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Capítulo 3

Aita Cabrera
El despacho de abogados quedaba cerca de casa. Después de revisar los documentos que había llevado, la abogada Elena Morales alzó la vista.

—Señora Rivas, ¿está segura de que quiere divorciarse?

Asentí.

—Completamente.

—Si el señor Ferrer no está de acuerdo, el proceso podría demorarse.

—No importa.

Hice una pausa antes de añadir:

—No tengo prisa por conseguir su firma.

Elena pareció sorprendida. Yo sonreí.

—Él siempre da por sentado que voy a esperarlo. Esta vez le tocará esperar a él.

Cuando salí del despacho, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras. Recibí un mensaje de Nicolás:

"Valeria se desmayó porque se le bajó el azúcar. Me quedaré con ella hasta que termine de recibir el suero".

Unos minutos después, envió otro:

"Vuelve a casa para cenar. Compré las costillas que te gustan".

Contemplé la pantalla en silencio. Siempre hacía lo mismo: primero me hería y luego intentaba consolarme con una cena, como si una compensación bastara para que yo olvidara el daño.

Cuando regresé, Nicolás aún no había llegado. Fui al estudio y guardé en cajas mi computadora, mi cámara y los archivos del trabajo. En el estante había un álbum de viajes muy grueso. En la primera página aparecía una fotografía de nuestro primer viaje a la playa, cuando apenas comenzábamos a salir.

Ese día, Nicolás me abrazó y prometió que, después de casarnos, cada año me llevaría a conocer una ciudad distinta. Con el tiempo sí visitó muchas ciudades, solo que casi siempre viajó acompañado de Valeria. Como ella odiaba el frío, la llevó a la playa para tomar el sol. Cuando Valeria atravesó una ruptura sentimental, Nicolás la llevó a despejarse. En cambio, cada vez que yo le proponía ir a ver el mar, decía que lo haríamos cuando acabara su trabajo. Y cuando acababa, siempre surgía algo relacionado con Valeria.

Cerré el álbum y lo puse en el fondo de una caja.

A las seis de la tarde, Nicolás regresó con las costillas y una bolsa de fruta. Entró sonriendo.

—¿Tienes hambre? Ya dejé a Valeria en su casa.

Lo dijo como si esperara que se lo agradeciera.

Nicolás no se dio cuenta de que ya había empacado dos cajas. Llevó las compras a la cocina y continuó:

—Valeria estuvo muy alterada hoy. No dejaba de decir que temía causarnos problemas. La verdad es que es muy considerada.

Lo miré.

—¿De veras?

—Claro. Incluso me pidió que volviera temprano para acompañarte.

Todo me pareció absurdo. Valeria se había adueñado de nuestro aniversario y del tiempo que me correspondía, y aun así podía devolverme unas horas como quien concede un favor. Nicolás lo consideraba una muestra de generosidad.

Sonó el celular. No tuve que preguntar quién era. Nicolás respondió de inmediato y, al otro lado de la línea, oí la voz llorosa de Valeria.

—Nicolás, creo que alguien entró en mi casa.

El rostro de Nicolás cambió por completo.

—Ponte a salvo y llama a la policía. Voy para allá.

Tomó la chaqueta y se dirigió a la puerta.

—Nicolás —lo llamé.

Se detuvo.

—¿Qué pasa?

—Las costillas ni siquiera están hechas.

Su irritación se hizo evidente.

—Come cualquier cosa. Lo de Valeria es más urgente.

Asentí.

—Está bien.

Abrió la puerta, pero pareció notar al fin que mi calma era extraña y se volvió para mirarme.

—No te enojes por esto. Volveré más tarde para estar contigo.

La puerta se cerró. De pie en la sala vacía, recordé sus palabras otra vez: "No hay favoritismos, solo prioridades".

No era que él no tuviera tiempo. Era que siempre me colocaba entre las cosas que podían dejarse para después.

Saqué el celular y contraté un servicio de traslado para la mañana siguiente. Solo necesitaba llevar una maleta, dos cajas y una maceta al aeropuerto.

A las siete y media de la mañana siguiente salí del dormitorio arrastrando la maleta. Nicolás no había vuelto en toda la noche. Las costillas seguían sin cocinar en el refrigerador; en la bolsa de fruta había mangos, aunque yo era alérgica al mango.

Nicolás recordaba que Valeria no comía picante y era alérgica a los mariscos, pero nunca recordaba mi alergia al mango. Antes se lo repetía. Luego dejé de hacerlo. Si de verdad le importas a alguien, no tienes que enseñarle una y otra vez cómo quererte.

Cuando llegó el vehículo, revisé la casa por última vez. No me llevé ningún mueble: ni el sofá, ni la mesa, ni las cortinas, ni aquella lámpara de pie. Yo había elegido cada uno de esos objetos, pero ya no me importaba dejarlos allí.

Un hogar no nace de los muebles. Nace cuando alguien te pregunta si estás cansada al verte volver, recuerda qué alimentos te hacen daño y deja de tratarte como el último asunto de su agenda.

En aquel lugar había de todo, excepto yo.

A las ocho y cuarenta, Nicolás por fin escribió:

"Anoche Valeria estaba aterrada. Me quedé con ella hasta que terminó de declarar ante la policía".

"¿Ya despertaste?".

"No sigas enojada. Volveré al mediodía".

No respondí. Mi vuelo salía a la una de la tarde. Elena ya había enviado el convenio de divorcio por correo electrónico a Nicolás y yo solo tenía que enviarle la última autorización firmada antes de abordar.

Antes de salir, dejé mi llave de la casa y mi anillo de boda sobre el mueble de la entrada. Debajo puse una nota con una sola frase:

"Ya no hace falta que reserves un lugar para mí en tu agenda".

Poco después de la una, Nicolás volvió a casa. Al abrir la puerta, lo primero que vio fue el estudio medio vacío. Ya no estaba mi computadora; tampoco la gardenia que había cuidado durante cinco años en el balcón. En el zapatero de la entrada no quedaba nada.

Se quedó junto a la puerta, cada vez más pálido. Me llamó una vez, pero no contesté. Lo intentó de nuevo y obtuvo el mismo resultado.

Entonces vio la llave, el anillo y la nota. En ese momento sonó su celular. Era Elena.

—Buenas tardes, ¿hablo con el señor Nicolás Ferrer? La señora Clara Rivas me encargó hacerle llegar el convenio de divorcio. También me pidió que le informara que su vuelo de la una acaba de despegar.

Nicolás sujetó el celular con fuerza. Cuando habló, tenía la voz tensa.

—¿Adónde fue?

Al otro lado de la línea hubo un breve silencio.

—La señora Rivas dijo que usted no necesita saberlo.

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