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last update Veröffentlichungsdatum: 26.10.2026 14:16:24

Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.

Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.

Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.

—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?

Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que Victor obstaculizaba algunas de sus decisiones.

—¿Tú qué crees? —preguntó Victor con una leve sonrisa.

Tara no pudo hacer otra cosa que asentir.

—Si esa es su orden, lo haré y prepararé cuanto antes lo que me ha pedido —dijo Tara.

—Bien.

Eso fue todo lo que dijo Victor. Cuando llegaron al vestíbulo, un hombre vestido con un traje negro los recibió. Sin embargo, antes de bajar por completo del automóvil, Victor dijo:

—Conduce con cuidado, Tara. No bajes la guardia si quieres llegar a la cima.

Sus palabras dejaron a Tara ensimismada. Incluso después de que Victor y su asistente desaparecieran en el vestíbulo del apartamento, ella seguía intentando asimilar todo lo que había hablado con él. Hasta que el sonido de su teléfono la sacó de sus pensamientos.

Mi amor.

Ese nombre apareció en la pantalla. Si no recordara todo lo que había sucedido aquel día, quizá Tara habría contestado la llamada encantada. Le habría preguntado qué necesitaba Adrian y habría intentado satisfacer todos sus deseos con tal de hacerlo feliz.

—¿Sí? —respondió Tara con indiferencia.

—¿Dónde estás? —preguntó Adrian con un tono algo brusco—. Liora te necesita. Date prisa.

Tara cerró los ojos con fuerza.

Liora.

Cierto. La hija adoptiva que Adrian había propuesto adoptar para consolarla por sus problemas de fertilidad. Una sombra de duda se deslizó de pronto por la mente de Tara. ¿Y si...?

—Sí, llegaré a casa dentro de treinta minutos —dijo Tara antes de colgar de inmediato.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono. Apartó enseguida aquel mal presentimiento que había cruzado su mente y le pidió al conductor que la llevara de vuelta a casa.

Poco después, llegó.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Adrian, deteniéndose en seco al ver el vendaje que rodeaba la sien de Tara. Su mirada reflejaba sorpresa—. ¿Por qué no me avisaste de inmediato?

Tara esbozó una leve sonrisa.

—Tenía miedo de molestarte. Después de todo... ¿no estás ocupado? —Su mirada se clavó intensamente en Adrian.

Aquello hizo que Adrian frunciera el ceño, confundido y desconcertado por la actitud tan diferente de Tara. ¿Qué le había ocurrido?

—Por supuesto que no. Puedes llam...

—¿Dónde está Liora? —lo interrumpió Tara mientras entraba en la sala de estar de la residencia Ashbourne, la casa que durante los últimos cinco años había considerado su hogar. Se había sentido parte de aquella casa, como si le perteneciera.

—¿No quieres contarme qué te ha pasado? —Adrian detuvo a Tara.

—Me resbalé.

En realidad, Tara estaba bastante sorprendida por la actitud de Adrian. Normalmente, él apenas se interesaba por su estado. Pero esta vez, la preocupación era evidente en sus ojos.

—No tienes por qué preocuparte —dijo Tara mientras reanudaba la marcha.

Antes, entrar en aquella casa siempre le había producido un orgullo que guardaba en silencio. Ahora, sentía náuseas. Algo le subía por la garganta y le daban ganas de vomitarlo todo, incluso aquella preocupación que Adrian le estaba mostrando de repente.

Adrian la observó unos segundos más de lo habitual. Tenía las cejas ligeramente fruncidas, como si intentara descifrar algo que no alcanzaba a comprender del todo.

—¿Estás segura? —volvió a preguntar—. Te ves... pálida.

Tara seguía sonriendo.

—Puede que esté pálida. Es normal, teniendo en cuenta que estuve a punto de sufrir un accidente grave.

Kara Evangeline.

La mujer soltó una risita mientras deslizaba los dedos entre el cabello de Liora con una naturalidad absoluta, como si siempre hubiera sido ese su lugar.

—Ah, ¿ya regresaste? —Kara se volvió y su sonrisa se ensanchó al verlos—. Solo he venido un momento. Extrañaba a Liora.

Los ojos de Kara se abrieron de par en par, incrédulos, al mirar a Tara.

—¿Qué te ha pasado, mi dulce hermanita?

Se acercó y, cuando estaba a punto de tocar la herida en la sien de Tara, esta apartó su mano bruscamente.

—Perdóname —dijo Tara de inmediato—. Yo...

No solo Tara se sorprendió, sino también Kara. Normalmente, Tara nunca rechazaba sus muestras de afecto.

—Estoy bien, Kara. Solo me resbalé —respondió Tara, intentando mantener la calma.

—Dios mío —dijo Kara con evidente compasión—. Ten más cuidado la próxima vez, Tara.

Aquellas palabras habían sonado normales en otro momento, pero ahora aquella preocupación le resultaba verdaderamente repugnante a Tara.

—Sí, gracias por preocuparte por mí.

Mientras tanto, Liora se volvió inmediatamente hacia Adrian, se puso de pie y corrió hacia él.

—¡Papá! —exclamó alegremente.

Adrian se inclinó, la levantó con facilidad y una leve sonrisa apareció en su rostro. Le dio varios besos en las mejillas.

—¿Se ha portado bien la niña de papá hoy? —preguntó.

—¡Sí! —respondió Liora con entusiasmo, antes de dirigir la mirada hacia Kara, como si buscara su confirmación.

Kara sonrió orgullosa.

—Ha sido muy dulce hoy. No te preocupes, Adrian.

Tara permaneció allí, en silencio, observando discretamente aquella interacción. Esta vez, la cercanía entre ellos era mucho más evidente y no hacía más que reforzar una idea que antes le había parecido absurda. Sin embargo, al contemplar tanta intimidad entre ellos, ¿por qué iba a ser absurda? Ahora todo parecía estar claro.

De verdad, había sido una completa idiota. Lo que Kara había dicho aquella mañana era cierto. ¿Cómo había podido dejarse engañar con tanta facilidad? Ni siquiera se había dado cuenta de algo tan insignificante como aquello.

—Liora —la llamó Kara con dulzura mientras le daba unas palmaditas suaves en el hombro—. Ve a saludar a tu mamá.

Tu mamá.

Tara sentía unas ganas inmensas de echarse a reír hasta terminar llorando.

Liora se volvió hacia Tara. Su pequeña mirada ya no era tan cálida como cuando miraba a Kara. Frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No quiero —respondió rápidamente.

El ambiente quedó en silencio por un instante. Normalmente, en aquel momento, Tara se habría acercado, se habría arrodillado, la habría convencido con paciencia y le habría acariciado suavemente la coronilla. Pero esta vez se quedó inmóvil.

—¿Por qué? —preguntó Kara, todavía con voz suave.

—Porque mamá es mala —respondió Liora sin dudarlo—. Nunca me deja comer muchos dulces. Siempre pone un montón de reglas.

Normalmente, Tara la habría reprendido, le habría explicado qué era lo mejor para Liora o habría intentado corregir su comportamiento. Pero hoy no. No después de todo lo que había escuchado. Y después de descubrir... quién era realmente la persona que tenía delante.

Tara estaba cien por ciento segura de que Liora era hija de Kara y Adrian. En aquel momento, se concentró más en observar el parecido de la niña con sus padres. Y no podía negarlo: Liora era una auténtica mezcla de Adrian y Kara.

Tara respiró despacio y esbozó una leve sonrisa.

—No pasa nada —dijo con calma.

Todos se volvieron hacia ella, mirándola con desconcierto.

Tara observó a Liora durante un instante, sin enfado ni decepción. Solo con una mirada inexpresiva, carente de emoción. Entonces dijo en voz baja:

—Haz lo que quieras, Liora.

Se acercó y le acarició la coronilla.

—Nunca volveré a prohibirte nada.

Se detuvo un momento antes de dirigirse a su habitación. Su mirada se desvió brevemente hacia Kara. Y, por primera vez, pronunció aquellas palabras con un énfasis deliberado.

—Además... tienes a tu madre, ¿verdad?

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