ANMELDEN
—Eh... despacio, Adrian.
Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?
—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?
El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?
Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.
Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.
Se oyó un gemido ahogado, seguido de una risa suave que hizo que la sangre de Tara se helara.
—Adrian... —La voz de aquella mujer sonó suave, mimosa y muy familiar para ella—. De verdad que no sabes contenerte, ¿verdad?
Tara cerró los ojos por un instante. No. No podía ser.
—¿Crees que podría mantener la calma cuando estoy contigo, mi querida Kara? —Adrian se rio.
Kara.
Aquel nombre golpeó a Tara sin piedad. Apretó aún más la mesa. Sus uñas presionaron la superficie de madera hasta que sus dedos palidecieron, pero no sintió ningún dolor. Todo su cuerpo ya estaba entumecido.
—¿Qué pasaría si Tara se enterara? —Kara soltó una risita, como si estuviera disfrutando de algo que iba mucho más allá de una simple conversación—. ¿Cómo crees que sería su expresión?
Adrian también se rio, como si lo que estaba haciendo no le pesara en absoluto.
—No se enterará. Confía demasiado en que la amo de verdad —continuó Adrian despreocupadamente—. Y eso hace que todo sea más fácil.
El pecho de Tara se oprimió aún más.
—A veces me pregunto —volvió a hablar Kara—. ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de nada? ¿Ni siquiera después de todo lo que hemos hecho?
La mujer volvió a gemir suavemente.
—Porque nunca ha visto realmente lo que tiene delante —respondió Adrian—. Simplemente acepta y cree todo lo que le mostramos, cariño.
Tara se mordió el labio, intentando contener hasta el más mínimo sonido. Quería irse. Quería huir lo más lejos posible de aquel lugar, pero sus piernas no se movían. Era como si le exigieran que siguiera esperando y escuchando cada palabra.
—Por cierto —dijo Kara entre gemidos—. Es bastante gracioso, ¿no? Cada año celebra su «aniversario de bodas», cuando el matrimonio ni siquiera está registrado a su nombre.
El corazón de Tara pareció detenerse.
—Me preocupa que algún día se le ocurra consultar el registro civil. ¿Crees que se sorprenderá o se derrumbará cuando descubra que el nombre que figura allí es el mío?
Tara se quedó paralizada. Sus manos se aferraron con más fuerza al borde de la mesa. La vista comenzó a nublársele.
—No llegará tan lejos —respondió Adrian con calma—. Y, aunque lo hiciera, ya no importaría.
—Además —continuó Adrian, con la voz nuevamente fría—, solo tenemos que esperar a que termine el proyecto de Neo Group.
Neo Group. El gran proyecto en el que Adrian estaba trabajando y cuya gestión estaba a cargo de Tara.
—La mayoría de los clientes solo confían en Tara —continuó—. Su reputación es lo que mantiene a todos los clientes de nuestro lado. Todavía la necesitamos.
—¿Y después? —preguntó Kara en voz baja.
—Me desharé de ella.
Pronunció aquellas palabras sin más, sin emoción ni la menor vacilación. Como si Tara no fuera nadie.
Como si los cinco años que había vivido a su lado nunca hubieran significado nada.
El mundo a su alrededor pareció dar vueltas. Su agarre comenzó a debilitarse, pero se obligó a mantenerse en pie. No te caigas ahora, Tara. Tienes que ser fuerte, se dijo para sus adentros.
—Bien —dijo Kara—. Ya estoy bastante cansada de fingir. —Su tono sonaba despreocupado—. Entonces, para nuestro quinto aniversario de bodas, hagamos una gran celebración, ¿de acuerdo? Una que esté a la altura de nuestra verdadera relación. ¿Qué te parece, cariño?
—Por supuesto —respondió Adrian—. Haz lo que quieras.
Sin embargo, al otro lado de aquella puerta, algo dentro de Tara se derrumbó por completo. El aniversario de bodas que estaban a punto de celebrar, el matrimonio que había mantenido junto a Adrian... Resultaba que nada de aquello le pertenecía.
La respiración de Tara tembló. Lentamente, sus dedos se soltaron de la mesa. Intentó mantener el cuerpo erguido, pero se sentía vacía.
El registro civil. De repente, aquel lugar apareció en su mente.
—Tengo que ir allí —murmuró en voz baja—. Para demostrar todas estas mentiras.
Poco después, Tara llegó a la oficina del registro civil donde supuestamente estaba inscrito su matrimonio.
—Señorita Valmont, su nombre no aparece en el sistema de registros matrimoniales.
—Eso es imposible —replicó Tara con una risa incrédula—. Por favor, vuelva a comprobarlo. Se lo ruego.
El empleado suspiró suavemente, pero finalmente volvió a realizar la búsqueda.
—Esta es la tercera vez, señorita Valmont. Sin embargo, su nombre, Tara Elise Valmont, no figura en ninguna acta de matrimonio.
—¡Eso es imposible! Llevo cinco años casada con Adrian Ashbourne —exclamó Tara, incapaz de creerlo.
Todas las palabras que había escuchado al otro lado de la puerta del despacho de Adrian volvieron a resonar en su mente.
Así que todo este tiempo...
—Como puede ver, ya lo he comprobado varias veces —dijo el empleado administrativo con paciencia—. Sin embargo, sí aparece el nombre de un familiar suyo: la señorita Kara Evangeline Valmont. Ella contrajo matrimonio con Adrian Lucien Ashbourne el 22 de abril de 2022.
El mundo de Tara terminó de derrumbarse.
Si uno de los empleados no la hubiera sostenido, Tara se habría desplomado de rodillas en el suelo.
—Esto... esto no es verdad, ¿verdad? —preguntó con la voz temblorosa.
Las lágrimas ya le corrían por las mejillas.
—¡Todo esto es mentira!
—¿Desea una copia? —preguntó el empleado, visiblemente confundido por la presencia de Tara, quien llevaba un buen rato insistiendo en comprobar si su nombre figuraba o no en el registro matrimonial.
—¿Podría conseguirla?
Poco después, una copia del acta de matrimonio ya estaba en manos de Tara. Al mismo tiempo, su teléfono comenzó a sonar.
—Tara, soy Victor.
La voz de quien llamaba hizo que Tara guardara silencio por un momento.
—¿Señor... Victor?
—Por Dios, Tara —se rio el hombre al otro lado de la línea—. ¿Acaso te has olvidado de tu suegro?
¿Cómo iba Tara a olvidarse de Victor Ashbourne? Pero... ¿por qué la estaba llamando?
—Sí, señor Vic...
—Papá, Tara. ¿Por qué eres tan formal conmigo? Eres mi nuera —dijo Victor con firmeza.
Tara tragó saliva, nerviosa, y corrigió sus palabras.
—Sí, papá. ¿Qué ocurre? —preguntó Tara una vez que consiguió recuperar el control de sí misma.
—Ven a recogerme al aeropuerto dentro de dos horas. Estoy de camino a la ciudad de Holland. Y no le digas a Adrian que voy a llegar. ¿Puedes hacerlo?
—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me d
—¿Cómo está? —preguntó Tara.Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.Tara suspiró brevemente.—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inus
La cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilac
Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que
La carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.«Su nombre nunca figuró como esposa».«El nombre registrado es el mío».«Me desharé de ella».La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a
—Eh... despacio, Adrian.Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.Se oyó un







