación?
Aquel niño...
El hijo del hombre al que acababa de oír decir que quería deshacerse de ella. Sin darse cuenta, se rio. Se rio de su propio destino.
—Qué extraordinario —murmuró en voz baja.
Justo cuando su vida se derrumbaba, algo comenzaba a crecer dentro de ella.
Su teléfono volvió a vibrar. El nombre de Victor apareció de nuevo en la pantalla.
Victor.
Tara lo miró durante unos segundos antes de contestar finalmente.
—Tara, ¿dónde estás? —La voz del hombre sonaba tranquila, como siempre. No había urgencia en ella, pero bastaba para hacerla consciente de todo lo que acababa de atravesar.
Tara cerró los ojos por un instante y luego respiró hondo. No podía permitir que su voz sonara alterada.
—Estoy de camino, papá —respondió, intentando mantener un tono estable.
—Muy bien. Aterrizaré dentro de una hora.
La llamada terminó.
Tara contempló su reflejo en el espejo de la sala de exploración.
—Gracias por la explicación, doctor.
Intentó ponerse de pie.
—Será mejor que tenga cuidado y evite realizar trabajos pesados —le advirtió el médico.
Tara se limitó a responder con un leve asentimiento. Después, abandonó el hospital con una mezcla de sentimientos. No tenía tiempo para pensar en el siguiente paso. Y no podía permitirse derrumbarse antes de tiempo.
No.
El aeropuerto estaba lleno de personas que iban y venían. El ambiente animado contrastaba con lo que Tara sentía. Se encontraba de pie no muy lejos de la puerta de llegadas, intentando parecer normal a pesar de que todavía le dolía el cuerpo. También procuraba que las heridas que tenía en las manos y en la sien no fueran demasiado evidentes, aunque...
Tara estaba segura de que Victor le haría muchas preguntas sobre lo que le había ocurrido.
Y entonces, lo vio.
Victor Alistair Ashbourne.
El hombre caminaba con paso tranquilo. Su imponente presencia seguía haciéndose sentir sin necesidad de ningún esfuerzo. Su mirada se posó directamente en Tara y, por primera vez, algo cambió en ella.
Frunció ligeramente el ceño y sus ojos se dirigieron de inmediato al vendaje adherido a la sien de Tara.
—Tara, ¿qué te ha pasado?
Tara esbozó una leve sonrisa.
—No es nada, papá. Solo... una pequeña herida.
Victor frunció profundamente el ceño.
—Eso no parece una pequeña herida, Tara.
—Estoy bien. De verdad —dijo Tara, intentando convencerlo—. Ayer sufrí una pequeña caída —respondió despreocupadamente—. No es nada. No tiene por qué preocuparse.
Victor no respondió de inmediato. Su mirada permaneció fija en ella unos segundos más, como si estuviera sopesando si debía creerle o no. Sin embargo, al final asintió levemente.
—Está bien, si eso es lo que dices.
Luego caminaron uno al lado del otro hacia el automóvil.
—¿Por qué no quiere que Adrian sepa que ha regresado? —preguntó Tara en voz baja una vez que estuvieron sentados dentro del vehículo.
Victor mantuvo la mirada fija en el camino.
—Quiero darle una sorpresa —respondió con tranquilidad—. También quiero comprobar personalmente cómo avanza el proyecto de Neo Group.
La miró brevemente de reojo.
—Y la persona más indicada para explicármelo... eres tú. Tus explicaciones son mucho más específicas y satisfactorias en ciertos aspectos.
Tara se quedó perpleja. No se lo esperaba. En un momento en que todos se aprovechaban de ella, todavía había alguien que reconocía su valor. Asintió levemente.
—Prepararé un informe completo.
—También necesito el informe financiero del proyecto que está a cargo de Adrian. Puedo obtenerlo de ti, ¿verdad?
Tara se volvió hacia Victor y lo miró con extrañeza.
—¿Acaso no puede pedírselo directamente al señor Hans?
Hans era el gerente financiero bajo la supervisión de Adrian. Todo lo que Adrian necesitaba para garantizar el buen desarrollo del proyecto que dirigía dependía de la aprobación de Hans.
—Tienes razón —Victor esbozó una leve sonrisa—. Pero, como te dije, no quiero que Adrian sepa que he regresado.
Aunque aquello le parecía extraño, Tara decidió asentir sin más. En el vestíbulo del aeropuerto, ya los esperaba un automóvil de lujo para llevar a Victor adonde quisiera ir. El vehículo se puso en marcha y abandonó el aeropuerto. Pasó un rato sin que ninguno de los dos dijera nada. Entonces Victor volvió a hablar, con un tono ligeramente más distendido.
—Por cierto —dijo—, he oído que pronto celebrarán su aniversario de bodas.
El corazón de Tara latió lentamente. Qué ironía que todavía pudiera esperar que aquella celebración fuera igual que las de los años anteriores.
—Sí —respondió brevemente.
—¿Qué quieres como regalo? —continuó Victor—. Como tu suegro, creo que nunca te he preguntado de verdad qué deseas.
Tara se volvió hacia Victor y lo miró durante un buen rato antes de dirigir nuevamente la atención hacia la carretera.
—Dime lo que quieras —dijo Victor con serenidad—. Como parte de la familia Ashbourne, creo que mereces recibir un regalo de mi parte.
—¿Cualquier... cosa? —preguntó Tara para asegurarse.
—Sí —respondió Victor con firmeza—. Cualquier cosa.
Tara no respondió de inmediato.
Volvió a dirigir la mirada hacia delante. Todo lo que había sucedido en su vida comenzó a pasar nuevamente por su mente. Hasta entonces, siempre había permanecido en segundo plano. Hacía lo que le pedían, era el rostro en el que todos confiaban y la mano que resolvía los problemas.
Pero nunca había sido ella quien tenía el control.
¿Y el resultado? Lo había perdido todo antes siquiera de darse cuenta. Un matrimonio que nunca le había pertenecido. Una vida construida sobre mentiras cuidadosamente elaboradas. Si seguía en el mismo lugar, cualquier cosa que hiciera acabaría siendo inútil.
Nunca significaría nada.
Tara exhaló un largo suspiro. Entrelazó los dedos y los apretó unos contra otros, no porque se sintiera frágil, sino porque algo comenzaba a tomar forma dentro de ella.
La conciencia de lo que había sucedido y de lo que debía hacer para remediarlo.
No necesitaba reconocimiento ni compasión. Tara necesitaba una posición absoluta. Algo que no pudieran arrebatarle sin más. Algo que hiciera que... ya no pudieran deshacerse de ella.
Tara se volvió lentamente. Su mirada era distinta a la de antes: ya no parecía vacía ni mostraba dudas.
Con absoluta serenidad, finalmente dijo:
—Conviérteme en la directora general de Ashbourne, papá —pronunció, con voz baja pero firme—. ¿Puedes darme eso como regalo?
—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me d
—¿Cómo está? —preguntó Tara.Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.Tara suspiró brevemente.—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inus
La cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilac
Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que
La carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.«Su nombre nunca figuró como esposa».«El nombre registrado es el mío».«Me desharé de ella».La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a
—Eh... despacio, Adrian.Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.Se oyó un







