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Capitulo. 2

last update Veröffentlichungsdatum: 14.09.2026 21:37:23

POV: Nikolaj Romanov

El crujido pesado de las puertas dobles de roble resonó en las paredes de mármol, anunciando su llegada con un eco seco y siniestro.

Mis hombres empujaron a Alinna hacia el interior de mi oficina sin ningún tipo de contemplación. Ella tropezó sobre el concreto frío, perdiendo el equilibrio hasta caer de rodillas; el impacto amortiguado de sus piernas contra el suelo resonó justo a unos centímetros de la mancha oscura, densa y todavía fresca donde apenas unas horas antes había quedado la sangre de su padre.

No miré la sangre. Ya conocía de sobra el olor metálico que impregnaba el ambiente.

La miré a ella.

Había imaginado encontrarme con una muchacha aterrorizada, frágil y rota por la pérdida. En cambio, lo que tenía frente a mí era una mujer con el cabello revuelto cayéndole sobre los hombros, la respiración agitada haciendo subir y bajar su pecho a un ritmo desbocado, y la ropa visiblemente desgarrada por el forcejeo previo con mis guardias.

Mi mirada descendió por su cuerpo con una lentitud calculadora antes de que pudiera evitarlo. Caderas anchas que marcaban una silueta imponente. Muslos llenos que se adivinaban bajo la tela rasgada de su pantalón. Una cintura pequeña que contrastaba violentamente con unas curvas exuberantes que no pasaban precisamente desapercibidas, ni siquiera en una situación tan miserable como esta.

Interesante.

Definitivamente no era el tipo de mujer dócil y moldeable que acostumbraba llevar a mi cama. Y, maldita sea, precisamente por eso me gustaba.

Aparté la mirada hacia otro lado de la estancia antes de permitir que aquel pensamiento peligroso se instalara demasiado tiempo en mi cabeza.

Ella levantó el rostro bruscamente.

Sus ojos, encendidos por una mezcla de pánico y adrenalina, encontraron los míos. Había miedo en ellos, un pavor primitivo que intentaba disimular a toda costa. Pero sepultada bajo esa fragilidad, también había una rabia pura y abrasadora.

—¿Dónde está mi padre? —exigió. Su voz tembló ligeramente en la última sílaba, traicionando su esfuerzo por sonar firme—. ¿Qué le hicieron? ¡Déjenme ir!

La insolencia y el descaro de aquella boca me arrancaron una sonrisa, casi divertida.

—Tu padre cometió el error de robarme cinco millones de dólares —respondí, dejando que mi voz resonara con una calma pausada, casi ejecutiva—. Pensó que podía quedarse con mi dinero, cruzar la frontera y que yo simplemente lo dejaría pasar como si nada hubiera ocurrido.

Me puse de pie, ajustándome el saco del traje, y rodeé lentamente el pesado escritorio de caoba. Cada uno de mis pasos sobre el suelo resonaba como una cuenta regresiva.

Ella percibió la amenaza implícita y retrocedió torpemente sobre sus rodillas.

—Y como las ratas como él rara vez tienen con qué pagar sus deudas cuando las acorralas —continué, manteniendo los ojos fijos en los suyos—, tuve que buscar otra forma de cobrar lo que me pertenece por derecho.

Me detuve justo frente a ella, proyectando mi sombra sobre su figura caída.

—Tú eres el pago.

Alinna palideció al instante, perdiendo el poco color que le quedaba en los mejillas.

—¿Qué...? No entiendo de qué estás hablando. Esto es una locura.

Di un paso más, acortando la distancia física entre los dos. Ella retrocedió otro tramo, pegando las espaldas contra el borde del escritorio.

No pude evitar que mi mirada volviera a recorrer su cuerpo de arriba abajo. Era voluptuosa de una manera salvaje, una presencia imponente que no esperaba encontrar en una mujer que acababa de llegar a mi casa prácticamente a rastras y encadenada. Aquello me irritó profundamente. No debería estar pensando en la forma de su cuerpo. Mucho menos ahora, en medio de una rendición de cuentas.

Estiré el brazo, extendí la mano y la sujeté con firmeza por la nuca, clavando mis dedos en su piel fría.

—Míralo bien.

La obligué a girar la cabeza con brusquedad hacia abajo, encarándola directamente con la mancha de sangre seca sobre el concreto.

—Tu padre ya saldó su parte. Ahora me perteneces tú.

Sus labios pintados comenzaron a temblar de forma incontrolable.

—¿Lo... lo mataron? —murmuró apenas en un soplo de aire.

Las lágrimas se acumularon rápidamente en sus ojos, nublando su mirada rasgada. Esta vez no sentí la satisfacción habitual que me producía ver quebrarse a mis enemigos.

Solo observé en silencio cómo apretaba la mandíbula e intentaba contener el llanto, tragándose los sollozos como si se negara rotundamente a permitirse llorar frente a mí. Hasta llorando sostenía aquella maldita expresión desafiante en el rostro.

—Las deudas de la mafia se pagan con sangre, Alinna —murmuré, inclinándome ligeramente hacia ella para que sintiera mi aliento cerca de su oído—. Y la sangre de tu padre no fue suficiente para cubrir los cinco millones que me debe.

—¡Eres un hijo de puta desgraciado! —escupió las palabras con un odio visceral, directamente contra mi rostro, sin importarle las consecuencias.

Me quedé mirándola en absoluto silencio durante unos segundos, estudiando cada rasgo de su cara alterada por la furia. Después, sonreí con frialdad.

—Sí. Eso ya deberías tenerlo bastante claro a estas alturas.

Mi pulgar rozó distraídamente la línea tensa de su mandíbula, sintiendo el pulso acelerado que golpeaba bajo su piel. Su cuerpo entero se tensó al contacto.

—Y tú acabas de convertirte en mi problema personal.

La solté sin previo aviso.

Alinna trastabilló de lado y recuperó el equilibrio como pudo, apoyando las palmas contra el suelo para no caer de cara.

Me giré hacia los guardias que esperaban erguidos junto a la puerta de entrada.

—Llévensela a mi habitación. Que la bañen, le desinfecten los rasguños y le den ropa limpia —ordené con tono seco—. Y quiero que le pongan un collar.

El silencio atónito que siguió en la habitación fue casi divertido. Los hombres se miraron entre sí antes de asentir. Alinna, por su parte, me miró desde el suelo como si acabara de firmar su condena a muerte.

—No voy a ponerme ninguna m****a —escupió, poniéndose de pie con torpeza pero con la cabeza en alto—. No soy un animal al que puedas encerrar, marcar y adornar como se te dé la regalada gana.

La miré por encima del hombro, disfrutando del espectáculo de su resistencia. Aquella furia indomable en sus ojos volvió a despertar un interés peligroso en mi pecho.

—Ya veremos cuánto tiempo consigues mantener esa opinión.

Uno de mis hombres avanzó dos pasos para sujetarla del brazo. Ella se resistió con todas las fuerzas que le quedaban, pateando y forcejeando contra el agarre de hierro del guardia.

—¡Suéltenme! ¡No voy a ir a ninguna parte con ustedes! ¡Déjenme!

Mientras la arrastraban hacia el pasillo, nuestros ojos volvieron a cruzarse en el aire. Por alguna razón que no lograba comprender, no pude apartar la mirada hasta que la puerta se cerró del todo. Había algo en ella.

Algo oscuro, ardiente e impredecible que todavía no sabía nombrar. Y odiaba profundamente no tener el control sobre ello.

Había pasado poco más de una hora.

Estaba sentado detrás de mi escritorio, revisando detenidamente unos balances financieros y rutas de embarque mientras daba sorbos lentos a un vaso de whisky, cuando la puerta de la oficina se abrió con demasiada prisa, rompiendo la tranquilidad de la noche.

Uno de mis hombres de confianza entró respirando agitadamente, con el rostro pálido y los ojos desencajados.

—Señor Romanov... tenemos un problema grave con la chica.

Dejé el vaso de cristal sobre la madera con un golpe seco.

—¿Qué clase de problema puede haber causado una mujer desarmada en menos de dos horas?

El hombre tragó saliva con dificultad antes de responder.

—Se volvió completamente loca, señor. Golpeó a tres de las mucamas cuando intentaron curar la herida de su brazo, rompió varios objetos de valor de su habitación y se negó rotundamente a ponerse el vestido que le llevaron.

Lo miré fijamente, dejando que la pesadez de mi silencio lo incomodara.

—¿Y qué hicieron ustedes mientras ella convertía mi casa en un campo de batalla?

—Intentamos detenerla, señor, pero... —hizo una pausa dudosa, buscando las palabras adecuadas—. Está armada.

Fruncí el ceño, divertido y molesto a la vez.

—¿Con qué?

—Con una lámpara.

Lo miré en silencio durante varios segundos, procesando la estupidez de la situación.

—¿Una lámpara?

—De bronce pesado, señor. Ya le abrió la ceja a uno de los muchachos.

Tuve que apretar los dientes para contener una sonrisa involuntaria. Aquella mujer llevaba poco más de una hora bajo mi techo y ya había conseguido sembrar el caos en mi propia mansión.

—¿Alguien la ha lastimado a ella? —pregunté, cambiando el tono a uno mucho más oscuro.

—No, señor. Usted dio órdenes estrictas de que nadie la tocara.

Bien.

No quería que ninguno de mis hombres pusiera una sola mano sobre su piel. No todavía. Y definitivamente no sin mi consentimiento.

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