ANMELDEN—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.
Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:
—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?
—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?
Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:
—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.
—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?
—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.
—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me darás a mí?
Adrian ya había transferido muchas de sus propiedades a nombre de Kara. Si a Tara le había regalado un anillo de diez mil dólares, Kara había recibido uno mucho más caro y lujoso, incluso varias veces más valioso que cualquier cosa que Tara hubiera recibido. No solo joyas, sino también bolsos, ropa de diseñadores de renombre y automóviles de lujo; Adrian nunca dejaba de prestar atención a los deseos de Kara.
—Ejem… Thorne Palace organizará una subasta una semana antes de la celebración de nuestro aniversario de bodas. ¿Qué te parece si eliges alguna de sus piezas? —propuso Adrian mientras le acomodaba un mechón de cabello a Kara que le rozaba la mejilla.
—¡Sí, quiero! —La expresión triste y decepcionada que había aparecido en el rostro de Kara desapareció de inmediato.
¿Quién no conocía Thorne Palace? Era el lugar donde las mujeres de la alta sociedad celebraban prestigiosas subastas. Y ninguna de las piezas de su colección era fácil de conseguir. Por supuesto, sus precios eran astronómicos.
—En ese caso, organiza todo de manera que no despiertes sospechas —dijo Adrian. Sonrió satisfecho al ver que la alegría volvía al rostro de Kara.
—Por supuesto. —Kara le dio un dulce beso en la mejilla—. ¿Podemos llevar a Liora?
—Haz lo que quieras, mi querida Kara. —Adrian le besó suavemente la frente—. Además, hace mucho que no llevamos a nuestra hija de vacaciones, ¿verdad?
Kara soltó una risita.
—Tienes razón. Entonces, me encargaré de organizar nuestro viaje los tres.
Nunca supieron que Tara había escuchado y grabado aquella conversación. Aunque permanecía de pie con las piernas temblorosas, la respiración entrecortada y las náuseas cada vez más intensas, Tara resistió. Todo para reunir, una por una, las pruebas que necesitaba para acabar con ellos.
No.
No se trataba simplemente de destruirlos, sino de hacerles experimentar lo mismo que ella estaba sintiendo en ese momento.
Y lo que más la entristecía era la presencia de Liora. Tara la quería de todo corazón. Desde el primer día que había llegado a aquella casa, Adrian se la había presentado como alguien que podría ayudarla a sobrellevar su estado emocional. Tara la había recibido con alegría, pero, al parecer, todo había sido una conspiración para que Liora creciera en aquella casa sin que nadie sospechara nada.
—Qué desgraciada es mi vida —murmuró Tara.
—¿Señora Tara? ¿Qué hace aquí? ¿No va a desayunar?
El saludo de una de las empleadas hizo que Tara se sobresaltara.
—Ah… nada —respondió Tara, intentando mantener la calma—. Por supuesto que voy a desayunar. Se han esforzado mucho preparando el desayuno para nosotros.
Tara entró entonces en el comedor, con un torbellino de emociones agitándose en su interior. Las náuseas, la decepción, el corazón roto y unas ganas inmensas de maldecir a aquellas dos personas, que de pronto se distanciaron entre sí cuando Tara se acercó.
—Buenos días, mi dulce hermanita —la saludó Kara con un tono fingido—. ¿Cómo te encuentras? ¿Ya estás mejor?
Tara esbozó una sonrisa forzada.
—Sí, eso espero. Lo de ayer me asustó muchísimo —se quejó ante Kara.
—¿Qué te pasó ayer? —preguntó Kara, confundida.
Miró fijamente a Tara, pero su hermana prefirió responder con un breve movimiento de cabeza, intentando evitar que Kara se preocupara demasiado.
Luego, Tara miró a su esposo con expresión suplicante.
—¿Podría descansar hoy? Me siento como si…
—¿Has olvidado algo, Tara? —la interrumpió Adrian con una mirada de desaprobación—. Hoy tienes que reunirte con los representantes de Ceso Group. Tengo otros asuntos que atender, así que debes encargarte de ellos.
Tara bajó ligeramente la cabeza.
—De acuerdo.
—En ese caso, Kara y yo nos iremos primero. Date prisa y…
—¡Tara! —exclamó Kara, sobresaltada.
De pronto, el mundo comenzó a dar vueltas.
Tara estuvo a punto de caer, pero, por suerte, alcanzó a sujetarse del respaldo de una silla del comedor. Su visión se oscureció. Una oleada de náuseas la golpeó con tanta fuerza que las rodillas le flaquearon.
—¡Tara! —Esta vez fue Adrian quien se levantó de su silla.
Tara no pudo responder. Se cubrió la boca con la palma de la mano y su cuerpo comenzó a temblar. Una empleada que se encontraba cerca se apresuró a acercarse, presa del pánico.
—¡Señora!
—¡Agua! ¡Traigan agua, rápido! —ordenó Adrian a gritos.
Tara negó débilmente con la cabeza.
—No… no…
Apartó el vaso que alguien intentaba darle y luego se inclinó hacia delante, sujetándose el abdomen. Las náuseas la dejaban completamente indefensa y también la aterraban.
Tara tenía miedo… Por el bebé. Los pensamientos sobre el embarazo que había querido mantener oculto aparecieron de golpe y le hicieron latir el corazón con fuerza.
Por favor, que no le pase nada. Tara lo suplicó en silencio.
—Voy a llamar a Bone ahora mismo —dijo Adrian mientras tomaba su teléfono.
Llamó rápidamente y se alejó unos pasos. Entonces, su expresión se endureció.
—Está fuera de la ciudad. No regresará hasta esta noche.
—Dios mío. —Kara se acercó y se agachó junto a Tara—. Estás pálida. ¿Qué te pasó realmente ayer, Tara? ¿No quieres contármelo? ¿Ni siquiera a tu propia hermana gemela?
Tara apartó suavemente la mano de Kara.
—Yo… por favor, llévame al hospital —dijo con la respiración entrecortada—. Ahora.
Adrian giró bruscamente la cabeza hacia ella.
—Solo son náuseas. Espera a que llegue el sustituto de Bone.
—No. —Tara levantó el rostro, con los ojos llenos de lágrimas, y no era todo una actuación—. De verdad me siento muy mal, Adrian. Por favor, llévame ahora.
Había algo en el tono de Tara que hizo que Adrian dudara antes de contradecirla. Observó el rostro cada vez más pálido de la mujer, sus labios que habían perdido el color y la mano que no dejaba de presionarse la parte baja del abdomen.
—Está bien —dijo, rechinando los dientes con irritación—. Preparen el auto —ordenó a una empleada.
—Yo también voy —dijo Kara rápidamente.
Tara quería negarse, pero la siguiente oleada de mareo llegó con más fuerza. No tenía energía para discutir.
El hospital estaba más concurrido, aunque todo se encontraba bien organizado. Una enfermera llevó a Tara en silla de ruedas, a pesar de que todavía podía caminar. Adrian iba a su derecha y Kara a su izquierda; ambos parecían igualmente tensos.
Tara bajó la cabeza, sin apartar la mano de su abdomen. Ya no le preocupaba que descubrieran su embarazo. Solo quería asegurarse de que el bebé estuviera bien.
Después de la evaluación inicial y de algunas pruebas rápidas, se acercó una doctora de unos cuarenta años con una tableta que contenía los datos de la paciente.
—¿Señora… Tara Valmont? —preguntó mientras miraba la pantalla.
—Sí —respondió Tara en voz baja.
La doctora asintió.
—Su estado es estable. Es probable que las náuseas estén provocadas por el cansancio, el estrés y los cambios hormonales.
Adrian soltó un breve suspiro.
—Menos mal.
Sin embargo, la doctora aún no había terminado. Volvió a mirar la pantalla y frunció ligeramente el ceño.
—Disculpen, necesito confirmar algunos datos.
—Por supuesto —respondió Adrian.
La doctora miró alternativamente a Tara y a Adrian.
—¿Quién de sus familiares directos ha venido con usted?
—Soy su esposo —respondió Adrian con firmeza.
—Yo soy su hermana —añadió Kara.
La doctora tocó la pantalla de la tableta varias veces. Su expresión se volvió cada vez más confusa.
—Disculpen… ¿están seguros de que el matrimonio de la paciente está registrado oficialmente?
La habitación quedó sumida en un silencio repentino.
Adrian miró fríamente a la doctora.
—¿Qué quiere decir?
—Nuestro sistema está conectado con los registros civiles para verificar los datos administrativos. A nombre de Tara Valmont, no figura ningún cónyuge ni ningún matrimonio vigente.
Tara levantó lentamente el rostro. Ya lo sabía. Sin embargo, escuchar aquellas palabras delante de Adrian y Kara seguía sintiéndose como una segunda bofetada. Y también estaba esperando ver cómo reaccionaría Adrian ante aquella situación.
La doctora continuó hablando con tono profesional, sin ser consciente de que estaba lanzando una bomba frente a las tres personas que tenía delante.
—En este momento, la paciente está embarazada y necesitamos los datos de su cónyuge legal para completar la documentación. Por eso necesito confirmar algo: ¿es posible que los documentos aún no se hayan actualizado? ¿O es que la paciente todavía no está casada legalmente?
—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me d
—¿Cómo está? —preguntó Tara.Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.Tara suspiró brevemente.—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inus
La cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilac
Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que
La carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.«Su nombre nunca figuró como esposa».«El nombre registrado es el mío».«Me desharé de ella».La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a
—Eh... despacio, Adrian.Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.Se oyó un







