Mag-log inZe werd bedrogen door haar man en beste vriendin. Daarna kreeg haar zevenjarige zoon de diagnose bloedkanker. De enige manier om hem te redden? Nog een kind krijgen met de man die haar kapot heeft gemaakt. Zeg me eens... Welk kind mag ze verliezen? Als je een vrouw bent, een echtgenote of een alleenstaande moeder, een vrouw die ooit sterk heeft moeten zijn toen ze het gevoel had dat ze brak, en je komt deze video tegen, stop dan even met scrollen. Dit is voor jou, ik zie je. Ik zie de nachten dat je wakker lag te piekeren over schoolgeld, ziekenhuisrekeningen, huur, eten, terwijl je overdag deed alsof alles goed was. Ik zie de stille tranen die je wegveegde voordat je kinderen de kamer binnenkwamen. De manier waarop je je pijn inslikte zodat zij het niet zouden proeven. Ik zie hoe moe je bent en hoe je soms even op het toilet zit om adem te halen. Hoe je soms aan jezelf twijfelt en je afvraagt of je wel genoeg doet. Ik wil dat je weet dat je meer dan genoeg bent, want ik ben opgevoed door een moeder die innerlijke stormen met zich meedroeg en ons huis toch een veilige haven wist te maken. Ze worstelde, offerde zich op en doorstond dingen die ik pas later begreep. En vandaag ben ik dankbaar voor haar kracht, want ze heeft me iets heel waardevols geleerd: moederliefde is niet zomaar iets. Ze is fel, koppig, opofferend en onstuitbaar. En dat is waar mijn boek, 'Married to My Best Friend’s Husband', over gaat. Ja, het gaat over verraad en liefdesverdriet, maar in de kern over de worsteling van het moederschap.
view moreAURORA
Los músculos de la espalda del hombre que tengo encima se tensan cada vez que entra en mi zona con una fuerza que me pone a alucinar. No lo conozco de más de dos horas y ya estoy abierta de piernas sobre una suite presidencial en uno de los hoteles más caros de Los Ángeles.
¿Cómo carajos terminé aquí? Se preguntaran.
Sencillo: despecho y alcohol.
Hace tres horas descubrí que mi exnovio no solo es un imbécil, sino un traidor que me engañó de la forma más rastrera. Fui al bar del hotel dispuesta a quemar el mundo, o a quemarme yo. Y ahí estaba él. cruzamos palabras por un par de horas. Una mirada, un trago pagado, y una tensión tan espesa que cortaba el aire.
Apenas pusimos un pie en esta habitación, la sutileza se fue al caño. Me rasgó la ropa sin miramientos, me lanzó a la cama y me abrió de piernas.
Ahora, su peso me aplasta contra el colchón de seda y el dolor de la traición se diluye con cada embestida tosca.
Es un maldito desconocido. No sé su nombre, no sé a qué se dedica, no sé qué clase de monstruo o santo es, pero estoy en su cama, pero la brutalidad con la que me toma es justo el anestésico que mi mente exigía.
—Mírame —gruñe. Su voz es una lija áspera que me vibra directo en la espina dorsal.
Obligo a mis ojos a enfocarse. Su rostro es pura piedra: mandíbula rígida, facciones duras, indescifrables. Pero sus ojos... sus ojos queman.
Me sostiene la mirada mientras se retira casi por completo, torturándome con la ausencia, para luego enterrarse de golpe, profundo, arrancándome un jadeo que rebota en las paredes de la suite.
—Así —murmura contra mi oído, y su aliento caliente me hace temblar—. Muérdete la lengua si quieres, pero no me quites los ojos de encima.
Mis manos, desesperadas por aferrarse a algo real, suben por sus brazos macizos hasta clavarse en sus hombros. Su piel quema. La fricción es salvaje, un ritmo despiadado que busca someter y, al mismo tiempo, adorar. Porque hay una dualidad enferma en lo que hace: es rudo, tosco, me sujeta las muñecas contra la almohada con una fuerza que dejará marcas, pero de pronto baja la cabeza y me devora la boca con una desesperación insaciable.
Me besa y me chupa los labios como si le pertenecieran, como si reclamara un territorio que ni siquiera conoce. El sabor a whisky de su boca se mezcla con el mío. Es un maldito torbellino. Me asfixia y me da vida a la vez.
—No sé... quién eres —consigo articular entre los vaivenes destructivos que me descolocan el esqueleto.
Él suelta una risa seca, un sonido peligroso que se pierde cuando baja los besos por mi barbilla hasta morder la piel sensible de mi cuello. Me estremezco, arqueando la pelvis para buscar más de esa presión bendita que me aleja de la realidad.
—No necesitas saberlo —responde, con la voz ronca, espesa de lujuria—. Esta noche no eres de nadie más que del hombre que te está rompiendo en esta cama. ¿Te queda claro?
—Sí —gimo, perdiendo el control, entregándome al salvajismo de sus embestidas.
El dolor del engaño de mi ex se extingue, reemplazado por el fuego puro de un extraño que me usa y al que yo uso con la misma intensidad. No hay espacio para el romance, solo carne, sudor, la suite de lujo como mudo testigo, y la fuerza descomunal de un hombre que me hace olvidar hasta mi propio nombre.
El ritmo se vuelve insostenible. La presión en mi vientre se condensa, se tensa como una cuerda a punto de romperse bajo el peso de sus embestidas salvajes. Él lo nota. Siente las contracciones de mis paredes rodeándolo, aprisionándolo, y en lugar de detenerse para saborear mi caída, acelera. Es un maldito animal. Me empuja al abismo sin piedad. Un gemido agudo, roto, se me escapa de la garganta cuando el orgasmo me golpea, sacudiéndome entera, nublándome la vista en una oleada de calor cegador.
Pero no para.
Apenas voy bajando de la nube cuando me toma de los muslos con fuerza y me levanta del colchón como si no pesara nada. No me da tiempo de respirar. Me arrastra fuera de la cama, cargada, mis piernas enredadas en su cintura y mi espalda chocando contra el frío cristal del ventanal de la suite presidencial.
El contraste me hace jadear: la frialdad del vidrio en mi espalda, las luces de Los Ángeles brillando al fondo como un universo lejano, y el fuego abrasador de su cuerpo enterrándose en mí desde una posición que me estira y me expone por completo.
—No... espera... —suplico, aunque mis manos se clavan en su cabello, contradiciendo mis palabras.
—Dije que no iba a parar —ruge contra mi piel.
Me gira de espaldas contra la ventana. Mis palmas se apoyan en el vidrio frío, sosteniendo el peso de mi cuerpo mientras él se pega a mi retaguardia. Su pecho choca contra mi espalda con cada embestida ciega, ruda, destructiva. Es una fuerza de la naturaleza. Me sujeta por las caderas, hundiéndome los dedos en la carne, dejando marcas que mañana serán el recordatorio perfecto de esta locura.
Su boca busca mi hombro, mi cuello; no me besa, me muerde.
Me magulla la piel con una posesividad enferma para un hombre cuyo nombre ni siquiera conozco. El dolor y el placer se trenzan en una sola descarga eléctrica que me recorre la espina dorsal.
Estoy temblando. Las piernas no me sostienen, es solo su agarre brutal lo que me mantiene en pie.
Cuando mis fuerzas ceden por completo, me deja caer de regreso a la enorme cama, sobre el desastre de las sábanas de seda. Se sitúa entre mis piernas de inmediato, sin dar tregua, y ahí, con los cuerpos empapados de sudor y la respiración rota, se desata el sexo más fenomenal, crudo y perfecto de toda mi existencia.
Cada fricción es exacta, cada embestida me vacía la mente de traiciones, de pasados y de nombres. No existe el ex, no existe el dolor. Solo existe la fricción de la piel, el crujido de la cama y este maldito extraño que me está haciendo pedazos de la manera más gloriosa posible.
El amanecer entra con saña por el ventanal de la suite. El reloj digital de la pared marca las 6:15 AM.
El dolor muscular es lo primero que me espabila; tengo la pelvis molida y las caderas marcadas. Intento moverme, pero un peso muerto me lo impide: su brazo, macizo y pesado, sigue atravesado en mi cintura como una cadena.
Deslizo su mano con una lentitud. El tipo ni se inmuta; duerme de espaldas, con la respiración pesada y la musculatura de la espalda relajada por fin.
Me pongo en pie y el frío del suelo me corta el sueño. Busco mi ropa pero es basura. El vestido está rasgado por la costura lateral, inservible. Maldigo entre dientes. No puedo salir desnuda de un hotel de cinco estrellas.
Diviso su camisa blanca tirada cerca de la base de la cama. Me la pongo. Me queda enorme, el dobladillo me cubre hasta los muslos y apesta a su perfume de diseñador mezclado con el whisky de anoche.
Recojo mi abrigo del suelo, sacudo el polvo y me lo echo encima, abotonándolo hasta el cuello para ocultar el desastre.
Antes de avanzar a la puerta, me detengo al borde de la cama. Lo observo un segundo. Sigue siendo un enigma de facciones duras, pero anoche fue el anestésico perfecto.
—Una noche fenomenal —susurro, apenas un hilo de voz—. Lástima que no nos volveremos a ver nunca más.
Le lanzo un beso al aire, un gesto cínico para cerrar el trato, y salgo de la suite sin hacer ruido.
Las piernas me tiemblan en el ascensor. El cuerpo me pasa la factura del salvajismo de hace unas horas, pero no hay tiempo para procesarlo. Lo que paso, paso y no me arrepiento de nada.
Hoy es un día crucial. Tengo una reunión de trabajo que define mi futuro y no pienso dejar que el despecho, el alcohol ni el mejor sexo de mi vida me arruinen la carrera.
Tengo exactamente una hora para llegar a mi apartamento, borrar las marcas del cuello con maquillaje y ponerme un traje ejecutivo para llegar a mi cita laboral con uno de los hombres más influyentes del país.
[ALEXANDER'S PERSPECTIEF]Sandra's huis voelt te groot aan, maar ik woon hier al mijn hele leven. Ik ken elke kamer, elke hoek, elke krakende vloerplank.Maar nu voelt het als een hotel. Schoon en leeg. Niet echt van mij.Ik zit in mijn kamer mijn rugzak uit te pakken die ik bij Alessia heb gekocht.De kleren ruiken hier anders. Alessia gebruikt een ander wasmiddel. Iets dat naar lavendel en vanille ruikt.Sandra gebruikt iets duurs. Geen geur. Gewoon schoon.Ik houd een van mijn shirts tegen mijn gezicht en adem diep in. Het doet me denken aan Alessia's keuken, aan Jeffrey die pannenkoeken bakt en aan Davison die me thuis basketbal leert.Dan gooi ik het in de wasmand, want morgen ruikt het weer naar Sandra's huis.Zoals dit huis.Zoals de plek waar ik woon, maar waar ik me niet helemaal meer thuis voel.Sandra doet erg haar best.Dat is wat me deze week het meest opvalt.Ze maakt mijn favoriete gerechten, vraagt naar school en stelt voor om samen films te kijken.Maar het voelt al
[SANDRA'S PERSPECTIEF]De praktijk van Dr. Chen ziet er niet uit als een therapiekamer.Geen bank, geen notitieblok. Alleen twee comfortabele stoelen tegenover elkaar en een raam met uitzicht op een tuin.Ik ga in de ene stoel zitten. Zij in de andere."Bedankt dat je gekomen bent, Sandra.""De rechter zei dat ik moest komen, weet je, vanwege een deel van de voogdijregeling.""Ja. Maar je bent hier en dat is wat telt."Ik antwoord niet. Ik staar alleen maar naar de tuin. Alles is groen, levend en groeit. Alles behalve ik."Hoe voel je je?" vraagt Dr. Chen."Hoe denk je dat ik me voel? Ik ben mijn zoon kwijt. Mijn man is van me gescheiden. Mijn familie vertrouwt me niet. De hele stad denkt dat ik een monster ben. Hoe zou ik me moeten voelen?""Dan voel ik me waardeloos. Ik heb het gevoel dat de wereld beter af zou zijn als ik verdween."Ze reageert niet. Ze kijkt niet geschokt of bezorgd. Ze knikt alleen maar alsof ik iets volkomen normaals heb gezegd."Vertel me eens over Alexander.
[ALESSIA'S PERSPECTIEF]De telefoon gaat om vijf uur 's ochtends.Ik ben al wakker. Ik heb al weken niet goed geslapen. Te veel dromen over Alexander. Te veel 'wat als'-vragen.Ik pak de telefoon zonder te kijken."Hallo?""Alessia, met Margaret." Haar stem trilt. Ze is in paniek. "Sandra heeft Alexander meegenomen. Ze zijn weg."Ik schiet zo snel overeind dat de kamer lijkt te draaien. "Wat bedoel je met weg?""Robert heeft haar gisteravond geconfronteerd. Hij vertelde haar dat hij van het contract afweet. Van alles. En vanochtend zijn we naar haar huis gegaan en ze zijn allebei weg. Koffers. Paspoorten. Alles."Jeffrey doet de lamp naast me aan. "Wat is er aan de hand?"Ik wuif hem weg. "Waar zijn ze naartoe gegaan?""We weten het niet. Maar Roberts mensen volgen haar creditcards. Haar telefoon. Alles wat ze kunnen vinden.""Waarom zou ze vluchten?""Omdat ze weet dat we het contract gaan aanvechten. Alexander terugnemen. Hem aan jou geven."Die woorden zouden me blij moeten maken.
[SANDRA'S PERSPECTIEF]Ik rijd te hard naar huis, mijn hart bonst in mijn oren en ik heb het gevoel dat ik verstik.Robert weet het.Na zeven jaar van perfecte leugens, perfect acteerwerk, perfecte controle, weet hij het.En als hij het weet, weet iedereen het.Edward zal het aan Alessia vertellen. Margaret zal het door de hele familie verspreiden. En uiteindelijk zal Alexander het ook te weten komen.Mijn zoon.Nee. Niet mijn zoon. Dat is wat ze zullen zeggen.Alessia's zoon.Degene die ik heb gestolen en van wie ik deed alsof ik van hem hield. Degene die nooit echt van mij was, behalve dat hij van mij is.Ik heb er zeven jaar over gedaan om dat te bewijzen.Ik ben degene die hem vasthield toen hij huilde. Die hem te eten gaf toen hij honger had. Die hem het alfabet leerde en hoe hij zijn schoenen moest strikken.Alessia heeft hem negen maanden gedragen en is toen weggelopen.Ze kan nu niet meer terugkomen en hem opeisen.Ik laat het niet toe.Als ik thuiskom, is het donker in huis.











