Día de Lluvia
Durante el ensayo de la boda, nos pidió por tercera vez que repitiéramos el intercambio de anillos.
Mi mejor amiga, Mariana, estaba a mi lado como dama de honor y, con una sonrisa traviesa, dijo:
—A ver quién encuentra el anillo. ¿Dónde creen que lo escondí?
Mi prometido, Nicolás, sonrió con resignación y empezó a decir dónde creía que podía estar.
Yo, empapada en sudor, no podía apartar la vista de la caja vacía.
Era otra vez el mismo jueguito de siempre.
Cuando éramos niños, Mariana había escondido mi bufanda en el cuarto de calderas y Nicolás se había puesto de su lado, sin decirme una sola palabra.
Pasé cuatro horas buscándola y, al final, lo único que encontré fue un pedazo quemado entre las cenizas.
Antes del examen de admisión a la universidad, escondió mi credencial en la caseta del perro. Me arrodillé en el suelo para buscarla mientras Mariana me grababa y mandaba el video al grupo de la clase, riéndose de lo desesperada que estaba.
Durante años pensé que, si seguía aguantando, algún día terminaría acostumbrándome.
Pero ahora por fin lo entendía: ellos nunca iban a saber cuándo parar.
—¿Podemos dejar de hacer esto? —pregunté con la voz temblorosa.
Nicolás frunció el ceño.
—Luci, es solo un juego.
—Sí, siempre haces lo mismo. Nos arruinas la diversión —dijo Mariana, molesta.
Los dos siguieron riéndose y hablando entre ellos como si yo ni siquiera estuviera ahí. Al poco rato ya estaban decidiendo qué iban a comer esa noche, como si el anillo hubiera dejado de importarles.
Los miré un momento y me quité el velo.
Ya no quería seguir buscando el anillo.
Tampoco quería casarme.