ANMELDEN—¿Cómo está? —preguntó Tara.
Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.
Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.
—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.
Tara suspiró brevemente.
—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.
La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.
—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.
Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inusualmente frío y aquella mirada que… por alguna razón, le resultaba extraña. Sin embargo, todo eso quedó relegado en cuanto vio el rostro de Tara en ese momento. La mujer estaba de pie frente a él, con los hombros ligeramente caídos, los ojos hinchados y una expresión que ya no tenía la firmeza de hacía apenas unos minutos.
Había algo diferente en ella. Y Adrian no estaba seguro de si le gustaba o si, por el contrario, debía preocuparle.
—No tienes que culparte de esa manera —dijo finalmente. Se acercó y observó a Tara con más atención—. La niña solo está siendo caprichosa. Mañana ya se le habrá olvidado.
Tara negó lentamente con la cabeza.
—No, Adrian… es culpa mía. —Inspiró profundamente, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande que un simple sentimiento de culpa—. No debería haber reaccionado así. Ni siquiera me reconocí a mí misma.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Tara guardó silencio un momento y luego se sentó en el borde de la cama. Entrelazó los dedos, visiblemente inquieta.
—En realidad… hoy tuve un accidente.
—¡¿QUÉ?! —Adrian se incorporó de golpe—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
De inmediato, examinó con más atención todas las heridas que Tara había sufrido.
—Deberías habérmelo dicho…
—Ya estoy bien, cariño —dijo Tara con una sonrisa tranquilizadora. Dejó que Adrian le tomara la mano—. Cuando ocurrió el accidente… —Su voz se volvió más baja—, tuve muchísimo miedo.
Adrian la miró fijamente.
—¿Qué te asustó?
—El auto apareció tan rápido. Ni siquiera tuve tiempo de pensar en nada. Lo único que se me pasó por la cabeza fue… ¿y si no sobrevivía?
Su voz tembló.
—¿Y si realmente me iba sin dejar nada atrás?
Adrian no respondió de inmediato. No esperaba que la conversación tomara aquel rumbo. Hasta entonces, Tara nunca había sido una mujer que mostrara sus miedos con facilidad. Siempre había sido estable, tranquila y fácil de controlar.
Pero esa noche… no.
—Ya basta —dijo finalmente, con un tono un poco más suave—. Sobreviviste y estás bien. Eso es lo más importante.
Tara asintió, aunque la tristeza aún permanecía en sus ojos.
—Lo sé, pero ahora lo siento de otra manera. Es como si acabara de darme cuenta de que todo puede desaparecer en cualquier momento. Y quizá por eso también estoy tan inestable emocionalmente. Y terminé haciendo que Liora… —Se cubrió el rostro, conteniendo los sollozos que llevaba un rato reprimiendo.
Adrian suspiró brevemente y luego le acarició el hombro con suavidad.
—Solo estás agotada. Hoy ha sido un día demasiado duro para ti.
—Mm. —Tara no lo contradijo.
—Duerme —continuó Adrian—. Necesitas descansar.
Tara levantó el rostro y lo miró un momento antes de preguntar en voz baja:
—¿Puedes quedarte conmigo?
Adrian guardó silencio.
—Solo un rato —añadió Tara rápidamente—. Simplemente no quiero estar sola esta noche.
Era una petición sencilla. Normalmente, Adrian no prestaba atención a los ruegos de Tara, pero aquella noche no la rechazó de inmediato.
Asintió con vacilación y respondió:
—Está bien.
Tara se desplazó un poco para dejarle espacio a su lado. Adrian se acostó en el otro lado de la cama, manteniendo la distancia de siempre. Las luces de la habitación se atenuaron, dejando una iluminación cálida y tranquila.
Después de eso, ninguno de los dos volvió a hablar. Tara permaneció acostada, mirando el techo, mientras Adrian mantenía la vista fija al frente. No hubo ningún contacto entre ellos.
—Adrian —lo llamó Tara, rompiendo el silencio.
—¿Sí?
—Nuestro aniversario de bodas está cerca, ¿verdad? Ya he preparado la celebración de siempre.
Adrian asintió ligeramente.
—Sí.
Tara esbozó una leve sonrisa.
—El tiempo pasa rápido, ¿verdad? —Giró un poco el cuerpo para mirarlo—. Seguro que el proyecto de Neo Group te tiene muy ocupado.
Su tono cambió: ahora era más ligero, cálido y suave que antes.
Adrian la miró de reojo.
—Es un proyecto importante. Hay mucho en juego, y tú también has contribuido mucho, Tara.
—Lo sé —respondió Tara en voz baja—. Y lo estás gestionando muy bien. Yo solo te apoyo. Sin tus decisiones finales, este proyecto no sería más que algo mediocre.
Adrian no respondió, pero su mirada cambió ligeramente.
—El nombre de Ashbourne tendrá aún más peso después de esto —continuó Tara, como si hablara sin darle demasiada importancia—. Y, por supuesto… también el tuyo.
Hubo una breve pausa antes de que Tara continuara.
—Siempre has sido así, Adrian. Siempre sabes qué hacer. No es de extrañar que tanta gente confíe en ti.
Adrian esbozó una leve sonrisa.
—Es mi deber.
Tara negó lentamente con la cabeza.
—No todo el mundo sería capaz de hacer lo mismo. De cargar con una responsabilidad tan grande. —Lo miró durante unos segundos más y luego dijo con un tono más suave—: Estoy orgullosa de ti.
Adrian no respondió de inmediato, pero su mirada cambió: se volvió más relajada y satisfecha. Exhaló lentamente y su cuerpo se distendió un poco más.
—Todo esto es por nuestra familia —dijo.
Tara sonrió con intención.
—En ese caso… —Hizo una breve pausa, como si estuviera sopesando algo—. ¿Puedo pedirte algo por nuestro aniversario de bodas?
Adrian se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa?
Tara no respondió de inmediato. Bajó la mirada un instante y luego volvió a mirar a Adrian con una expresión difícil de descifrar.
—Hasta ahora… nunca te he pedido realmente nada —dijo en voz baja—. Y, para ser sincera, tampoco he recibido nunca un regalo que de verdad… significara algo para mí.
Adrian frunció ligeramente el ceño.
—No es por su valor —continuó Tara rápidamente—. Es que quiero algo que me haga sentir que realmente formo parte de tu vida.
—¿Y bien? —preguntó Adrian—. ¿Qué quieres?
Tara inspiró lentamente.
—Quiero una de tus propiedades.
Adrian guardó silencio un momento.
—¿Una propiedad? —repitió.
Tara asintió.
—La del centro de la ciudad, ese apartamento.
Adrian la observó durante unos segundos, como si estuviera sopesando la petición. No era poca cosa, pero tampoco algo que no pudiera darle. Esbozó una leve sonrisa.
—Si eso es lo que quieres, me encargaré de ello.
La expresión de Tara cambió. Un destello de felicidad sincera apareció en su rostro, o al menos eso parecía a los ojos de Adrian. Como si lo que él acabara de darle fuera algo enorme, más que suficiente. Sin embargo… lo que Adrian le había dado a Kara era mucho más.
—Gracias, Adrian. —Se acercó un poco y le besó suavemente la mejilla—. Estoy muy feliz.
Adrian no dijo nada más. Sin embargo, un pensamiento cruzó con claridad por su mente: no tenía nada de malo darle algo a aquella mujer.
Después de todo… quizá fuera lo último que le daría.
—¿Está seguro de esta decisión, señor Adrian? —La voz al otro lado del teléfono sonaba vacilante.
Adrian estaba en su despacho, con una mano en el bolsillo y el teléfono en la otra. Permanecía cómodamente recostado en su silla de trabajo.
—Sí —respondió brevemente—. Encárguese de la transferencia de la propiedad.
—Esto… no es un activo menor.
—Lo sé.
—¿Podría saber el motivo? —preguntó el abogado, todavía con curiosidad en la voz.
Adrian esbozó una leve sonrisa.
—Es solo un regalo.
—¿Para la señora Tara?
—Sí.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—De acuerdo, me encargaré de ello de inmediato. Mañana por la mañana, el apartamento de Golden Palace quedará a nombre de la señora Tara Ashbourne.
La llamada terminó. Adrian miró la pantalla de su teléfono durante un momento antes de dejarlo sobre el escritorio.
Un regalo. Aquella palabra le parecía insignificante, muy insignificante. Después de todo, poseía mucho más que uno o dos apartamentos de lujo. No le suponía ningún problema renunciar a uno de ellos para dárselo a Tara.
Y, a pesar de todo, Adrian sabía una cosa con certeza: cuando todo terminara… Tara ya no estaría allí.
—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Kara con un tono de voz tan elevado que ya no podía disimular su indignación.Adrian solo pudo suspirar suavemente antes de decir:—Vamos, ¿por qué haces tanto escándalo por algo tan insignificante?—¿Insignificante? —Kara claramente no estaba dispuesta a aceptarlo—. ¿Le regalas a Tara un lujoso apartamento en Golden Palace y dices que es insignificante?Adrian se apresuró a calmar a la mujer que amaba; le acarició suavemente el hombro, se disculpó de vez en cuando y le dijo:—Considéralo un último regalo y una muestra de agradecimiento por su ayuda. Al menos sé cómo devolver un favor.—Qué gracioso que hables de devolver favores. —Kara cruzó los brazos sobre el pecho. Sus ojos se clavaron en Adrian, que todavía intentaba tranquilizarla—. ¿Así que ahora empiezas a ser generoso con ella?—No es eso, cariño —dijo Adrian, tratando de convencerla.—¿Entonces qué es? —Kara seguía sin poder aceptarlo tan fácilmente—. Si le das un apartamento a Tara, ¿qué me d
—¿Cómo está? —preguntó Tara.Su mirada reflejaba preocupación y tristeza. Se apresuró a recibir a Adrian en cuanto se abrió la puerta de su habitación.Adrian se sobresaltó, sin esperar que Tara siguiera despierta esperándolo. Pensaba que ya se habría dormido. Se aclaró brevemente la garganta para disimular su nerviosismo.—Está mucho mejor. Kara logró calmarla y ahora Liora está durmiendo con ella.Tara suspiró brevemente.—Menos mal. —Sus hombros se relajaron con alivio—. He estado esperando noticias tuyas todo este tiempo. No quería forzarme a ir a la habitación de Liora. Me preocupa que me tenga aún más miedo.La mujer bajó la mirada con tristeza. Su rostro reflejaba una profunda pena y un enorme arrepentimiento.—Perdóname, Adrian. De verdad no he sabido ser un buen ejemplo de madre para Liora.Al principio, Adrian había querido enfadarse. Las palabras de Tara en el comedor seguían resonando con claridad en su cabeza: la manera en que había golpeado la mano de Liora, su tono inus
La cena de aquella noche, tal como Tara había previsto, también contaba con la presencia de Kara. Normalmente, Tara siempre recibía a su hermana mayor con alegría. Incluso cuando sus padres venían de visita, el ambiente se volvía más animado, aunque casi siempre las conversaciones giraban en torno a una sola persona.Kara esto. Kara aquello. Kara, la hija de la que todos estaban orgullosos. ¿Y Tara? Apenas era un complemento. Sin embargo, antes nada de aquello le había resultado doloroso. Lo aceptaba con sinceridad. Los amaba incondicionalmente. Hasta hoy, el día en que descubrió todo lo que Kara le había ocultado de la manera más cruel.—He preparado tu sopa de carne favorita, Adrian. ¿Quieres probarla primero? —La voz de Kara sonaba suave y llena de consideración.Estaba junto a la estufa, con una cuchara de sopa en la mano, esperando con una sonrisa demasiado cálida para tratarse de una simple cuñada.Adrian, que llevaba un rato observándola, sonrió ligeramente sin la menor vacilac
Victor estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. Como si la conversación que acababa de mantener con Tara no hubiera sido más que una charla sin importancia. Sin embargo, para Tara, había hecho falta un valor inmenso y arriesgar su propio orgullo para decir aquello.Tara observó a Victor durante un buen rato, aunque solo a través del espejo retrovisor central. Se fijó en la tranquilidad con la que estaba sentado. Tenía los ojos cerrados, como si disfrutara del trayecto hacia el lujoso apartamento situado en el centro de la ciudad.Finalmente, Tara rompió el silencio entre ambos.—¿Está seguro de que debo mantener en secreto su regreso?Una vez más, Tara formuló aquella pregunta. Y no era sin motivo. Aunque la relación entre Victor y Adrian parecía distante, ambos estaban vinculados en el ámbito empresarial. Había muchas cosas que Adrian debía consultar con Victor antes de tomar nuevas decisiones en Ashbourne Corp. Y, en ocasiones, aquello irritaba a Adrian, pues sentía que
La carretera parecía desierta. Tara conducía a una velocidad constante. Los semáforos cambiaban de color, los vehículos avanzaban lentamente y el cielo de aquella tarde se veía despejado.A diferencia de ella, que sentía como si una luz gris y nublada la envolviera. Sus manos sujetaban el volante, pero sus pensamientos se habían quedado muy atrás.Aquellas voces volvieron a resonar en su mente.«Su nombre nunca figuró como esposa».«El nombre registrado es el mío».«Me desharé de ella».La respiración de Tara se entrecortó. Intentó concentrarse, pero los acontecimientos que acababa de vivir se sucedían uno tras otro, destrozando su concentración.Había pasado cinco años viviendo algo que ni siquiera había existido.Sus manos apretaron con más fuerza el volante. Sentía el pecho cada vez más oprimido. Algo comenzó a ascender desde lo más profundo de su ser: una mezcla de rabia, desolación y vacío.El semáforo que tenía delante cambió a amarillo. Tara no se dio cuenta. Su mente volvió a
—Eh... despacio, Adrian.Aquella voz hizo que Tara se detuviera en seco mientras se dirigía al despacho de su esposo. También le resultaba tan familiar que le costaba creer lo que acababa de oír. ¿Se habría equivocado?—¿Cómo quieres que vaya despacio cuando estoy contigo?El corazón de Tara pareció detenerse en ese mismo instante. Esa voz... ¿era la de Adrian?Tara ni siquiera se dio cuenta de cuándo su respiración se volvió corta e irregular. Sus manos buscaron de inmediato algo en lo que apoyarse. Las yemas de sus dedos rozaron el borde de una mesita junto a la puerta del despacho de Adrian, y enseguida se aferró a ella con fuerza, como si, de soltarla, su cuerpo fuera a desplomarse de verdad.Sus pasos apenas producían ruido mientras se acercaba, aunque cada centímetro que avanzaba le resultaba pesado. Le temblaban las piernas y sentía un zumbido en la cabeza. Sin embargo, las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta eran demasiado claras como para ignorarlas.Se oyó un







