ANMELDENPOV: Nikolaj Romanov
Me puse de pie, abotonándome el saco.
—Me encargaré yo mismo.
Salí de la oficina a paso firme. Subí la imponente escalera central hacia mi ala privada y encontré a dos guardias armados apostados frente a la puerta de mi dormitorio, dudando sobre qué hacer. Los aparté con un simple gesto de la mano.
Abrí la puerta de golpe. Y me detuve en seco sobre el umbral.
Alinna estaba de pie junto a mi cama.
Su cabello, todavía húmedo por la ducha, caía en mechones oscuros sobre sus hombros descubiertos, y una sola toalla blanca se aferraba precariamente a su cuerpo, anudada a toda prisa sobre su pecho.
Mi mirada recorrió sus piernas desnudas antes de subir lentamente por la curva pronunciada de sus pechos.
Maldición.
Ahora entendía perfectamente por qué no había querido que ninguno de mis hombres entrara a la habitación a someterla.
La mujer era una provocación viviente. No era una figura delicada ni frágil. No era delgada como las modelos que solían rodearme.
Era exuberante, curvada, llena de curvas peligrosas y condenadamente femenina. Y me gustaba mucho más de lo que resultaba razonable para mi propia salud mental.
Alinna levantó la pesada lámpara de bronce con ambas manos, adoptando una postura de defensa.
—¡No te acerques! —gritó con la voz entrecortada—. Te juro por Dios que si das un solo paso más, te abro la cabeza con esto.
La comisura de mis labios se levantó en una sonrisa inclinada.
—¿De verdad piensas que una simple lámpara va a detenerme a mí?
—No lo sé, pero estoy más que dispuesta a averiguarlo —respondió apretando los dientes—. Así que será mejor que lo pienses dos veces y no sigas acercándote.
Solté una carcajada baja que resonó en la amplia habitación. No podía recordar la última vez que una persona y mucho menos una mujer, me había amenazado con semejante nivel de convicción y firmeza.
Avancé un paso. Ella levantó la lámpara todavía más alto, preparando el impulso.
—Te lo advertí.
Cuando intentó dar un golpe descendente con toda su fuerza, fui más rápido: le sujeté la muñeca en el aire con un movimiento seco y le arrebaté el objeto metálico sin apenas esfuerzo.
La lámpara cayó contra la pared lateral con un estruendo metálico antes de rodar por la alfombra.
Alinna aprovechó el impulso del movimiento para lanzarse hacia atrás e intentar ganar distancia, pero la alcancé antes de que pudiera dar dos pasos.
La sujeté firmemente por la cintura, sintiendo el calor de su piel a través de la tela de la toalla, y la hice retroceder hasta empujarla suavemente contra el borde de la cama.
Ella forcejeó salvajemente contra mi agarre, clavando sus uñas en mis antebrazos.
—¡Suéltame! ¡¿Qué parte de "no me toques" es la que no entiendes?!
—La parte en la que sigues creyendo absurdamente que puedes darme órdenes dentro de mi propia casa —respondí, manteniendo mi agarre firme alrededor de sus caderas.
—¡Tengo derecho a dar órdenes sobre mi propio cuerpo mientras siga respirando y hablando!
Aquella respuesta cargada de agallas consiguió arrancarme otra sonrisa involuntaria.
—Tienes carácter, Alinna.
—Tengo unas ganas enormes de matarte mientras duermes.
—Eso también me gusta.
Ella se quedó completamente inmóvil durante un segundo, probablemente sorprendida y descolocada por la frialdad de mi respuesta. Aproveché su breve desconcierto para acortar aún más la distancia, inclinándome sobre ella.
—Pero escucha bien lo que te voy a decir. No voy a permitir que nadie en esta casa te haga daño.
Sus ojos se estrecharon, llenos de desconfianza.
—¿Por qué? Hace apenas una hora me dijiste fríamente que solo soy el pago de una deuda de sangre. ¿Ahora resulta que te importa si alguien me lastima o no?
Buena pregunta. Demasiado buena, de hecho.
Porque ni siquiera yo mismo tenía clara la respuesta en este momento.
Solo sabía con absoluta certeza que la simple idea de que alguno de mis hombres pusiera sus manos sobre su piel o la mirara de la forma en que yo la estaba mirando, me molestaba mucho más de lo que era lógicamente explicable.
—Porque eres mía —sentencié con voz baja y dominante—. Y yo cuido lo que me pertenece.
Su expresión se endureció al instante, llena de puro desprecio.
—No soy de nadie. Y mucho menos voy a ser tuya.
Sonreí con suficiencia.
—Eso está por verse.
Sus dedos se cerraron en puños apretados contra mi pecho.
—No voy a ponerme ese maldito collar —dijo, marcando cada palabra con veneno—. Puedes amenazarme, encerrarme en esta habitación o hacer lo que te dé la gana conmigo, pero no voy a convertirme en tu mascota.
Desvié la mirada hacia su cuello despejado y húmedo. Después volví a fijarla en sus ojos. La imagen mental de aquel collar de cuero negro rodeando su piel blanca me provocó una satisfacción oscura e inevitable.
—Te quedará ridículamente bien.
—Vete al infierno, Romanov.
—Ya estoy ahí, preciosa.
Me acerqué un poco más, hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.
Por primera vez desde que había entrado a rastras en mi casa, el miedo pareció desaparecer por completo de sus ojo.
Solo quedó odio.
Puro, ardiente y desafiante. Y, contra toda lógica o sentido común, aquello me resultó infinitamente más atractivo que cualquiera de sus lágrimas.
Lentamente, bajé la mano y tiré suavemente del borde superior de la toalla que sostenía sobre su pecho. Ella reaccionó al instante, sujetando la tela con fuerza y clavándome una mirada que prometía fuego.
Nuestros ojos se encontraron en un duelo silencioso. Esta vez no sonreí.
—Cúbrete.
Ella parpadeó un par de veces, visiblemente confundida por el cambio repentino de actitud.
—¿Qué?
Me aparté de ella, dando un paso hacia atrás y recuperando mi compostura.
—He cambiado de opinión.
—¿Sobre qué? —preguntó, apretando la toalla contra su pecho.
La miré una última vez, recorriendo su figura de arriba abajo.
—Todavía no voy a tocarte.
Sus ojos se abrieron ligeramente con sorpresa.
Sonreí con frialdad.
—Quiero que tengas suficiente tiempo para entender exactamente dónde estás parada y lo que significa haber entrado en mi mundo.
Me di la vuelta y me dirigí a paso lento hacia la puerta de salida.
—Porque cuando deje de tener paciencia, Alinna...
Me detuve en el umbral, con la mano sobre el picaporte, sin girarme a mirarla.
—...no habrá deuda en este mundo que puedas pagar para comprar tu libertad.
Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí con un golpe seco. Miré a los dos guardias que custodiaban el pasillo.
—Asegúrense de que no intente saltar por la ventana ni escapar.
Cerré los ojos un segundo.
Y solo cuando quedé completamente solo en el pasillo en comprendí algo que me irritó profundamente: los cinco millones de dólares de su padre habían dejado de ser lo más interesante de aquel negocio.
Ahora solo quería descubrir cuánto tiempo tardaría aquella mujer indomable en dejar de desafiarme.
Y, peor aún... quería ser yo mismo quien la hiciera rendirse a mis pies.
AlinnaTragué saliva y dejé que un rubor encendido me cubriera la cara por completo antes de asentir en silencio.¿Por qué mierda no hace efecto esa porquería?, pensé con desesperación, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda mientras los segundos pasaban sin que diera muestras de somnolencia.—Yo... ¿puedo tocarlo?—Puedes tocarlo —respondió con la voz cada vez más densa, dando un paso hacia mí—. También besarlo, depende de qué tanto quieras excitarme.—No sé si algo como eso podría... —murmuré, dejando la frase en el aire con timidez y bajando la mirada.—¿Podría qué? —preguntó, inclinándose hacia mí con una sonrisa autosuficiente en los labios.—Entrar en mí... —susurré, apretando los muslos mientras el corazón me latía desbocado en el pecho.Si voy a tener que coger con alguien, pensé con frialdad mientras observaba su torso marcado y la fuerza contenida en sus brazos, que sea con este hijo de puta. Por lo menos es atractivo.Nikolaj ladeó la cabeza, observándome con u
POV: AlinnaEstaba en la esquina de la cocina, hecha un ovillo tras la isla de acero, con las manos temblándome sin control. Las lágrimas me nublaban la vista y el nudo en la garganta apenas me dejaba respirar.Maldito seas, Nikolaj.Era una ingenua si creía sus palabras sobre no entregarme. Él no tenía alma; era un monstruo calculador y me estaba vendiendo como si fuera ganado.Recordé la mirada repugnante del viejo Rigger recorriendo mi cuerpo y sus palabras salivando por "probarme", y una náusea violenta me revolvió el estómago.Me iba a entregar a ese viejo asqueroso a cambio de sus rutas y su sucio dinero. Para él no era más que una propiedad con precio, una mercancía lista para ser subastada.Me limpié las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano. Si creían que me iba a dejar llevar como un animal al matadero sin pelear, estaban muy equivocados.—Deja de llorar, niña. No vas a conseguir nada con eso —dijo María, la señora que trabajaba en la cocina, mientras dejaba un trapo
POV: Nikolaj RomanovEstaba en mi oficina trabajando cuando la puerta se abrió.Uno de mis hombres entró a la estancia, se detuvo frente a mi escritorio y me miró seriamente antes de hablar.—Señor, el viejo Rigger solicita una reunión con usted.—¿Rigger? —repetí, dejando correr el nombre por mi garganta con desprecio.Ese anciano podrido definitivamente no se daba por vencido. Sabía perfectamente lo que estaba buscando: llevaba semanas salivando tras los pasos de Alinna, esperando el menor descuido para ponerle las manos encima.Me reclina suavemente contra el respaldo del sillón de piel. La insistencia de ese viejo verde era un fastidio, sí, pero también era una debilidad ridículamente fácil de explotar. Rigger perdía la cabeza y el juicio cuando se trataba de mujeres jóvenes y vírgenes; su lujuria lo volvía impulsivo, predecible y torpe.Un tipo impulsivo comete errores.Y yo era un experto en cobrar cada uno de esos errores al precio más alto posible.—Dile que entre —ordené con
POV: Alinna DiMarcoDesperté sintiendo una presión pesada sobre la cintura. Al abrir los ojos, me di cuenta de que estaba atrapada contra el pecho de Nikolaj; él me sujetaba instintivamente mientras dormía. En cuanto notó que me movía, abrió sus ojos oscuros, observándome en absoluto silencio durante unos segundos pesados antes de soltarme.Sacó la llave del cajón y me quitó las esposas. Mis muñecas tenían dos marcas rojas evidentes. —Si te portas bien hoy, no tendré que volver a ponértelas esta noche —dijo con voz grave.—No me voy a portar bien —respondí en un susurro desafiante.Él sonrió de lado.—Ya lo veremos.Minutos después, me obligó a bajar al comedor. Había un desayuno abundante servido sobre la mesa, pero al sentarme noté algo extraño: no había cuchillos ni cubiertos de metal, solo de madera.—¿Miedo de que te apuñale con un tenedor? —provoqué, mirándolo sobre la mesa.—Precaución —corrigio, cortando su comida —Preferiría morirme antes que ceder algo ante ti.—Dices eso
Pov AlinnaNikolaj dejó la toalla sobre una silla y caminó hacia la cama con una tranquilidad calculada que me puso todavía más nerviosa, haciendo que retrocediera un paso de inmediato.—¿Qué estás haciendo?No respondió al instante. Se detuvo frente a mí, me observó en silencio y extendió una mano.—Dame las manos —dijo como si fuera algo normal.Lo miré como si acabara de perder la cabeza.—¿Para qué mierda quieres mis manos?—Porque por más que me guste tu cuerpo y me resulte bastante entretenida esa actitud desafiante que tienes, no pienso correr el riesgo de despertarme con un cuchillo clavado en el pecho —respondió con una sonrisa lenta y arrogante dibujándose en sus labios.Fruncí el ceño, sintiendo la rabia hervirme por dentro.—No voy a matarte.—Eso espero —dijo mientras su mirada descendía hasta mis muñecas—. Pero acabas de llegar a mi casa, heriste a mis empleados, sabes que maté a tu padre y llevas horas buscando la manera de hacerme pagar por ello. Sería bastante estúpid
POV: Alinna DiMarcoEl olor a cuero nuevo y a metal frío me causaba náuseas.Dos de las mujeres del personal me tenían acorralada en el vestidor bajo la mirada estricta de un guardia armado. Me obligaron a ponerme un vestido corto de cuero negro, tan ceñido que apenas me dejaba respirar. El escote me hacía sentir completamente expuesta, pero lo peor era el collar: un aro de cuero duro rodeaba mi cuello y, en el centro, colgaba un pesado dije de acero con el sello de los Romanov.Intenté arrancármelo con las uñas en cuanto las mujeres se apartaron, pero la hebilla trasera estaba asegurada con un candado.—Si vuelve a intentar quitárselo, el señor Romanov ordenó que la atemos de manos —murmuró una de las sirvientas con la mirada fija en el suelo.Apreté los dientes. No iba a llorar delante de ellas.Al bajar al comedor principal, la escena me congeló la sangre. La mesa estaba lista para una cena formal. En la cabecera se encontraba Nikolaj, impecable en un traje oscuro, sosteniendo un v







