ANMELDENLa cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.
Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.
—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.
Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.
Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilación.
—Por supuesto.
Se acercó a Kara, se inclinó un poco y aceptó la cucharada sin más. No mostró la menor incomodidad y redujo la distancia que los separaba.
—Está deliciosa, Kara. De verdad sabes cómo deleitar el paladar —la elogió Adrian con sinceridad. Después, miró de reojo a Tara—. Espero que aprendas mucho de tu hermana mayor.
Tara no respondió de inmediato. Se limitó a permanecer sentada en la silla del comedor, recostada con tranquilidad, observándolo todo en silencio. Disfrutaba de una taza de té verde que se había preparado mientras contemplaba aquella escena que ahora resultaba tan evidente: las miradas demasiado prolongadas, las sonrisas cargadas de significado y una cercanía excesiva para una simple relación entre cuñados.
Maldita sea. ¿Por qué todo aquello solo le resultaba evidente ahora?
Poco después, se oyeron unos pasos pequeños y apresurados procedentes del pasillo.
—¡Papá!
Liora apareció con una expresión alegre y el cabello ligeramente despeinado. Corrió directamente hacia ellos, con los ojos brillantes al ver la mesa del comedor, pero enseguida desvió la mirada hacia Kara.
—Mamá Kara, ¿qué has preparado esta noche para papá? —preguntó con gran entusiasmo.
Tara debería haber sospechado desde el principio lo fácil que le resultaba a Liora llamar «mamá» a Kara y que esta no tuviera la menor objeción al respecto.
Kara sonrió con dulzura.
—Está aquí, cariño. La sopa que le gusta a tu papá, por supuesto.
Liora se sentó rápidamente, pero antes de tocar nada, miró a Tara.
—¿Y qué ha preparado mamá Tara?
La pregunta era sencilla, pero bastó para cambiar el ambiente de la habitación. Tara la miró brevemente.
—Hoy mamá no ha cocinado —respondió con naturalidad.
Liora guardó silencio.
—¿Por qué?
—No tuve tiempo.
Liora frunció el ceño y apartó ligeramente el cuenco que tenía delante. La sopa que Kara había preparado también estaba servida especialmente para ella.
—Come esta sopa, Liora.
—No quiero esta. Quiero la tortilla de huevo que prepara mamá Tara —dijo Liora en un tono elevado—. ¡Ahora!
Normalmente, Tara habría sonreído e intentado convencerla. Habría procurado explicárselo con paciencia y la mayor tranquilidad posible. Pero esta vez se limitó a tomar su propia cuchara.
—Entonces, no la comas.
Kara y Adrian se volvieron hacia ella al mismo tiempo. El tono de Tara era demasiado inexpresivo y no hacía el menor esfuerzo por tranquilizar a Liora. Kara soltó una risita, intentando aliviar la tensión.
—Liora, no te comportes así. Mamá Kara se ha esforzado mucho para cocinar. Come, está deliciosa.
—¡Pero quiero la tortilla de mamá Tara! —protestó Liora.
—Liora —la llamó Adrian.
Pero antes de que Adrian pudiera decir algo más, Tara lo interrumpió con un tono mucho más firme.
—Come lo que hay, Liora. Además, es la comida que ha preparado mamá Kara, a quien tanto quieres, ¿verdad?
Liora soltó un suspiro de frustración y comenzó a remover la sopa a regañadientes.
Hubo unos momentos de silencio y la cena continuó como de costumbre.
Adrian se aclaró brevemente la garganta antes de hablar.
—Hay algo que quiero comentar.
Tara permaneció callada. Su cuchara se movía lentamente mientras removía la sopa. Por el rabillo del ojo, observaba el comportamiento de las dos personas que tenía enfrente: Kara y su esposo.
—El proyecto de Neo Group exige cada vez más dedicación y atención —continuó Adrian.
Miró a Kara.
—Necesito que Kara me acompañe personalmente. Así será más fácil desplazarnos y asistir a las reuniones con clientes importantes. Por eso, durante un tiempo, Kara se quedará aquí.
La cuchara de Tara se detuvo por un instante, pero enseguida reanudó la cena. No mostró ninguna reacción ni expresó objeción alguna.
Y aquello fue precisamente lo que hizo que Kara se sintiera desconcertada y dudara.
—Adrian... creo que no es necesario...
—¡Quiero que mamá Kara viva aquí! —la interrumpió Liora de repente.
Todos se volvieron hacia ella.
—¡Quiero que mamá Kara se quede aquí! ¡No quiero que mamá se vaya!
—Liora, cariño... —Kara intentó tranquilizarla, pero Liora ya se había puesto de pie sobre su silla.
—¡No quiero que mamá Kara se vaya, papá! —gritó cada vez más fuerte.
Sus manos barrieron el cuenco que tenía delante. La sopa se derramó, el caldo caliente salpicó la mesa y la cuchara cayó con estrépito.
—¡Liora! —exclamó Adrian.
Sin embargo, los gritos y el llanto continuaron. Y entonces, Tara se puso de pie.
—Liora.
Su voz no era fuerte, pero bastó para detenerlo todo.
Liora se quedó inmóvil. Todavía respiraba entrecortadamente y las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Siéntate —ordenó Tara con firmeza.
No había alzado la voz, pero algo era diferente. Lentamente, Liora volvió a sentarse. Tara se acercó con calma, midiendo cada paso. Se detuvo justo delante de la niña y la miró sin dejar traslucir ninguna emoción.
—¿Quién te ha enseñado a comportarte así?
Nadie dijo una sola palabra.
—Has tirado la comida, has gritado en la mesa y has faltado al respeto a la persona que ha cocinado para ti.
Liora miró a Tara con miedo en los ojos.
—¿No puedes responder?
—N-no ha sido nadie, mamá Tara.
Tara asintió levemente.
—Extiende la mano.
Liora no se atrevió a desobedecer. Colocó la mano sobre el borde de la mesa del comedor. Entonces, con un movimiento rápido, Tara le golpeó la palma con los palillos que estaban en el centro de la mesa.
Lo hizo varias veces, sin demasiada fuerza, pero lo suficiente para sobresaltar a la pequeña. Liora rompió a llorar de inmediato, tanto por la sorpresa como por el dolor. Tara no dejó de golpearle la mano para castigarla.
—Yo nunca te he enseñado a hacer eso —continuó Tara, manteniendo la voz baja—. Así que no vuelvas a hacerlo.
El llanto de Liora se intensificó. Lo que Tara estaba haciendo dejó a Kara y a Adrian desconcertados. Sin embargo, no podían permitir que aquello continuara demasiado tiempo. Kara se levantó de inmediato y se acercó a Liora. La abrazó presa del pánico.
—Ya está, ya está. No sigas, Tara. Creo que Liora ya se ha arrepentido.
—¡Mamá Kara! —gimió Liora con más desesperación—. ¡Me duele! ¡Me duele la mano! ¡Mamá Tara es mala!
—No pasa nada, cariño.
Kara miró a Tara, con el asombro claramente reflejado en el rostro. Sin decir nada, levantó a Liora en brazos y se la llevó. Los llantos siguieron oyéndose hasta que desaparecieron en el piso de arriba.
La habitación volvió a quedar en silencio. Adrian seguía mirando a Tara con una expresión difícil de interpretar.
—No tenías que llegar tan lejos, Tara —dijo Adrian.
Tara no respondió de inmediato. Permaneció de pie unos segundos y luego sus hombros fueron bajando lentamente. Las lágrimas comenzaron a caer.
—Lo siento —dijo en voz baja—. No he sabido educarla bien.
Su voz tembló.
—He sido demasiado dura. Debería haber tenido más paciencia.
Bajó la cabeza.
—Yo... he fracasado como madre.
Le temblaban las manos mientras se secaba las lágrimas.
—Tara —la llamó Adrian.
Pero Tara no prestó atención a su llamada. Continuó hablando.
—He fracasado como madre adoptiva. ¡Dios mío! Si Liora estuviera con su madre biológica, creo que no se comportaría de una manera tan salvaje.
—No, no. ¿Por qué piensas eso? —Adrian se acercó e intentó tranquilizar a Tara, pero su gesto recibió un rechazo rotundo.
—No te acerques, Adrian —advirtió Tara con firmeza.
Su mirada dejaba claro que no quería que él se acercara.
Y eso que, normalmente, Tara siempre había intentado estar cerca de Adrian. En cambio, él solía esforzarse por mantener cierta distancia con ella. Pero... ¿por qué aquella noche todo parecía tan diferente?
—Voy a mi habitación.
Tara se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Mientras subía las escaleras hacia su habitación, se secó rápidamente las lágrimas. La expresión de arrepentimiento por haber castigado a una niña tan pequeña como Liora desapareció sin dejar rastro.
En su lugar apareció una leve sonrisa. No duró mucho, pero bastó para demostrar una cosa: Tara ya no ocupaba la misma posición de antes.
Si hasta entonces se había limitado a seguirles el juego, a partir de ahora sería ella quien establecería sus propias reglas.
«Si ustedes pueden fingir con tanta facilidad, yo también puedo seguirles el juego. Prepárate, Adrian. Te arrepentirás. Y tú también, mi querida hermana. Prepárate. No pienso quedarme de brazos cruzados».
—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me d
—¿Cómo está? —preguntó Tara.Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.Tara suspiró brevemente.—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inus
La cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilac
Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que
La carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.«Su nombre nunca figuró como esposa».«El nombre registrado es el mío».«Me desharé de ella».La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a
—Eh... despacio, Adrian.Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.Se oyó un







