INICIAR SESIÓNEra el médico de cabecera, Marcelo. Cargaba con cuidado dos tazones de caldo bien caliente y se dirigía hacia la habitación de Lucía.¿Qué estaba haciendo? ¿Acaso tenía hambre a estas horas? Leandro aminoró el paso y empezó a seguirlo de cerca.La puerta de la habitación no estaba cerrada por completo. Dejaba ver una pequeña rendija. Leandro espió hacia el interior y se le cortó la respiración por un instante. Lucía, quien hacía apenas unos minutos permanecía recostada en la cama, pálida y hablando con un hilo de voz, estaba en ese preciso momento sentada con las piernas cruzadas, llena de vida.—Marcelo, ¿le pusiste las hierbas y el toque de limón que me gusta? —preguntó Lucía.—Sí, claro que se los puse.—Excelente, dámelo ya mismo.—El tazón está hirviendo, mejor se lo acomodo en la mesa y baje a comer, ¿le parece?—Está bien.Marcelo acomodó ambos tazones sobre la pequeña mesa redonda del cuarto. Lucía saltó de la cama, se acercó y ambos empezaron a comer con gran apetito, concen
Alicia se mordió el labio. Lo que planteaba Leandro tenía sentido.—¿Y ahora que solo hay una cobija, cómo se supone que vamos a dormir? —preguntó.Leandro miró la cama:—Igual que antes. Te aseguro que no te voy a tocar para nada.Alicia apretó los puños.—Está bien, te voy a creer por esta vez —en el fondo, sabía que no le quedaba de otra.Como ya se había bañado, se quitó el abrigo, se subió a la cama con cuidado y se acomodó justo en la orilla. En cuanto Leandro subió, se colocó en su propio lado. El espacio vacío entre ambos era tan amplio que cabía otra persona perfectamente.Las luces se apagaron y la habitación quedó en un absoluto silencio. Alicia no había podido pegar el ojo la madrugada anterior, y tampoco había descansado bien en el avión. Ahora que la tensión de todo el día empezaba a ceder, el cansancio la venció por completo. A pesar de tener a su lado al hombre con el que acababa de pactar el divorcio, se quedó profundamente dormida en unos minutos.Al escuchar que s
Aunque Alicia no quería saber nada más de Leandro, dadas las circunstancias le era imposible negarse:—Abuela, por supuesto que me voy a quedar.Los ojos de Lucía se iluminaron de golpe y en sus labios se dibujó una sonrisa de tranquilidad, débil pero llena de satisfacción:—Qué bueno... qué bueno...—Abuela, ya es tarde, descansa por ahora. El médico y los demás se van a quedar aquí en la casa esta noche, así que duerme tranquila.—Está bien, vayan a descansar ustedes también.***Leandro y Alicia regresaron juntos a la habitación principal, ubicada justo en el centro de la segunda planta. Esa habitación era su espacio como pareja y, a pesar de que la usaban muy poco, el personal de servicio la limpiaba a diario, por lo que lucía amplia, impecable y ordenada.Ambos entraron al cuarto uno detrás del otro. En cuanto la puerta se cerró, Leandro rompió el silencio:—Mi abuela no puede llevarse ningún disgusto en este momento. El asunto del divorcio se pospone por ahora.Alicia levantó la
La residencia estaba completamente iluminada, resplandeciente como si fuera de día. Todos habían llegado ya, incluyendo al padre de Leandro, ese que se la pasa de fiesta en fiesta y de mujer en mujer, que hoy sí estaba ahí.Médicos, enfermeras y el personal de servicio aguardaban en el pasillo en medio de un silencio sepulcral.En cuanto Leandro y Alicia entraron, se dirigieron directo a la habitación de Lucía. Ella estaba recostada en la cama con los ojos cerrados y el suero puesto. Su rostro lucía mucho más pálido de lo habitual.—Doctor, ¿cómo está mi abuela? —preguntó Leandro con voz apagada.El médico de cabecera, Marcelo, habló en voz muy baja:—A la señora la operaron del corazón hace años, y esta vez se trató de una complicación aguda de ese mismo problema. Aunque logramos estabilizarla por ahora, va a necesitar cuidados extremos a partir de ya. Debe evitar a toda costa cualquier fuerte impresión.La cara de Leandro se oscureció todavía más. Era verdad que su abuela había si
Leandro frunció el ceño y, justo cuando abría la boca para hablar, Alicia se giró para tomar de la cómoda las dos copias del acuerdo de divorcio que ya había firmado y se las puso enfrente.—Tu abogado sigue sin mover un dedo y yo no pienso seguir perdiendo el tiempo —lo miró directo a los ojos—. Usemos mi versión. No quiero nada.El ambiente se congeló en ese instante. El aroma de las rosas flotaba en la entrada, con una dulzura que ahora se sentía amarga. Las flores en las manos de Leandro y los papeles del divorcio en las de Alicia marcaban una frontera hiriente bajo la luz.Él tiró el ramo sobre la mesa de centro y dio un paso hacia ella, acortando la distancia:—Dame una sola razón. ¿Por qué te empeñas tanto en el divorcio?Alicia lo miró y, de pronto, soltó una risita. Fue un gesto sutil, pero de una frialdad absoluta. Resultaba increíble que todavía tuviera el descaro de pedirle explicaciones. No lograba entender cómo Leandro era capaz de fingir esa cara de total inocencia.Por
Con la contraseña cambiada, Alicia fue al estudio a imprimir dos copias del acuerdo de divorcio que le había mandado su abogado. No entendía por qué la defensa de Leandro era tan ineficiente. Había pasado un mes y el tipo seguía sin dar señales de vida con el documento. Ya que ellos le daban largas al asunto, ella firmaría su propia versión.En cuanto las hojas salieron de la impresora, Alicia tomó un bolígrafo y firmó sin dudarlo un segundo. Su letra clara reflejaba una determinación absoluta. De ahora en adelante, la contraseña estaba cambiada y el corazón blindado... saldría adelante sola.Acomodó los papeles en su lugar y se metió a bañar. Creía estar tranquila, pero en el instante en que el agua caliente le tocó el cuerpo, toda esa paz que tanto le había costado aparentar se desmoronó por completo. Las lágrimas empezaron a rodar en silencio, mezclándose con las gotas que le corrían por la cara.Tenía el alma rota. Le dolía haber sido tan débil, haber caído una y otra vez en s







