เข้าสู่ระบบLA COCINA se sentía inusualmente silenciosa después de que la pesada puerta principal se cerrara tras Adrian. El eco lejano de sus zapatos pulidos contra el suelo de mármol permaneció en los oídos de Amelia mucho tiempo después de que él se hubiera ido. Se quedó inmóvil por un momento, rozando con los dedos el respaldo de la silla que él había ocupado para un desayuno fugaz, observando el trozo de tostada intacto en su plato. Apenas había comido, como de costumbre, demasiado preocupado por las inminentes citas del día.
Amelia suspiró suavemente. Recogió los platos y los puso en el fregadero, obligándose a moverse. El tintineo de la cerámica era el único sonido que llenaba la habitación, acompañado por el zumbido del refrigerador. No le gustaba el silencio; al menos, no este tipo de silencio. No era pacífico; era vacío.
Desde el pasillo llegó el sonido de unos pasos pequeños y entusiastas.
—¡Mami! —llamó Hazel, arrastrando su mochila escolar por el suelo—. ¿Ya se fue papi?
Amelia se giró, y se le encogió el corazón al ver el rostro expectante de su pequeña. Hazel apenas tenía siete años, con los agudos ojos marrones de su padre pero los rasgos suaves de su madre.
—Sí, cariño —dijo Amelia con dulzura, arrodillándose para quedar a la altura de la mirada de Hazel—. Papi tuvo que irse a trabajar.
Hazel hizo un puchero.
—¿Espero que vuelva temprano para la cena? —Sostuvo con orgullo la hoja de papel de colores que llevaba en la mano: figuras de palitos tomadas de la mano bajo un sol brillante, una casa con humo saliendo de la chimenea y las palabras Yo, Mami, Papi. Era su dibujo más reciente.
Amelia la estrechó en un abrazo, aspirando el aroma de su champú de fresa.
—Sí, lo hará —dijo mirando el papel—. Esto es hermoso, cielo. Estoy segura de que a papi le encantará cuando lo vea esta noche.
Los pequeños hombros de Hazel se hundieron.
—Siempre está ocupado. Espero que lo logre esta vez —rezongó.
Las palabras atravesaron a Amelia como una aguja. No fueron dichas con ira, sino con la honestidad inocente de una niña que no quería nada más que tiempo con su padre. Amelia acarició el cabello de Hazel y forzó una sonrisa.
—Por eso se lo recordaremos con cuidado, ¿mm? Y cuando llegue tu cumpleaños, él te lo compensará.
La mención de su cumpleaños iluminó un poco el rostro de Hazel. Asintió y salió saltando hacia la puerta. Amelia la siguió, tomando la botella de agua de Hazel y empacando con cuidado la lonchera que había preparado.
El trayecto a la escuela estuvo lleno del parloteo de Hazel sobre sus compañeros y el libro de cuentos que su maestra prometió leer. Amelia escuchaba, sonriendo, aunque sus pensamientos regresaban a Adrian. Recordó la forma en que él había respondido esa mañana cuando mencionó que estuviera presente en la cena; su reacción había mostrado más preocupación por sus reuniones que por el hecho de que Hazel deseaba esto.
Para cuando Amelia se despidió de Hazel con un beso en la puerta de la escuela, su sonrisa se sentía tensa. Ver a su hija correr hacia el edificio con su mochila rebotando la hacía sentir orgullosa y triste a la vez. Orgullosa de lo brillante que era Hazel, y triste porque Adrian seguía perdiéndose estos momentos fugaces.
De regreso a casa, Amelia se desvió hacia el supermercado. El ama de llaves que apenas contrataban para tareas por día solía encargarse de las compras, pero Amelia encontraba consuelo en el simple acto de elegir verduras y oler la fruta madura. Eso la mantenía conectada a la tierra, le daba una sensación de normalidad que anhelaba en medio del mundo de altas esferas, fechas límite y expectativas de Adrian.
Se demoró en la sección de panadería, eligiendo el brioche favorito de Adrian. Aunque él apenas había tocado su tostada esta mañana, una parte de ella todavía esperaba sorprenderlo con una rebanada fresca esta noche.
Cuando regresó a casa, la luz del sol entraba cálidamente por la sala. Amelia dejó las compras en la cocina y, por costumbre, entró en el estudio de Adrian.
Estaba impecable, casi frío. Su escritorio estaba apilado con archivos, su computadora portátil aún abierta, como si el espacio mismo nunca descansara realmente. Los ojos de Amelia se posaron en una foto enmarcada junto al escritorio: los tres sonriendo en unas raras vacaciones en la playa. El brazo de Adrian rodeaba sus hombros, sus ojos eran más suaves entonces y su sonrisa no era forzada. Recordó cómo había cargado a Hazel sobre sus hombros, riendo cuando las olas salpicaban sus piernas.
Sus dedos rozaron el borde del marco.
—¿A dónde se fue ese Adrian? —susurró.
El timbre de su teléfono la sobresaltó. Se enderezó rápidamente, sacándolo de su bolsillo. Era su amiga Clara.
—¡Amelia! —la voz alegre de Clara estalló a través del auricular.
Amelia suspiró. Y su amiga se preguntó si ese suspiro era por cansancio o por algo más.
—Buenos días, Clara —saludó, frotándose los ojos con los dedos.
—Oye, tranquila. Suspiras cada vez que respondes mi llamada. ¿Qué pasa ahora? Y feliz cumpleaños para Adrian —añadió.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Gracias, chica. ¿Cómo estás? ¿Leonard y los niños?
—Todos están bien, pero no evadas mi pregunta.
Suspiró de nuevo, sin decir nada. Clara exhaló.
—¿Almorzamos hoy? Ahora mismo suenas como si necesitaras un descanso.
Amelia vaciló. Clara la conocía demasiado bien.
—No puedo, Clara. Todavía hay mucho que hacer por aquí.
—Quieres decir que hay mucho que esperar a Adrian —bromeó Clara con conocimiento de causa. Luego su tono se suavizó—. Vamos, Amy. Tú también necesitas tiempo para ti misma.
Amelia sonrió débilmente, aunque la expresión no llegó a sus ojos.
—Tal vez la próxima semana.
—No —tronó Clara—, pasaré por la boutique unos minutos antes del almuerzo. Vamos a almorzar hoy. Insisto.
Amelia puso los ojos en blanco.
—Ir a la boutique hoy no estaba en mi agenda...
—Ahí vas de nuevo —interrumpió Clara—, ¿cómo vas a generar ventas así?
Amelia se rió entre dientes.
—Tengo una gerente y tres representantes de ventas caminando por mi boutique, Clara.
—Señora CEO, salga hoy, quiero que nos veamos. Además, hay un vestido Versace que quiero conseguir, quiero que lo miremos juntas.
—Está bien, de acuerdo —cedió ella—, pero no prometo nada —añadió.
Tras terminar la llamada, regresó a la cocina y comenzó a preparar la cena con antelación. A veces se sentía tonta, este ritual de cocinar platos que Adrian rara vez comía en casa, pero no podía evitarlo. Cada corte del cuchillo contra la tabla era una esperanza silenciosa de que esta noche pudiera ser diferente.
Capítulo 10FIONA acababa de despedir a su prometido en la puerta de salida, permaneciendo inmóvil hasta que resonó el último llamado a abordar y las puertas de cristal se deslizaron cerrándose tras él. Se quedó allí un poco más de lo necesario, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en la pista más allá de los ventanales, esperando esa habitual oleada de alivio que siempre sentía cuando el avión despegaba.Solo después de asegurarse de que el vuelo de su prometido había partido, se dio la vuelta para integrarse al flujo constante de viajeros que salían de la terminal.El aeropuerto estaba concurrido, como de costumbre. Las maletas con ruedas chocaban contra los tacones, las voces se superponían en distintos acentos y los anuncios resonaban desde los altavoces. Fiona se abrió paso entre la multitud, mientras su mente ya se desviaba hacia los mandados que debía hacer de inmediato tras pasar por casa.Entonces lo vio.Al principio fue solo una mirada fugaz, nada intenci
Capítulo 09ADRIAN estaba al pie de su cama, doblando una impecable camisa blanca con precisión mecánica. La habitación estaba inusualmente silenciosa, esa clase de silencio que presiona los oídos y obliga a llevar los pensamientos hacia adentro. Una pequeña maleta yacía abierta sobre la cama, llena hasta la mitad con ropa acomodada con esmero: nada excesivo, nada extravagante. Solo lo esencial.¡Dios! Lo recordaba. Recordaba cuando Amelia solía hacer esto por él, años atrás, con esa precisión, amor y cuidado que siempre la caracterizaban.Extendió la mano hacia otra camisa, hizo una pausa y luego la cambió por una más oscura. Práctico. Siempre práctico.Colocó una carpeta delgada en el compartimento lateral de la maleta: documentos, contratos, itinerarios impresos; luego deslizó su tableta y una libreta de pasta de cuero sin la que nunca viajaba. Sus movimientos eran serenos, controlados, pero había una tensión bajo ellos, como la de un hombre que cuenta los segundos sin mirar el rel
Capítulo 08RYAN se puso a la par con Amelia mientras ella caminaba hacia su oficina, con sus tacones haciendo un suave chasquido contra el suelo pulido. Los restos de confeti aún poblaban los rincones de la boutique, como testigos silenciosos de la celebración que acababa de culminar.—Y bien —comenzó Ryan en tono ligero, acomodándose la tableta bajo el brazo—, ¿la sorpresa del lunes por la mañana fue todo un éxito? —Aún sostenía el ramo de flores con firmeza.Amelia se rió, sacudiendo la cabeza.—Exudó éxito, por no decir más. Casi me dan un ataque al corazón. Por poco me rompo el cuello con estas zapatillas.Él sonrió de lado.—Valió la pena.Pasaron por delante del salón de exhibición, donde las representantes de ventas ya regresaban a sus estaciones, mientras murmullos de emoción aún flotaban en el aire.—Pero en serio —continuó Ryan, adoptando un tono más profesional—, todo el mundo estaba genuinamente feliz por ti. Podías sentirlo.—Lo sentí —dijo Amelia suavemente—. Y lo agrad
LA mañana del lunes llegó con la clase de confianza serena que Amelia había aprendido a llevar como un perfume.En el estacionamiento de Satin and Sage, su auto se deslizó suavemente hacia su lugar reservado, apagando el motor con un leve murmullo. Amelia bajó, y el sol mañanero atrapó de inmediato su vestimenta elegante y calculada. Llevaba un saco sastre color crema, ligeramente ajustado a la cintura sobre una blusa de seda verde esmeralda, cuya caída suavizaba las líneas firmes de la autoridad que proyectaba con tanta naturalidad. Una falda lápiz abrazaba sus caderas sin esfuerzo, cayendo con precisión hasta las rodillas, mientras sus zapatillas de tacón en tono nude realzaban su postura elegante, controlada e inconfundiblemente poderosa. Llevaba el cabello recogido en un chongo bajo y pulido, con un maquillaje mínimo que resaltaba sus pómulos y un sutil brillo en los labios. El anillo —nuevo, deslumbrante e imposible de pasar por alto— descansaba en su dedo como una declaración si
ERA la tarde del domingo cuando la Sra. Harlow entró en la casa de su hija, con el bolso acomodado con elegancia bajo el brazo y una postura erguida a pesar del largo viaje en coche. El aroma familiar del hogar —cálido, acogedor, inconfundiblemente de Amelia— la recibió antes de que pudiera ver a nadie.Apenas había dado dos pasos en la sala de estar cuando una pequeña fuerza impactó contra sus piernas.—¡Abuela! —exclamó Gaddiel, con la voz llena de emoción mientras daba un brinquito hacia ella.—¡Vaya, vaya! —se rió la Sra. Harlow, atrapándolo instintivamente y afianzando los pies para no perder el equilibrio—. Gad, mi amor, cómo has crecido. —Se inclinó ligeramente y le revolvió el pelo, sonriéndole con calidez.Gaddiel sonrió de oreja a oreja, hinchando el pecho con orgullo.—¡Sí! ¡Sí! Se lo dije a Gabriel, pero no me creía. Él insiste en que es el único que está creciendo mucho.La Sra. Harlow se rió entre dientes mientras caminaba con cuidado hacia el sofá y se acomodaba.—Cariñ
LA cena se había enfriado.Adrian estaba sentado solo en la larga mesa del comedor, mientras las luces del techo arrojaban un resplandor apagado sobre los cubiertos intactos y un vaso de agua a medio terminar. La casa estaba en silencio; demasiado silenciosa, pero ya se había acostumbrado a eso. El silencio ya no lo descontrolaba como antes. Se había convertido en su compañero, su castigo y, a veces, su paz.Se reclinó ligeramente en su silla y tomó su teléfono, más por costumbre que por interés. Desplazarse por la pantalla se había vuelto un reflejo en estos días: noticias, actualizaciones de negocios, fluctuaciones del mercado, algún titular insignificante. Cualquier cosa con tal de mantener su mente ocupada una vez que los gemelos se habían ido a la cama y la risa de Hazel ya no resonaba por los pasillos; eso cada vez que pasaban el día con él.Entonces su pulgar redujo la velocidad.Y se detuvo.Sus ojos se clavaron en la pantalla.Una foto la llenaba por completo: brillante, eleg







